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He completado el final de este video de la conferencia que se interrumpía antes del final y he puesto la transcripción para descarga
Presentación y tráiler de «¿Sueña Kalki con vacas virtuales?» <– ΑΨΩ -> El universo de Kalki la precuela
SI ENCUENTRAS QUE ESTE MUNDO ESTÁ MAL, DEBERÍAS VER ALGUNO DE LOS OTROS
Philip K. Dick
Traducido al español
Permítanme decirles cuánto aprecio que me hayan pedido que compartiera algunas de mis ideas con ustedes. Un novelista lleva constantemente consigo lo que la mayoría de las mujeres lleva en grandes bolsos: mucho que es inútil, unos pocos ítems absolutamente esenciales, y luego, por buena medida, un gran número de cosas que caen en el medio. Pero el novelista no las transporta físicamente porque su tesoro de posesiones es mental.
De vez en cuando añade una nueva idea enteramente inútil; de vez en cuando limpia reaciamente la basura –las ideas obviamente carentes de valor– y con unas pocas lágrimas sentimentales, las hace trizas. Una vez cada mucho tiempo, no obstante, se topa por azar con una nueva idea completamente despampanante que anhela que resulte ser nueva para todos los demás. Es esta categoría final la que dignifica su existencia. Pero tales ideas verdaderamente invaluables… quizás durante su vida entera pueda, en el mejor de los casos, adquirir solamente unas exiguas cuantas. Pero eso es suficiente; él ha, a través de ellas, justificado su existencia ante sí mismo y ante su Dios.
Un aspecto extraño de estas raras ideas extraordinarias que me deja perplejo es su velo mistificador de –diré– lo obvio. Con eso quiero decir, una vez que una idea ha emergido o aparecido o nacido –como sea que las nuevas ideas transiten al ser– el novelista se dice a sí mismo, “Pero por supuesto. ¿Por qué no me di cuenta de eso hace años?”. Pero nótese la frase “darme cuenta”. Esa es la frase clave. Se ha cruzado con algo nuevo que al mismo tiempo estuvo ahí, en algún lugar, todo el tiempo. En verdad, ella simplemente emergió. Siempre fue. Él no la inventó o siquiera la encontró; en un sentido muy real ella lo encontró a él. Y –este es un punto aterrador de contemplar– él no la ha inventado, sino que al contrario, ella lo inventó a él. Es como si la idea lo hubiera creado para sus propósitos.
Pienso que esto es por lo que descubrimos un desconcertante fenómeno de gran renombre: que, muy a menudo en la historia, una gran idea nueva impacta a un número de investigadores o pensadores exactamente al mismo tiempo, todos ellos ajenos a sus pares. “Su tiempo ha llegado”, decimos acerca de la idea y así desestimamos, como si lo hubiéramos explicado, algo que considero sumamente importante: nuestro reconocimiento de que, en un cierto sentido literal, las ideas están vivas.
¿Qué significa esto, el decir que una idea o un pensamiento está literalmente vivo? ¿Y que se apodera de hombres aquí y allá y hace uso de ellos para actualizarse a sí misma en el flujo de la historia humana? Quizás los filósofos presocráticos estaban en lo correcto; el cosmos es una vasta entidad que piensa. Puede, de hecho, no hacer más que pensar. En ese caso o lo que llamamos el universo es meramente una forma de disfraz que asume, o de algún modo es el universo –alguna variación sobre esta postura panteísta, siendo mi favorita que él astutamente imita el mundo que experimentamos a diario, mientras permanecemos a oscuras.
Esta es la postura de la más antigua religión de la India, y en algún grado era la postura de Spinoza y de Alfred North Whitehead, el concepto de un Dios inmanente, Dios al interior del universo; no trascendente por encima de él y, por tanto, no parte de él. El dicho sufí [de Rumi] “El obrero es invisible dentro del taller” aplica aquí, con el taller como universo y el obrero como Dios. Pero esto aún expresa la noción teísta de que el universo es algo que Dios ha creado; mientras que yo estoy diciendo, quizás Dios no creó nada sino que meramente es. Y nos pasamos nuestras vidas dentro de él o ella o ello, preguntándonos constantemente dónde él o ella o ello puede ser encontrado.
Disfruté pensar a lo largo de estas líneas durante bastantes años. Dios está tan próximo como la basura en la alcantarilla –Dios es la basura en la alcantarilla, para hablar más precisamente. Pero entonces un día un perverso pensamiento entró en mi mente –perverso porque socavaba mi maravilloso monismo panteísta del cual estaba tan orgulloso. ¿Qué tal si –y aquí verán cómo al menos este escritor de Ciencia Ficción en particular obtiene sus tramas–, qué tal si existe una pluralidad de universos dispuestos a lo largo de una suerte de eje lateral, lo que es decir en ángulos rectos respecto al flujo del tiempo lineal? Debo admitir que tras haber pensado esto me encontré con que había conjurado una fantástica absurdidad: diez mil cuerpos de Dios dispuestos como tantos trajes colgando en algún enorme armario, con Dios ya sea vistiéndolos todos al mismo tiempo o yendo selectivamente de acá para allá entre ellos, diciéndose a sí mismo, “Creo que hoy vestiré ese en el que Alemania y Japón ganaron la Segunda Guerra Mundial” y luego añadiendo, a medias para sí mismo, “Y mañana vestiré aquel bello traje en el que Napoleón derrotó a los británicos; ese es uno de mis mejores”.
Esto sin duda parece absurdo, y ciertamente parece revelar la idea básica como un sinsentido. Pero supón que reestructuremos este “armario lleno de diferentes trajes de ropa” solo un poco y digamos, “¿Qué tal si Dios se prueba un traje de ropa y luego, por razones mejor conocidas por él, cambia de opinión?”. Decide, usando esta metáfora, que el traje de ropa que él posee o viste no es el que él desea… ¿en cuyo caso el ya mencionado armario lleno de trajes de ropa es una suerte de secuencia progresiva de mundos, seleccionados, usados por un tiempo, y luego descartados en favor de uno mejorado? Podemos preguntar en este punto, “¿Cómo el traje de ropa repentinamente descartado –el universo repentinamente abandonado– se sentiría? ¿Qué experimentaría?”. Y, para nosotros todavía más importante, ¿qué cambio, si lo hubiera, experimentarían las formas de vida viviendo en ese universo? Porque tengo la secreta corazonada de que esta cosa exacta de hecho acontece; y tengo la entusiasta percepción adicional de que las interminables trillones de formas de vida involucradas supondrían –incorrectamente– que ellas no han experimentado nada, que ningún cambio ha tenido lugar. Ellas, como los elementos del nuevo traje de ropa, incorrectamente imaginarían que ellas siempre han sido vestidas –que siempre han sido a como lo son ahora, con memorias completas mediante las cuales probar la corrección de sus impresiones subjetivas.
Estamos acostumbrados a suponer que todo cambio tiene lugar a lo largo del eje de tiempo lineal: del pasado al presente, al futuro. El presente es un acumulación del pasado y es diferente de él. El futuro se acumulará del presente en adelante y será diferente aún. Que un eje temporal ortogonal, o de ángulo recto, pueda existir, un dominio lateral en el cual el cambio tiene lugar –procesos ocurriendo de lado en la realidad, por así decir–, esto es casi imposible de imaginar. ¿Cómo percibiríamos tales cambios laterales? ¿Qué experimentaríamos? ¿Por cuáles pistas –si estamos tratando de probar esta bizarra teoría– deberíamos de estar alertas? En otras palabras, ¿cómo puede el cambio tomar lugar fuera del tiempo lineal, del todo, en cualquier sentido, a cualquier grado?
Pues bien, consideremos un tema favorito de los pensadores cristianos: el tema de la eternidad. Este concepto, históricamente hablando, fue una gran idea nueva brindada por el cristianismo al mundo. Estamos bastante seguros de que la eternidad existe –de que la palabra “eternidad” se refiere a algo real, en contraste, digamos, con la palabra “ángeles”. La eternidad es simplemente un estado en cual estás libre de, y de algún modo, fuera y por encima del tiempo. “Eternidad” no es una palabra que denota meramente un muy largo tiempo; es esencialmente atemporal. Bueno, permíteme preguntar esto: ¿Hay algún cambio que tome lugar ahí; i.e., que tome lugar fuera del tiempo? Porque si dices, “Sí, la eternidad no es estática; cosas suceden”, entonces de inmediato sonrío a sabiendas y señalo que has introducido el tiempo una vez más. El concepto “tiempo” simplemente denota –o más bien plantea– una condición o estado o flujo –lo que sea– en que el cambio ocurre. Sin tiempo, no hay cambio. La eternidad es estática. Pero si es estática, es incluso menos que larga y duradera; es más como un punto geométrico, una infinitud de la que se puede determinar a lo largo de cualquier línea dada. Mirando mi teoría acerca del cambio ortogonal o lateral, me defiendo a mí mismo diciendo, “Al menos es intelectualmente menos sinsentido que el concepto de eternidad”. Y todo el mundo habla acerca de la eternidad, sea que intenten hacer algo al respecto o no.
Déjame presentarte una metáfora. Digamos que existe un muy acaudalado mecenas de las artes. Cada día en la pared de su sala de estar, encima de su chimenea, sus sirvientes cuelgan un nuevo cuadro –cada día una diferente obra maestra, día tras día, mes tras mes–, cada día el que es “usado” es removido y reemplazado por uno nuevo. Llamaré a este proceso cambio a lo largo del eje lineal. Pero ahora supongamos que a los sirvientes temporalmente se les acaban los nuevos cuadros de reemplazo. ¿Qué deberían hacer mientras tanto? No pueden simplemente dejar el actual colgando; su empleador ha decretado que un perpetuo reemplazo –i.e., cambiar los cuadros– tiene que tener lugar. Así que ellos no permiten que el actual permanezca ni lo reemplazan con uno nuevo; en su lugar, hacen una cosa muy ingeniosa. Cuando su empleador no está mirando, los sirvientes alteran sutilmente el cuadro que ya está en la pared. Ellos pintan un árbol aquí; ellos pintan a una pequeña niña allá; ellos añaden esto; ellos obliteran aquello; ellos hacen la misma pintura diferente y, en un sentido, nueva, pero como estoy seguro de que puedes ver, no nueva en el sentido de reemplazarla.
El empleador ingresa a su sala de estar después de la cena, se sienta mirando hacia la chimenea, y contempla lo que debería ser –de acuerdo a sus expectativas– un nuevo cuadro.
¿Qué ve él? Ciertamente no es lo que él vio anteriormente. Pero también de algún modo lo es… y aquí debemos ser muy empáticos con este hombre quizás un tanto estúpido, porque podemos virtualmente mirar sus circuitos cerebrales esforzándose por comprender. Sus circuitos cerebrales están diciendo, “Sí, es un nuevo cuadro, no es el mismo que el de ayer, pero también es el mismo, yo creo, yo siento, en una muy profunda base intuitiva… yo siento que de algún modo lo he visto antes. Me parece recordar un árbol, sin embargo, y no hay ningún árbol”. Ahora, quizás, si extrapolamos la confusión mental y perceptual de este hombre al punto teórico que estaba haciendo acerca del cambio lateral, puedas obtener una mejor idea de lo que quiero decir; quiero decir, quizás puedas, al menos en algún grado, ver que a pesar de que lo que estoy hablando puede no existir –mi concepto puede ser ficticio– podría existir. No es intelectualmente auto contradictorio.
Como un escritor de ciencia ficción yo gravito hacia ideas tales como esta; nosotros en el campo, por supuesto, conocemos esta idea como un tema de “universo alternativo”. Algunos de ustedes, estoy seguro, saben que mi novela The Man in the High Castle utiliza este tema. Había en ella un mundo alternativo en el cual Alemania y Japón e Italia ganaron la Segunda Guerra Mundial. En un punto en la novela el Sr. Tagomi, el protagonista, de algún modo es transportado a nuestro mundo, en el cual las potencias del Eje perdieron. Él permaneció en nuestro mundo solamente un corto tiempo, y se escabulló con pánico de regreso a su propio universo tan pronto como él entrevió o comprendió lo que había sucedido –y no pensó en ello luego de eso; había sido para él una experiencia completamente desagradable, ya que, siendo japonés, era para él un peor universo que el suyo habitual. Para un judío, no obstante, hubiera sido infinitamente mejor –por obvias razones.
En The Man in the High Castle no brindé explicación real respecto a por qué o cómo el Sr. Tagomi se deslizó hacia nuestro universo; él simplemente se sentó en un parque y escudriñó una pieza de joyería abstracta moderna hecha a mano –se sentó y la estudió y la estudió– y cuando miró hacia arriba, él estaba en otro universo. No expliqué cómo o por qué esto sucedió porque no lo sé, y retaría a cualquiera, escritor, lector o crítico, a que diera una mal llamada “explicación”. No puede haber una porque, por supuesto, como todos sabemos, tal concepto es meramente una premisa ficticia; ninguno de nosotros, en nuestro sano juicio, entretiene por siquiera un instante la noción de que tales universos alternativos existan en cualquier sentido real. Pero digamos, solo por diversión, que sí existen.
Entonces, si existen, ¿cómo están ellos vinculados entre sí, si en efecto están (o estarían) vinculados? Si dibujaras un mapa de ellos, mostrando sus ubicaciones, ¿cómo se vería el mapa? Por ejemplo (y creo que esta es una pregunta muy importante), ¿están ellos absolutamente separados uno del otro, o se traslapan? Porque si se traslapan, entonces tales problemas como “¿En dónde existen?” y “¿Cómo te transportas de uno al siguiente?” admiten una posible solución. Estoy diciendo, simplemente, si ellos en verdad existen, y si ellos en verdad se traslapan, entonces nosotros, en algún sentido literal, en un sentido muy real, habitamos varios de ellos en diversos grados en cualquier momento dado. Y pese a que todos nosotros nos vemos unos a otros como seres humanos deambulando y hablando y actuando, algunos de nosotros podríamos habitar cantidades relativamente más grandes del, digamos, Universo Uno, más que otras personas; y, en cambio, algunos de nosotros podríamos habitar cantidades relativamente más grandes del Universo Dos, Sendero Dos, y así sucesivamente.
Puede que no sea meramente que nuestras impresiones subjetivas del mundo difieran, sino que puede haber un traslape, una superposición, de una pluralidad de mundos de modo tal que objetivamente, no subjetivamente, nuestros mundos puedan diferir. Nuestra percepciones difieren como resultado de esto. Y deseo agregar esta declaración en este punto, la cual considero que es un concepto fascinante: puede ser que algunos de estos mundos superpuestos estén pasando fuera de la existencia, a lo largo de la línea de tiempo lateral de la que hablo, y algunos estén en el proceso de moverse hacia una mayor, en lugar de una menor, actualización. Estos procesos ocurrirían simultáneamente y, del todo, no en el tiempo lineal. La clase de procesos de la que estamos hablando aquí es una transformación, una clase de metamorfosis, invisiblemente alcanzada. Pero muy real. Y muy importante.
Contemplar esta posibilidad de una disposición lateral de mundos, una pluralidad de Tierras superpuestas a lo largo de cuyo eje de vinculación una persona puede de algún modo moverse –puede viajar de una manera misteriosa de peor a regular, de bueno a excelente–, contemplar esto en términos teológicos, quizás podamos decir que por este medio que súbitamente desciframos las elípticas declaraciones que Cristo expresó con respecto al Reino de Dios, específicamente en dónde está localizado. Él parece haber dado contradictorias y desconcertantes respuestas. Pero supón, solo supón por un instante, que la causa de la perplejidad yace no en ningún deseo suyo de confundir o de ocultar, sino en la impertinencia de la pregunta. “Mi Reino no es de este mundo”, se reporta que él dijo. “El Reino está dentro de ti”. O posiblemente, “Está entre vosotros”.
Les planteo ahora la noción, la cual personalmente encuentro emocionante, de que él pudo haber tenido en mente aquello de lo que yo hablo al referirme al eje lateral de reinos superpuestos que contienen entre ellos un espectro de aspectos oscilando desde lo indeciblemente maligno hasta lo bello. Y Cristo estaba diciendo, una y otra vez, que realmente hay muchos reinos objetivos, de algún modo relacionados, y de algún modo transitables por hombres vivientes –no muertos –, y que el más maravilloso de estos mundos era un reino justo en el cual ya sea Él Mismo o Dios Mismo o ambos de ellos, gobiernan. Y él no habla meramente de una variedad de maneras de ver subjetivamente un mundo; el Reino era y es un lugar diferente real, al extremo opuesto de los continuos, comenzando con la esclavitud y el dolor total. Fue su misión enseñarle a sus discípulos el secreto de cruzar a lo largo de este camino ortogonal. Él no reportó meramente que yacía ahí; Él enseñó el método de llegar ahí. Pero, trágicamente, el secreto se perdió. El enemigo, la autoridad romana, lo aplastó. Y así nosotros no lo tenemos. Pero quizás podamos reencontrarlo, ya que sabemos que tal secreto existe.
Esto daría cuenta de las aparentes contradicciones relativas a la pregunta con respecto a si el Reino Justo alguna vez será establecido aquí en la Tierra o si es un lugar o un estado al que vamos después de la muerte. Estoy seguro de que no tengo que decirles que este asunto ha sido uno fundamental –y uno irresuelto– a lo largo de la historia del cristianismo. Cristo y San Pablo ambos parecen decir enfáticamente que una irrupción real en el tiempo, en nuestro mundo, por los huéspedes de Dios, inevitablemente ocurrirá. Inmediatamente después, luego de algún excitante drama, un paraíso de mil años, un Reino legítimo, será establecido –al menos para aquellos que hayan hecho su tarea y sus quehaceres y, generalmente, hayan prestado atención… y que no se hayan Ido a Dormir, como una parábola lo expresa.
Se nos insta repetidamente en el Nuevo Testamento a ser vigilantes, que para el cristiano siempre es de día, siempre hay luz, mediante la cual él pueda ver este evento cuando llegue. Ver este evento. ¿Implica eso que muchas personas, que de alguna manera están dormidas o ciegas o no vigilantes –que ellas no lo verán, incluso cuando ello ocurra? Consideren la significancia que puede asignársele a estas nociones. El Reino vendrá aquí, inesperadamente (esto siempre es acentuado); los fieles justos lo verán, porque para ellos siempre es de día, pero para los otros… lo que pareciera expresarse aquí es el paradójico pero cautivador pensamiento de que –escuchad esto y ponderad– el Reino, si fuera establecido aquí, no sería visible para aquellos fuera de él. Ofrezco la idea de que, en términos más modernos, lo que se quiere decir es que algunos de nosotros viajaremos lateralmente a ese mundo mejor y algunos no; ellos permanecerán atascados a lo largo del eje lateral, que significa que para ellos el Reino no vino, no en su mundo alternativo. Y, sin embargo, mientras tanto sí vino al nuestro. Así que vino y, sin embargo, no vino. Asombroso.
Por favor pregúntense, ¿Qué evento señala el establecimiento o el restablecimiento del Reino? Por supuesto no es nada menos que la Segunda Venida, el regreso del Rey Mismo. Siguiendo mi razonamiento respecto a la existencia de mundos a lo largo del eje lateral, uno puede razonar, “Ciertamente la Segunda Venida no ha tenido lugar –al menos no a lo largo de este Sendero, en este universo”. Pero entonces uno puede especular, lógicamente, “Pero quizás sí vino exactamente como fue estipulado en el Nuevo Testamento; durante la vida de aquellos viviendo entonces, de vuelta en la Edad Apostólica”.
Disfruto –me resulta fascinante– este concepto. Qué idea para una novela, una Tierra alternativa en la cual la Parusía tuvo lugar, digamos, alrededor del 70 D.C. O, digamos, durante el periodo medieval –digamos, en el tiempo de la Cruzada Cátara… ¡qué tan genial idea para una novela de mundo-alternativo! El protagonista es de alguna manera transportado de este, nuestro universo, en el cual la Segunda Venida no tuvo lugar o no ha tenido lugar–, es transportado a uno en el cual ocurrió hace siglos.
Pero si han seguido mis conjeturas acerca del traslape de estos mundos alternativos, y presienten como yo la posibilidad de que si hay tres, puede haber treinta o tres mil de ellos – y que algunos de nosotros vivimos en este, otros de nosotros en otro, otros en otros, y que los eventos en un Sendero no pueden ser percibidos por personas que no estén en ese Sendero–, bueno, permítanme decir lo que quiero decir y terminar con ello. Creo que una vez experimenté un Sendero en el cual el Salvador regresó. Pero lo experimenté solo muy brevemente. No estoy ahí ahora. No estoy seguro de que alguna vez lo estuviera. Ciertamente puede que nunca lo esté de nuevo. Siento pesar por esa pérdida, pero una pérdida es; de algún modo me moví lateralmente, pero entonces caí de vuelta, y entonces se perdió. Una desaparecida montaña y un arroyo. El sonido de campanas. Todo perdido para mí; totalmente perdido.
Yo, en mis cuentos y novelas, suelo escribir acerca de mundos falsificados, mundos semi-reales, al igual que demenciales mundos privados habitados, a menudo, por solo una persona, mientras que, entretanto, los otros personajes o permanecen en sus propios mundos o son de algún modo atraídos hacia uno de los mundos peculiares. Este tema ocurre en el corpus de mis veintisiete años de escritura. En ningún momento tuve yo una explicación teórica o consciente por mi preocupación por estos pseudo-mundos pluriformes, pero ahora creo que entiendo. Lo que estaba presintiendo era la multiplicidad de realidades parcialmente actualizadas que yacen tangencialmente respecto a lo que es, evidentemente, la más actualizada, aquella en que la mayoría de nosotros, por consensus gentium, estamos de acuerdo.
A pesar de que originalmente yo asumía que las diferencias entre estos mundos eran causadas enteramente por la subjetividad de los diversos puntos de vista humanos, no me tomó mucho abrir la pregunta respecto a si no pudiera ser más que eso –que, de hecho, plurales realidades existen superpuestas una sobre otra como tantas transparencias de filme. Lo que yo aún no captó, no obstante, es cómo una realidad, dentro de las muchas, es actualizada en contra distinción a las otras. Quizás ninguna lo hace. O quizás de nuevo pende de un acuerdo en punto de vista por una suficiencia de personas. Más factible es que el mundo matriz, aquel con el verdadero núcleo del ser, es determinado por el Programador. Él o ello articula –imprime, por así decir– la elección de matriz y le infunde sustancia real. El núcleo o esencia de la realidad –aquello que la recibe o la obtiene y hasta qué grado–, eso está dentro del alcance del Programador; esta selección y reelección son parte de la creatividad general, de creación de mundo, que parece ser su tarea. Un problema, quizás, que él o ello está corriendo, lo que es decir, en el proceso de resolver.
Esta resolución de problemas por medio de reprogramar variables a lo largo del eje de tiempo lineal de nuestro universo, de ese modo generando mundos laterales ramificados –yo tengo la impresión de que la metáfora del tablero de ajedrez es especialmente útil al evaluar cómo todo esto puede ser– de hecho debe ser. Delante del Programador-Reprogramador se sienta una contra-entidad, a quien Joseph Campbell llama el Oscuro Contrajugador. Dios, el Programador-Reprogramador, no está haciendo sus movimientos en contra de materia inerte; él está lidiando con un astuto oponente. Digamos que en el tablero de juego –nuestro universo en espacio-tiempo– el Oscuro Contrajugador hace una movida; él establece una solución de realidad. Siendo el Oscuro Jugador, el desenlace de sus deseos constituye lo que nosotros experimentamos como maldad: no-crecimiento, el poder de la mentira, la muerte y la decadencia de las formas, la prisión de inmutable causa y efecto. Pero el Programador-Reprogramador ya ha planteado su respuesta; ya han sucedido, estas movidas de su parte. El impreso, que nosotros atravesamos como eventos históricos, pasa a través de etapas de interacción dialéctica, tesis y antítesis a medida que las fuerzas de los dos jugadores se mezclan.
Evidentemente algunas síntesis caen del lado del Oscuro Contrajugador, y sin embargo no lo hacen, por virtud del hecho de que, con antelación, nuestro Gran Defensor seleccionó variables, la alteración de las cuales, le brindan la victoria final a él. Al ganar cada secuencia, a su vez, él nos clama a algunos de nosotros, nosotros quienes participamos en la secuencia. Esto es por lo que instintivamente la gente reza, “Libera me Domine”, que se decodifica para significar, “Líbrame, Programador, a medida que alcanzas una victoria tras otra; inclúyeme en ese triunfo. Muéveme a lo largo del eje lateral para que así no me quede excluido”. Lo que sentimos como “quedar excluidos” significa permanecer bajo la jurisdicción de, o caer presa de, el poder maligno. Pero ese poder maligno, por más estratagemas, ya ha perdido incluso a medida que gana, dado que de alguna manera el Contrajugador está ciego y, así, el Programador-Reprogramador posee una ventaja.
El gran filósofo arábigo medieval, Avicena, escribió que Dios no ve el tiempo como nosotros lo hacemos; i.e., para él no hay pasado ni presente, ni futuro. Ahora, suponiendo que Avicena esté en lo correcto, imaginemos una situación en la que Dios, desde cualquier posición privilegiada en la que él exista, decide intervenir en nuestro mundo espacio-temporal; i.e., irrumpir desde, su reino atemporal, en la historia humana. Pero si desde su punto de vista solo hay realidad omnipresente, entonces él puede, tan fácilmente, irrumpir en lo que para nosotros es el pasado al igual que él puede irrumpir en lo que para nosotros es el presente o el futuro. Es exactamente como un jugador de ajedrez mirando hacia abajo al tablero; él puede mover cualquiera de sus piezas que él desee. Siguiendo el razonamiento de Avicena, podemos decir que Dios, al desear, por ejemplo, provocar la Segunda Venida, no necesita limitar el evento a nuestro presente o futuro; él puede anular nuestro pasado –en otras palabras, cambiar nuestra historia pasada; él puede causar que ella ya haya acontecido. Y esto sería verdad para cualquier cambio que él desee hacer, grande o pequeño. Por ejemplo, supón que un evento en nuestro año 1970 D.C. no coincida con la idea de Dios de cómo debería desenvolverse. Él puede obliterarlo o travesear con él, o mejorarlo, lo que sea que él desee, incluso en un punto previo en el tiempo lineal. Esta es su ventaja.
Les proponga a ustedes que tales alteraciones, la creación o la selección de los tal llamados “presentes alternativos”, está continuamente teniendo lugar. El mero hecho de que podamos conceptualmente lidiar con esta noción –eso es, entretenerla como una idea– es un primer paso para discernir tales procesos mismos. Pero dudo si alguna vez seremos capaces de demostrar en cualquier sentido real, de científicamente probar, que tales procesos de cambio lateral en efecto ocurren. Probablemente todo lo que tendríamos para avanzar serían vestigios de memoria, fugaces impresiones, sueños, nebulosas intuiciones de que, de algún modo, las cosas habían sido diferentes en algún respecto –y no hace mucho, sino ahora.
Podríamos, reflexivamente, alcanzar un interruptor de luz en el baño solamente para descubrir que estaba –siempre había estado– en otro lugar enteramente. Podríamos alcanzar el conducto de ventilación en nuestro coche donde no había conducto de ventilación –un reflejo que quedó atrás de un presente previo, aún activo en un nivel subcortical. Podríamos soñar personas o lugares que nunca hemos visto tan vívidamente como si los hubiéramos visto y realmente conocido. Pero no sabríamos qué pensar de todo esto, asumiendo que nos tomáramos el tiempo de ponderarlo del todo. Una muy profunda impresión probablemente nos ocurriría, a muchos de nosotros, una y otra vez, y siempre sin explicación: la aguda, absoluta sensación de que habíamos hecho antes lo que estábamos justo a punto de hacer ahora, de que nosotros, por así decir, vivimos un momento particular o situación previamente –¿pero en qué sentido podría llamarse “previamente”, debido a que solo el presente, no el pasado, estuvo evidentemente involucrado?
Tendríamos la sobrecogedora impresión de que estamos reviviendo el presente, quizás precisamente de la misma manera, escuchando las mismas palabras, diciendo las mismas palabras… Propongo que estas impresiones son válidas y significativas, y diré incluso esto:
Una impresión tal es una pista de que en algún punto de tiempo pasado una variable fue cambiada –reprogramada, por así decir– y que, debido a esto, un mundo alternativo se ramificó, se actualizó en lugar del anterior, y que de hecho, en hecho literal, nosotros estamos una vez más viviendo este segmento particular de tiempo lineal. Una anulación, un jugueteo, un cambio ha sido hecho, pero no en nuestro presente –fue hecho en nuestro pasado.
Evidentemente tal alteración tendría un efecto peculiar en aquellas personas involucradas; ellas serían, por así decir, movidas de vuelta una casilla o varias casillas en el tablero de juego que constituye nuestra realidad. Concebiblemente, esto podría suceder cualquier número de veces, afectando a cualquier número de personas, a medida que las variables alternativas fueron reprogramadas. Tendríamos que vivir cada reprogramación a lo largo del subsecuente eje de tiempo lineal, pero para el Programador, a quien llamamos Dios –para él los resultados de la reprogramación serían aparentes de inmediato. Nosotros estamos dentro del tiempo pero él no. Por tanto, también, esto podría dar cuenta de la sensación que tienen las personas de haber vivido vidas pasadas. Ellas bien pueden haberlo hecho, pero no en el pasado; vidas previas, más bien, en el presente. Quizás en un interminable presente repetido y repetido, como una gran cara de reloj en el que las grandes manecillas de reloj barren la misma circunferencia por siempre, con todos nosotros cargados sin saberlo, pero vagamente sospechando. Ya que en la resolución de cada encuentro de tesis y antítesis entre el Oscuro Contrajugador y el Divino Programador una nueva síntesis es generada, y ya que es posible que cada vez que esto acontezca un mundo lateral podría ser generado, y ya que yo concibo que cada síntesis o resolución es en algún grado una victoria por parte del Programador, cada mundo generado, debe ser una mejoría sobre –no solo el anterior– sino una mejoría por encima de todos los desenlaces latentes, o meramente posibles. Es mejor pero en ningún sentido perfecto –i.e., final. Es meramente una etapa mejorada dentro de un proceso. Lo que visualizo claramente es que el Programador está perpetuamente usando el universo antecedente como una gigantesca reserva para cada nueva síntesis, el universo antecedente entonces poseyendo el aspecto de caos o anomia en relación con un nuevo cosmos emergente. Por lo tanto el interminable proceso de generación secuencial de mundos alternativos, emergiendo y siendo infundidos con actualización, es negentrópico de alguna manera que no podemos ver.
En mi novela Ubik presentó un movimiento a lo largo de un eje retrogrado entrópico, en términos de fórmulas platónicas en lugar de cualquier tipo de descomposición o reversión que normalmente concebimos. Quizás el movimiento normal de avance a lo largo de este eje, lejos de la entropía, acumulándose en lugar de aminorarse, sea idéntico a la línea del eje que caracterizó como lateral, lo que es decir, en tiempo ortogonal en lugar de tiempo lineal. Si esto es así, la novela Ubik inadvertidamente contiene lo que se puede llamar una idea científica en lugar de una idea filosófica. Pero aquí solo estoy conjeturando. Aún así, el escritor de ciencia ficción podría haber escrito más de lo que él conscientemente sabía.
Lo que nos ciega a esta jerarquía de forma evolucionada en cada nueva síntesis es que somos ignorantes de los mundos menores, sin actualizar. Y este proceso de interacción, continuamente formando lo nuevo, oblitera en cada etapa aquello que vino antes. Lo que, en cualquier instante presente dado poseemos del pasado, es doble pero dudoso: Poseemos trazos externos objetivos del pasado incrustado en el presente, y poseemos memorias internas. Pero ambos están sujetas a la regla de la imperfección, ya que ambas son meramente pedazos de realidad y no la forma intacta. Lo que retenemos existencial y mentalmente son, por lo tanto, guías inadecuadas. Esto es insinuado por la propia emergencia de verdadera novedad en sí misma; si es verdaderamente nueva, ella debe de algún modo matar lo viejo, aquello que fue. Y, especialmente, aquello que no llegó completamente a ser.
Lo que necesitamos en este punto es localizar, presentar como evidencia, a alguien que se las haya ingeniado de algún modo –no importa cómo, realmente– para retener recuerdos de un presente diferente, impresiones latentes de un mundo alternativo, diferente en alguna manera de este, de este que está en esta etapa actualizado. De acuerdo con mi postura teórica, serían, casi con toda seguridad, recuerdos de un mundo peor que este. Porque no es razonable que Dios el Programador y Reprogramador sustituya un peor mundo en términos de libertad o belleza o amor u orden o salud –por cualquier estándar que conozcamos. Cuando un mecánico trabaja en el malfuncionamiento de un coche él no lo daña aún más; cuando un escritor crea un segundo borrador de una novela él no la degrada aún más sino que se esfuerza por mejorarla. Supongo que puede argumentarse de manera estrictamente teórica que Dios puede ser malvado o insano y que, de hecho, sustituiría un mundo mejor por uno peor, pero francamente no puedo tomarme esa idea en serio. Pasémosle entonces por encima. Preguntémonos entonces, ¿Alguno de nosotros recuerda, en cualquier sutil grado, una peor Tierra circa 1977 que esta? ¿Pesadillas específicamente, acerca de un mundo de esclavitud y maldad, de prisiones y carceleros y de ubiquidad policial? Yo las he tenido. Escribí estos sueños en novela tras novela, cuento tras cuento; para nombrar dos en los cuales este horrible presente previo obtuvo la mayor claridad yo cito The Man in the High Castle y mi novela de 1974 acerca de los Estados Unidos como un estado policial, llamada Flow My Tears, the Policeman Said.
Voy a ser muy cándido con vosotros: escribí ambas novelas basado en recuerdos residuales fragmentarios de un horroroso mundo esclavista estatal –o quizás el término “mundo” es el incorrecto, y debería decir “Estados Unidos” ya que en ambas novelas estaba escribiendo acerca de mi propio país.
En The Man in the High Castle hay un novelista, Hawthorne Abendsen, quien ha escrito una novela de mundo alternativo en la cual Alemania, Italia y Japón perdieron la Segunda Guerra Mundial. En la conclusión de The Man in the High Castle, una mujer aparece en la puerta de Abendsen a decirle algo que él no sabe: que su novela es verdad; el Eje de hecho sí perdió la guerra. La ironía de este final –Abendsen enterándose de que lo que él había supuesto que era pura ficción tejida por su imaginación era, en efecto, verdad –la ironía es esta: que mi propio supuesto trabajo imaginativo The Man in the High Castle no es ficción– o más bien es ficción solamente ahora, gracias a Dios. Pero hubo un mundo alternativo, un presente previo, en el cual ese Sendero particular se actualizó –se actualizó y después fue abolido debido a intervención en alguna fecha anterior. Estoy seguro de que, mientras me escuchan decir esto, ustedes no me creen, o incluso no creen que yo mismo lo crea. Pero, sin embargo, es verdad. Retengo recuerdos de ese otro mundo. Por eso es que lo encontrarán de nuevo en mi novela posterior Flow My Tears.
El mundo de Flow My Tears es un mundo alternativo real (o que, más bien, fue real) y lo recuerdo en detalle. No sé quién más lo recuerda. Quizás nadie más. Tal vez todos vosotros estuvisteis siempre –habéis siempre estado– aquí. Pero yo no. En marzo de 1974 comencé a recordar conscientemente, en lugar de meramente a nivel subconsciente, esa Prisión de Hierro Negro que era ese mundo de estado policial. Tras recordarlo conscientemente no escribí acerca de él porque siempre había estado escribiendo acerca de él. Sin embargo, mi asombro fue enorme, el recordar conscientemente, de pronto, que una vez lo fue –como estoy seguro de que se pueden imaginar. Pónganse en mi lugar. En novela tras novela, cuento tras cuento, a lo largo de un periodo de veinticinco años, escribí repetidamente acerca de ese otro paisaje particular, uno espantoso. En marzo de 1974 comprendí por qué, en mi escritura, continuamente volvía a una percepción, a una insinuación, de ese mundo particular. Tenía buenas razones para ello. Mis novelas y mis cuentos eran, sin yo percatarme conscientemente, autobiográficos. Fue –el regreso de la memoria– la más extraordinaria experiencia de mi vida. O más bien debería decir vidas, ya que tuve al menos dos: una ahí y, subsecuentemente, una aquí, a donde estamos ahora.
Puedo incluso contaros lo que me hizo recordar. A finales de febrero de 1974 me dieron pentotal sódico para la extracción de una muela del juicio impactada. Más tarde ese día, de regreso en casa pero aún profundamente bajo la influencia del pentotal sódico, tuve un corto destello agudo de memoria recuperada. En un instante lo capturé todo, pero de inmediato lo rechacé –lo rechacé, no obstante, con la percepción de que lo que había recuperado en el modo de recuerdos enterrados era auténtico. Luego, a mediados de marzo, el corpus de recuerdos, entero, intacto, comenzó a regresar. Estáis en la libertad de creerme o descreerme, pero os doy mi palabra de que no estoy bromeando; esto es muy serio, un asunto de importancia. Estoy seguro de que cuando menos estaréis de acuerdo conmigo de que el que yo siquiera afirme esto es en sí mismo asombroso. A menudo las personas afirman recordar vidas pasadas; yo afirmo recordar una diferente, muy diferente, vida presente. No sé de nadie que alguna vez haya hecho esa afirmación antes, pero sospecho que mi experiencia no es única; lo que quizás sea único es el hecho de que estoy dispuesto a hablar de ello.
Si me han seguido hasta este punto, me gustaría que tuvierais la suficiente amabilidad para ir un poco más allá conmigo. Me gustaría compartir con vosotros algo que yo sabía –que recuperé– junto con los recuerdos bloqueados. En marzo de 1974 las variables reprogramadas, con las que se traveseó atrás en alguna fecha temprana, probablemente a finales de los cuarenta –en marzo de 1974, la recompensa, los resultados, de al menos una, y posiblemente más, de las variables reprogramadas situadas a lo largo de la línea de tiempo lineal en nuestro pasado, se instaló. Lo que aconteció entre marzo y agosto de 1974 fue el resultado de al menos una variable reprogramada sentada quizás treinta años antes, poniendo en marcha un hilo de cambio que culminó en lo que estoy seguro que admitirán fue un evento histórico espectacularmente importante –y único–: la destitución forzosa de un presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, al igual que la de todos aquellos asociados con él.
En el mundo alternativo que recordé, el movimiento de los derechos civiles y el movimiento antiguerra de los sesenta, habían fracasado. Y, evidentemente, a mediados de los setenta Nixon no fue destituido del poder. Aquello que se opuso a él (si en verdad algo existió que lo hiciera o pudiera haberlo) era inadecuado. Por lo tanto uno o más factores tendientes hacia esa destrucción del atrincherado poder tiránico habían retroactivamente, para nosotros, llegado a ser introducidos. La balanza, treinta años después, en 1977, se inclinó.
Examinad el texto de Flow My Tears y, manteniendo en mente que fue escrito en 1970 y publicado en febrero de 1974, haced el esfuerzo de construir los eventos previos que habrían debido tener lugar, o no tener lugar, para dar cuenta del mundo representado en la novela como si estuviera situada ligeramente en el futuro. Un pequeño pero crucial tema es aludido dos veces (creo yo) en Flow My Tears. Tiene que ver con Richard Nixon. En el mundo futuro de Flow My Tears, en el horroroso estado esclavista que existe y evidentemente ha existido por décadas, Richard Nixon es recordado como un exaltado líder heroico –al que se refieren, de hecho, como el “Segundo Hijo Unigénito de Dios”. Es evidente a partir de esta y muchas otras pistas que Flow My Tears lidia no con nuestro futuro sino con el futuro de un mundo presente, alternativo al nuestro. Los negros, para el tiempo en que Flow My Tears tiene lugar, se han convertido en una rareza ecológica, protegidos “como lo son las ferinas grullas salvajes ”. En la novela uno raramente ve negros en las calles de los Estados Unidos. Pero el año en el cual Flow My Tears tiene lugar es solo dentro de once años: octubre de 1988.
Obviamente el genocidio fascista en contra de los negros en los Estados Unidos en mi novela comenzó mucho antes de 1977; varios lectores me han señalado esto. Uno de ellos incluso señaló que una lectura cuidadosa de Flow My Tears no solo indica que la sociedad representada, el estado policial de EE.UU. de 1988, tiene que ser una novela de mundo alternativo, sino que este lector señaló que misteriosamente, al puro final de la novela, el protagonista, Felix Buckman, parece de algún modo haberse deslizado a un mundo diferente, uno en el cual los negros no fueron exterminados. Temprano en la novela se estipula que a una pareja se le permite por ley procrear un solo hijo; pero, al final de la novela, el hombre negro en la gasolinera abierta toda la noche orgullosamente saca su billetera y le muestra al General de Policía Buckman fotografías de sus tres hijos.
La manera abierta en la que el hombre negro muestra las fotografías a un perfecto desconocido indica que por alguna extraña e inexplicada razón ahora ya no es ilegal para una pareja negra tener varios hijos. De algún modo, al igual que el Sr. Tagomi se deslizó brevemente en nuestro presente alternativo, el General Buckman en Flow My Tears hizo la misma cosa. Es incluso evidente en el texto de Flow My Tears cuándo y dónde el general de policía se deslizó. Fue justo antes de aterrizar su vehículo volador en la gasolinera abierta toda la noche y encontró –abrazó, de hecho– al hombre negro; el deslizamiento, lo que es decir el momento en el cual el mundo absolutamente represivo del grueso de la novela se desvaneció, tuvo lugar durante el intervalo en el que el General Buckman experimentó un extraño sueño acerca de un anciano que aparentaba ser rey con barba que parecía lana, vistiendo túnica y un casco y liderando una cuadrilla de caballeros similarmente vestidos con túnicas y cascos –este rey y estos caballeros con casco apareciendo en el mundo rural de granja y pastizal en donde el General Buckman había vivido de niño. El sueño, creo yo, fue una representación gráfica en la mente del General Buckman de la transformación teniendo lugar objetivamente; era una suerte de análogo interior respecto a lo que estaba sucediéndole afuera a su mundo entero.
Esto da cuenta del cambiado Buckman, el mismo general de policía diferente que aterriza en la gasolinera abierta toda la noche y dibuja un corazón con flecha perforándolo, dándole el pedazo de papel con su dibujo al hombre negro como una comunicación de amor. Buckman en la gasolinera al encontrarse con el negro desconocido no es el mismo Buckman que apareció antes a lo largo del libro: La transformación está completa. Pero él lo desconoce. Solo Jason Taverner, el que otrora fuera una personalidad famosa de televisión quien se despertó un día para encontrarse a sí mismo en mundo que nunca había escuchado de él –solo Taverner, cuando su popularidad misteriosamente arrebatada se filtra de nuevo, comprende que varias realidades alternativas –dos tras una rápida leída, pero al menos tres si el final es estudiado escrupulosamente– solo Jason Taverner recuerda.
Esta es toda la trama básica de la novela: Una mañana Jason Taverner, popular estrella de TV y discográfica, se despierta en un pulgoso y lóbrego cuarto de hotel para encontrar que todos sus papeles de identificación han desaparecido, y, peor aún, se encuentra con que nadie nunca ha escuchado de él –la trama básica es que por alguna arcana razón la población entera de los Estados Unidos, en un instante de tiempo lineal, ha olvidado, completa y colectivamente, a un hombre cuyo rostro en la portada de la revista Time debería ser un rostro que, virtualmente, todo lector identificaría sin esfuerzo.
En esta novela estoy diciendo, “La población entera de un país grande, un país del tamaño de un continente, puede despertarse un día habiendo olvidado por completo algo que todos ellos sabían previamente, y ninguno de ellos se percata”. En la novela es una popular estrella de TV y discográfica a quien ellos han olvidado, lo cual es de importancia, realmente, solo para esa particular estrella o antigua estrella. Pero mi hipótesis es presentada aquí, no obstante, de forma disfrazada, porque (estoy diciendo) si un país entero puede olvidar de la noche a la mañana una cosa que todos ellos sabían, ellos pueden olvidar otras cosas, cosas más importantes; de hecho, cosas sobrecogedoramente más importantes. Estoy escribiendo acerca de amnesia por parte de millones de personas, de, por así decir, recuerdos falsos implantados.
Este tema de recuerdos falsos es un hilo constante en mi escritura a lo largo de los años. También lo era de Van Vogt. Y sin embargo, ¿puede uno contemplar esto como una seria posibilidad, algo que puede realmente pasar? ¿Quién de nosotros se ha preguntado a sí mismo eso? Yo no me pregunté eso con anterioridad a marzo de 1974; me incluyo a mí mismo.
Vosotros recordaréis que señalé que luego de que el General de Policía Buckman se deslizó en el mundo mejor, él atravesó un cambio interno apropiado relativo a las cualidades del mundo mejor, el mundo más justo, más amoroso, más cálido, en el cual la tiranía del aparato policial ya estaba comenzando a desvanecerse como lo haría un sueño tras despertarse el soñador. En marzo de 1974, cuando recuperé mis recuerdos enterrados (un proceso llamado en griego anamnesis, que literalmente significa la pérdida del olvido más que meramente recordar) –al reingresar esos recuerdos a la consciencia, yo, como el General Buckman, atravesé un cambio de personalidad. Como el suyo, fue fundamental pero al mismo tiempo sutil. Era yo pero, sin embargo, no era yo. Lo noté principalmente en pequeñas formas: cosas que yo debería haber recordado pero no lo hacía; cosas que yo recordaba (¡ah, qué cosas!) pero no debería. Evidentemente esta había sido mi personalidad en lo que llamo Sendero A.
Puede que os interese un aspecto de mis recuerdos restaurados que me impacta como el más increíble. En el anterior presente alternativo, en el Sendero A, el cristianismo era ilegal, como lo había sido hace dos mil años en su génesis. Se le consideraba como subversivo y revolucionario –y, déjenme añadir, esta valoración por parte de las autoridades policiales era correcta. Me tomó casi dos semanas, después del regreso de mis recuerdos de mi vida en el Sendero A, deshacerme de la abrumadora impresión de que todas las referencias a Cristo, todos los actos sacerdotales, tenían que ser velados en absoluto secreto. Pero históricamente esto encaja con el patrón de una toma del poder fascista, especialmente aquellas a lo largo de líneas nazis. Así ellos consideraban al cristianismo. Y, si hubieran alcanzado la victoria en la guerra, esta seguramente hubiera sido su política en esa porción de los Estados Unidos que ellos controlaran. Por ejemplo, los Testigos de Jehová, bajo los Nazis, fueron gaseados en campos de concentración junto a los judíos y los gitanos; a ellos los pusieron de primero en la lista. Y, en ese otro estado totalitario moderno, por la misma razón es prohibido y sus miembros son perseguidos; quiero decir, por supuesto, la URSS.
Los tres grandes estados tiránicos en la historia que han asesinado a sus poblaciones cristianas domésticas –Roma, el Tercer Reich, y la URSS– son, desde una postura objetiva, tres manifestaciones de una única matriz. Sus creencias personales acerca de la religión no son un problema aquí; lo que es un problema es un hecho histórico, y por lo tanto os pido que ponderéis objetivamente lo que el miedo sobrecogedor que sentí respecto a los ritos cristianos y las protestas de fe significa acerca de la sociedad del Sendero A, abruptamente recordada. Es una pista decisiva acerca del Sendero A. Ella nos dice qué tan radicalmente diferente era. Me gustaría que vosotros, si habéis llegado hasta aquí, aceptéis mis declaraciones acerca de mis recuerdos que, bajo el pentotal sódico, regresaron; era una prisión. Era horrorosa; nosotros la derrocamos, al igual que nosotros derrocamos la tiranía de Nixon, pero era mucho más cruel, increíblemente más cruel, y hubo una gran batalla y pérdida de vida. Y, por favor, permitidme agregar un hecho más, quizás objetivamente sin importancia pero, no obstante, interesante para mí. Fue en febrero de 1974 cuando mis recuerdos bloqueados del Sendero A regresaron, y fue en febrero de 1974 cuando Flow My Tears, tras un retraso de dos años, fue finalmente publicada. Fue casi como si el lanzamiento de la novela, que se había retrasado tanto, significara que, en cierto sentido, estaba bien que yo recordara. Pero hasta entonces era mejor que no lo hiciera. Por qué sería eso así, no lo sé, pero tengo la impresión de que los recuerdos no vendrían a la superficie hasta que el material hubiera sido publicado, muy sinceramente por parte del autor, como lo que él creía que era ficción.
Quizás, si yo lo hubiera sabido, hubiera estado demasiado atemorizado como para escribir la novela. O quizás me hubiera callado la boca y hubiera, de algún modo, interferido con la efectividad de estos varios libros –cualquier efectividad que puedan tener o hayan tenido. Ni siquiera afirmo que hubo una efectividad intencionada; quizás no la hubo en absoluto. Pero si la hubo –y repito la palabra “si” enfáticamente– esta era, casi ciertamente, el estimular recuerdos subliminales en los lectores de vuelta a tenue vida –no una vida consciente, no una consciencia entrante como en mi propio caso, sino el recordarles a ellos en un hondo y profundo, aunque inconsciente nivel, lo que es una tiranía policial, y cuán vital es, ahora o entonces, en cualquier momento, a lo largo de cualquier sendero, derrotarla.
En marzo de 1974 las movidas verdaderamente cruciales para destituir a Nixon estaban comenzando. En agosto, cinco meses después, ellas probaron ser exitosas, aunque estas reprogramaciones, esta intervención en nuestro presente, pueden haber sido diseñadas más para afectar un continuo futuro en lugar del nuestro. Como dije al inicio, las ideas parecen tener vida propia; ellas parecen apoderarse de las personas y hacer uso de ellas. La idea que se apoderó de mí hace veintisiete años y nunca me abandonó es esta: Cualquier sociedad en la cual las personas se entrometen en los asuntos de otras personas no es una buena sociedad, y un estado en el cual el gobierno “sabe más acerca de ti de lo que sabes de ti mismo”, a como es expresado en Flow My Tears, es un estado que debe ser derrocado.
Puede ser una teocracia, un estado fascista corporativo, un capitalismo reaccionario monopolista o un socialismo centralista –ese aspecto no interesa. Y no estoy diciendo simplemente: “Puede suceder aquí”, refiriéndome a los Estados Unidos, sino en cambio: “En efecto sucedió aquí. Yo lo recuerdo. Yo fui uno de los cristianos secretos que lo combatió y que, en al menos algún grado, ayudó a derrocarlo”. Y estoy muy orgulloso de eso: orgulloso de mí mismo por mi tiempo en el Sendero A. Pero hay, desafortunadamente, una sombría insinuación que acompaña mi orgullo respecto a mi trabajo ahí. Creo que en ese mundo previo no viví más allá de marzo de 1974. Caí víctima de una trampa policial, una red o malla. Sin embargo, en este mundo, al cual llamaré Sendero B, tuve mejor suerte. Pero combatimos aquí en este sendero una tiranía mucho más ligera, mucho más estúpida. O, quizás, tuvimos asistencia: La reprogramación anterior de una o más variables históricas vino a nuestro rescate. A veces pienso (y esto es, por supuesto, pura especulación, una feliz fantasía de mi alma) que debido a lo que logramos ahí –o, en todo caso, intentamos, y muy valientemente– a nosotros quienes estuvimos directamente involucrados se nos permitió sobrevivir, pasado el punto terminal que nos trajo abajo en ese otro mundo peor. Es una suerte de milagrosa bondad.
Este benévolo obsequio sirve para delinear para nosotros –para mí, al menos– algunos aspectos del Programador. Me hace comprenderlo en cierto modo. Creo que no podemos saber qué es él, pero podemos experimentar su funcionamiento y así preguntar: “¿A qué se asemeja?”. No “¿Qué es él?” sino, en cambio: “¿Cómo es él?”.
Primero que todo, él controla los objetos, procesos y eventos en nuestro mundo espacio-temporal. Este es, para nosotros, el aspecto primario, aunque intrínsecamente él podría poseer aspectos de más vasta magnitud pero de menor aplicabilidad para nosotros. He hablado de mí mismo como una variable reprogramada, y he hablado de él como el Programador y Reprogramador. Durante un corto periodo de tiempo en marzo de 1974, en el momento en el cual fui resintetizado, yo estaba consciente perceptualmente –lo que es decir consciente de una manera externa– de su presencia. En ese momento no tenía idea de lo que estaba viendo. Se asemejaba a energía plasmática. Tenía colores. Se movía rápido, juntándose y dispersándose. Pero lo que era, lo que él era –no estoy seguro incluso ahora, excepto que puedo deciros que él había simulado objetos y procesos normales, copiándolos de una manera tan habilidosa como para hacerse a sí mismo invisible dentro de ellos.
Como los vedantistas lo plantean, él era el fuego dentro del pedernal, la navaja dentro de la caja de navaja. Investigación posterior me mostró que, en términos de experiencia cultural grupal, el nombre Brahman le ha sido dado a esta inmanente entidad omnipresente. Cito un fragmento del poema americano [“Brahma”] de Emerson; transmite lo que experimenté:
Reconocen mal los que me dejan fuera; Cuando me vuelan soy las alas.
Soy el que duda y la duda,
Y soy el himno que canta el brahmán.
Por medio de esto quiero decir que durante ese corto periodo –cuestión de horas o quizás un día– estuve consciente de nada que no fuera el Programador. Todas las cosas en nuestro mundo pluriforme eran segmentos o subsecciones de él. Algunas estaban en reposo pero muchas se movían, y lo hacían como porciones de un organismo respirante que inhalaba, exhalaba, crecía, cambiaba, evolucionaba hacia algún estado final que por su absoluta sabiduría había elegido para sí mismo. Quiero decir, lo experimenté como auto-creador, dependiente de nada fuera de sí porque, muy sencillamente, no había nada fuera de él.
Mientras veía esto sentí intensamente que a través de todos los años de mi vida yo había estado literalmente ciego; recuerdo decirle una y otra vez a mi esposa: “¡He recuperado mi vista! ¡Puedo ver de nuevo!”. Me pareció a mí que hasta ese momento yo había estado meramente adivinando respecto a la naturaleza de la realidad alrededor mío. Comprendí que no había adquirido una nueva facultad de percepción sino que había, en cambio, recobrado una antigua. Por un día, más o menos, vi como una vez todos habíamos visto, hace miles de años.
¿Pero cómo habíamos llegado a perder la vista, este ojo superior? La morfología debe aún estar presente en nosotros, no solo latente; de lo contrario, no podría haberla readquirido ni siquiera brevemente. Esto todavía me causa desconcierto. ¿Cómo podía ser que durante cuarenta y seis años no vi realmente, sino que solo adiviné la naturaleza del mundo, y luego brevemente sí vi, pero poco después perdí esa vista y me volví semiciego de nuevo?
El intervalo en el cual en realidad vi, evidentemente, fue el intervalo en el cual el Programador estaba rehaciéndome. Él había dado un paso al frente como palpablemente sintiente y vivo, como la figura al fondo; él se había revelado a sí mismo. Así es dicho que el cristianismo, el judaísmo y el islam son religiones reveladas. Nuestro dios es el deus absconditus: el dios oculto. Pero ¿por qué? ¿Por qué es necesario que seamos engañados con respecto a la naturaleza de nuestra realidad? ¿Por qué él se ha velado a sí mismo como una pluralidad de objetos no relacionados y sus movimientos como una pluralidad de procesos azarosos?
Todos los cambios, todas las permutaciones de realidad que vemos son expresiones del deliberado crecimiento y despliegue de esta única entelequia; es una planta, una flor, una rosa abriéndose. Es una colmena de abejas zumbando. Es música, un tipo de canto. Obviamente vi al Programador como realmente él es, como él realmente se comporta, solo porque él se había apoderado de mí para remodelarme, así que digo, “Sé por qué lo vi”, pero no puedo decir, “Sé por qué no lo veo ahora, ni por qué nadie más lo hace”. ¿Acaso moramos colectivamente en una clase de holograma laser, criaturas reales en un cuasi-mundo manufacturado, un escenario dentro de cuyos artefactos y criaturas se mueve una mente que está decidida a permanecer desconocida?
Un artículo de periódico acerca de este discurso bien podría titularse: AUTOR AFIRMA HABER VISTO A DIOS PERO NO PUEDE DAR CUENTA DE LO QUE VIO.
Si considero el término mediante el cual lo designo –el Programador y Reprogramador– quizás pueda extraer de eso una respuesta parcial. Lo llamo como lo llamo porque eso fue lo que lo presencié haciendo: Él había programado previamente las vidas aquí pero ahora estaba alterando uno o más factores cruciales –esto en servicio de completar una estructura o plan. Razono a lo largo de estas líneas: Un científico humano que opera una computadora no sesga ni deforma, no prejuzga, el resultado de sus cálculos. Un etnólogo humano no se permite a sí mismo contaminar sus propios hallazgos participando en la cultura que estudia. Lo que es decir, en ciertas clases de empresas es esencial que el observador permanezca ocluido de aquello que observa. No hay nada maligno en esto, ningún siniestro engaño. Es simplemente necesario. Si en verdad estamos, colectivamente, siendo movidos a lo largo de los caminos deseados hacia un resultado deseado, la entidad que nos puso en movimiento a lo largo de esas líneas, esa entidad que no solamente desea el desenlace particular sino que le imprime su voluntad a tal resultado –él no debe entrar en ello palpablemente o el desenlace será abortado. A lo que, entonces, debemos dirigir nuestra atención es –no al Programador– sino a los eventos programados. Por oculto que esté lo primero, lo segundo nos confrontará; estamos involucrados en ello –de hecho, somos instrumentos mediante los cuales es consumado.
No hay duda en mi mente respecto al propósito histórico mayor de la reprogramación que rindió frutos tan espectacular y gloriosamente en 1974. Actualmente estoy escribiendo una novela acerca de ello; la novela se llama V.A.L.I.S, las letras son un acrónimo que significa “VAST ACTIVE INTELLIGENCE SYSTEM” (o: “Vasto Sistema Activo de Información Viviente”). En la novela un investigador gubernamental, que es muy dotado pero un poco loco, formula una hipótesis que declara que, ubicado en algún lugar de nuestro mundo, existe un organismo imitador de alta inteligencia; el organismo imita tan exitosamente los objetos y procesos naturales que los humanos, rutinariamente, lo pasan por desapercibido. Cuando, debido al azar o a circunstancias excepcionales, un humano sí lo percibe, él simplemente lo llama “Dios” y lo deja ser. En mi novela, no obstante, el investigador gubernamental está determinado a tratar a esta vasta e inteligente entidad imitadora de la manera en que un científico trataría cualquier cosa bajo escrutinio. El problema, sin embargo, es que, por su propia hipótesis, él no puede detectar la entidad –ciertamente una experiencia frustrante para él.
Pero también en mi novela escribo acerca de otra persona, desconocida para este investigador gubernamental; esa persona ha estado teniendo experiencias inusuales para las cuales no tiene ninguna teoría. Él ha estado, de hecho, encontrándose a Valis, que está en el proceso de reprogramarlo. Los dos personajes poseen entre ellos la verdad completa: la hipótesis correcta pero no constatable por uno, las experiencias inexplicables por el otro. Y este otro hombre, esta persona no científica, con quien me identifico, porque él, como yo –él está comenzando a recuperar recuerdos bloqueados de otro mundo, recuerdos de los que no puede dar cuenta. Pero el no tiene teoría. Ninguna en lo absoluto.
En la novela yo mismo aparezco como un personaje, bajo mi propio nombre. Soy un escritor de ciencia ficción quien ha aceptado un gran pago adelantado por una novela aún por ser escrita y quien debe inventarse esa novela antes de una fecha límite. Yo, en el libro –yo conozco a ambos de estos hombres, Houston Page, el investigador gubernamental con la teoría, y Nicholas Brady, quien está atravesando inconmensurables experiencias. Yo comienzo a utilizar el material de ambos. Mi propósito es, meramente, el cumplir con mi fecha límite contractual. Pero, a medida que continúo escribiendo acerca de la teoría de Houston Paige y las experiencias de Nicholas Brady, comienzo a ver que todo encaja. Yo, en la novela, tengo tanto la llave como la cerradura, y nadie más las tiene.
Pueden ver, estoy seguro, que es inevitable en mi novela Valis que eventualmente, Houston Paige y Nicholas Brady se conozcan. Pero este encuentro tiene un extraño efecto en Houston Paige, él con la teoría. Paige atraviesa un total colapso psicótico como resultado de obtener confirmación de su teoría. Él pudo imaginarlo pero no puede creerlo. En su cabeza su ingeniosa teoría está disociada de la realidad. Y esta es una intuición que yo siento: que muchos de nosotros creemos en Valis o Dios o Brahman o el Programador, pero si alguna vez realmente lo encontráramos simplemente no lo manejaríamos. Sería como un niño vuelto loco por Navidad. Él podría soportar la esperanza y la espera, él podría rezar, él podría desear, él podría suponer e imaginar e incluso creer; pero la manifestación real –eso es demasiado para nuestros pequeños circuitos. Y sin embargo el niño crece y luego hay un hombre. Y esos circuitos –ellos crecen, también. ¿Pero recordar un mundo diferente, descartado? ¿Y percibir la gran mente planeadora que consumó esa abolición, ese desenhebrar de la maldad?
Hay una cosa que realmente quiero que sepan: soy consciente de que las afirmaciones que estoy haciendo –las afirmaciones de haber recuperado recuerdos enterrados de un presente alternativo y el haber percibido la agencia responsable de organizar esa alteración– estas afirmaciones no pueden ser probadas ni se puede hacer siquiera que ellas suenen racionales en el sentido habitual de palabra. Me ha tomado más de tres años llegar al punto en el que estoy dispuesto a contarle a cualquiera, salvo a mis más cercanos amigos, acerca de mi experiencia que comenzó a partir del equinoccio vernal de 1974.
Una de las razones que me motivan a hablar acerca de esto en público, finalmente, el hacer abiertamente esta afirmación, es por un encuentro reciente que atravesé, el cual, por cierto, guarda una semejanza con la experiencia de Hawthorne Abendsen en The Man in the High Castle con la mujer Juliana Frink. Juliana lee el libro de Abendsen acerca del mundo en el cual Alemania, Japón e Italia perdieron la Segunda Guerra Mundial y ella siente que debe contarle lo que comprendió acerca del libro. Esta escena final en The Man in the High Castle ha sido, creo yo, la fuente para una escena similar en mi cuento posterior “Faith of Our Fathers”, en donde la chica Tanya Lee aparece y familiariza al protagonista con la verdadera situación de realidad –lo que es decir, con que mucho de su mundo es un engaño y que es deliberadamente así.
Durante varios años he tenido la sensación, una creciente sensación, de que un día una mujer, quien sería una completa desconocida para mí, se pondría en contacto conmigo, me diría que tenía alguna información que impartirme, luego aparecería en mi puerta, tal como Juliana apareció en la puerta de Abendsen, y de inmediato, de la manera más grave posible, me diría exactamente lo que Juliana le dijo a Abendsen: que mi libro era, como el suyo, en cierto sentido real, literal y físico, no ficción sino la verdad. Precisamente eso me ha sucedido recientemente. Estoy hablando de una mujer quien sistemáticamente leyó todas y cada una de mis novelas, más de treinta de ellas, al igual que muchos de mis cuentos. Y ella en efecto apareció; y ella era una desconocida total; y ella me informó de este hecho.
Al principio ella tenía curiosidad por averiguar si yo mismo lo sabía, o si eso no, si lo sospechaba. La interacción exploratoria, el cauteloso interrogatorio, duró tres semanas. Ella no me informó de repente o inmediatamente, sino en cambio gradualmente, observando cuidadosamente cada paso del camino, cada paso a lo largo del camino de comunicación y comprensión, para ver mi reacción. Fue un asunto solemne, realmente, el que ella manejara cuatrocientas millas para visitar a un autor cuyos muchos libros ella había leído, libros de ficción, de la imaginación del autor, para decirle que hay mundos superpuestos en los que vivimos, no solo un único mundo, y que ella había verificado que el autor de alguna manera estaba involucrado con al menos uno de estos mundos, uno cancelado en algún tiempo pasado, rearmado y reemplazado, y –sobre todo– ¿si acaso sabía el autor conscientemente esto? Fue un momento tenso pero jubiloso cuando ella alcanzó el punto donde ella podía hablar cándidamente; ese punto no llegó en nuestro encuentro hasta que ella estuvo segura de que yo podía manejarlo. Pero yo había, tres años antes, postulado teóricamente que si mis recuerdos recuperados eran auténticos, era solo cuestión de tiempo antes de que un contacto, un cauteloso y resguardado intercambio exploratorio, por alguien, ocurriera, iniciado por una persona que había leído mis libros y que, por una razón u otra, había deducido la situación real –quiero decir, que sabía cuál era la información significativa que los libros y los cuentos cargaban. Ella sabía, por mis novelas y cuentos, cuál mundo yo había experimentado, cuál de los muchos; lo que ella no pudo determinar hasta que le conté fue que, en febrero de 1975, yo había pasado a través hacia un tercer presente alternativo –Sendero C, le llamaremos– y este era un jardín o parque de paz y belleza, un mundo superior al nuestro, alzándose a la existencia. Pude entonces hablarle a ella acerca de tres mundos, en lugar de dos: la Prisión de Hierro Negro que había sido; nuestro mundo intermedio en el cual la opresión y la guerra existen pero que, en gran grado, han sido mitigadas; y luego un tercer mundo alternativo que algún día, cuando las variables correctas en nuestro pasado hayan sido reprogramadas, se materializará como una superposición sobre este mundo… y dentro del cual, a medida que despertamos en él, supondríamos que siempre habíamos vivido ahí, el recuerdo de este mundo intermedio, tal como el del mundo de la Prisión de Hierro Negro, misericordiosamente erradicado de nuestras memorias.
Puede haber otras personas, como esta mujer, quienes han deducido a partir de la evidencia interna de mi escritura, al igual que a partir de sus propios recuerdos vestigiales, que el paisaje que retrato como ficcional es o fue, de algún modo, literalmente real, y que si una más desalentadora realidad pudo haber una vez ocupado el espacio que nuestro mundo ocupa, es lógico que el proceso rearmado no tiene por qué terminar aquí; este no es el mejor de todos los mundos posibles, al igual que no es el peor.
Esta mujer no me dijo nada que yo ya no supiera, excepto que, al arribar independientemente a la misma conclusión, ella me dio el coraje para hablar en voz alta, para contar esto pero al mismo tiempo sabiendo, como lo sé, que de ninguna manera –ninguna que yo sepa, al menos– puede esta presentación ser verificada. Lo mejor que puedo hacer, en lugar de eso, es jugar al rol de profeta, de los antiguos profetas y tales oráculos como la sibila de Delphi, y hablar de un maravilloso mundo jardín, muy similar al que una vez nuestros ancestros se dice que habitaron –de hecho, a veces imagino que será exactamente ese mismo mundo restaurado, como si una falsa trayectoria de nuestro mundo eventualmente se corregirá por completo y una vez estaremos donde una vez, hace muchos miles de años, vivimos y fuimos felices. Durante el breve tiempo en que caminé por ahí dentro de él tuve la fuerte impresión de que era nuestro legítimo hogar que de alguna manera perdimos. El tiempo que pasé ahí fue corto –cerca de seis horas de tiempo real transcurrido. Pero lo recuerdo muy bien.
En la novela que escribí con Roger Zelazny, Deus Irae, lo describo hacia el final, en el punto donde la maldición es levantada del mundo por la muerte y transfiguración del Dios de la Ira. Lo que fue lo más sorprendente para mí acerca de este mundo que se asemeja a un parque, este Sendero C, fueron los elementos no cristianos formando su base; no fue para lo que mi entrenamiento cristiano me había preparado del todo. Incluso cuando empezó a desvanecerse aún vi cielo; vi tierra y suave agua azul oscura, y de pie junto al borde del agua una hermosa mujer desnuda a quien reconocí como Afrodita. Para ese punto este otro mundo mejor se había disminuido a un mero paisaje más allá de una puerta de Rectángulo Dorado; el contorno de la puerta pulsaba con luz que parecía láser y todo se fue reduciendo y finalmente desapareció de la vista, la puerta de 3:5 devorándose a sí misma en la nada, sellando lo que yacía más allá. No lo he visto desde entonces, pero tengo la firme impresión de que este era el mundo siguiente –no de los cristianos– sino la Arcadia del mundo pagano greco-romano, algo más antiguo y más hermoso que aquello que mi propia religión puede conjurar como para atraer y mantenernos en un estado de diligente moralidad y fe.
Lo que yo vi fue muy antiguo y muy encantador. Cielo, mar, tierra y la hermosa mujer, y luego nada, puesto que la puerta se había cerrado y yo quedé encerrado por fuera, aquí. Fue con una amarga sensación de pérdida que lo vi marcharse –que la vi marcharse, realmente, ya que todo constelaba alrededor de ella. Afrodita, descubrí cuando busqué en mi Britannica para ver que podía aprender acerca de ella, no era solo la diosa del amor erótico y la belleza estética sino también la corporeización de la fuerza generativa de la vida misma; tampoco era ella originalmente griega: En el principio ella había sido un deidad semítica, más tarde tomada por los griegos, quienes reconocían una cosa buena cuando la veían.
Durante esas atesoradas horas lo que vi en ella fue un encanto del que nuestra religión, el cristianismo, al menos por comparación, carece: una increíble simetría, la palintonos harmonie de la que Heráclito escribió: la perfecta tensión y balance de fuerzas dentro de la lira de cuerda punteada que se inclinaba por sus cuerdas estiradas pero que aparece perfectamente en reposo, perfectamente en paz. Sin embargo, la lira de cuerda punteada es un dinamismo balanceado, inmóvil solo porque las tensiones dentro suyo están en absoluta proporción. Esta es la cualidad de la formulación griega de belleza: perfección que es dinámica, por dentro, pero en aparente reposo, por fuera. Contra este palintonos harmonie el universo despliega el otro principio estético incorporado en la lira griega: el palintropos harmonie, que es la oscilación de ida y vuelta de las cuerdas a medida que son tocadas. Yo no la vi así, y quizás esto, la continua oscilación de un lado a otro, es el ritmo más profundo y mayor de las cosas del universo viniendo a la existencia y luego yéndose; cambio en lugar de durabilidad estática. Pero por un corto rato había visto la paz perfecta, el reposo perfecto, un pasado que hemos perdido pero un pasado que regresa a nosotros como por medio de una oscilación a largo plazo, para estar disponible como nuestro futuro, en el que todas las cosas serán restauradas. Hay un fascinante pasaje en el Antiguo Testamento en el cual Dios dice: “Porque he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva. No habrá más memoria de las cosas primeras, ni vendrán más al pensamiento”. Cuando leo esto pienso para mí mismo: creo que conozco un gran secreto. Cuando el trabajo de restauración se haya completado, ni siquiera recordaremos las tiranías, los crueles barbarismos de la Tierra que habitamos; “no vendrán más al pensamiento” significa que misericordiosamente olvidaremos, y “no habrá más memoria de las cosas primeras” significa que el vasto cuerpo de dolor y pena y pérdida y decepción dentro de nosotros será suprimido como si nunca hubiera sido. Creo que ese proceso está tomando lugar ahora, siempre ha estado tomando lugar ahora. Y, misericordiosamente, ya se nos está permitiendo olvidar lo que anteriormente fue. Y quizás en mis novelas y mis historias os he hecho mal al instaros a recordar.
SANTA ANA, 1977.
California, EE.UU.
Obras de Philp K Dick citadas durante la conferencia de Metz:
- The Man in the High Castle (El hombre en el castillo): Una novela ucrónica donde las Potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial.
- Flow My Tears, the Policeman Said (Fluyan mis lágrimas, dijo el policía): Sobre una estrella de televisión cuya identidad es borrada de repente.
- Ubik(Ubik): Aborda temas de realidad e irrealidad y la vida después de la muerte.
- Radio Free Albemuth (Radio Libre Albemuth): Una versión temprana de VALIS, sobre una inteligencia extraterrestre.
- VALIS (SIVAINVI): Explora temas místicos y cuestiona la realidad.
- A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad): Un policía antidrogas que pierde contacto con la realidad debido a una droga.
- Deus Irae: Escrita junto con Roger Zelazny, trata sobre la redención del mundo tras una catástrofe.
Video de la conferencia de Philip K. Dick en Metz

