¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? nos presenta una compleja paradoja sobre la empatía, la religión y la naturaleza humana a través de un extraño culto que Philip K. Dick había creado para un cuento llamado en español La cajita negra, pero que, si se tradujese literalmente del inglés, debería haberse titulado Con objetos caseros comunes.
En la primera aparición de Wilbur Mercer, Dick no entra plenamente en la paradoja; nos muestra cómo nace una religión, aparentemente de origen extraterrestre, y cómo ese culto amenaza el control político e ideológico de todos los gobiernos del mundo. Es una propuesta impresionante cuando la analizas y complementa muy bien lo que encontramos en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?.
En su primera aparición (en La cajita negra) Wilbur Mercer es, ante todo, un misterio, pero en esta segunda aparición (Sueñan los androides..) se convierte en una paradoja viviente. La entidad, antes supuestamente extraterrestre, descubrimos ahora que es una ficción, Una ficción creada en un estudio, no se sabe por quién, usando unas pocas filmaciones tomadas de un actor de poca monta, desconocido y además alcohólico: Al Jarry.
Una exclusiva televisiva revela esa verdad y lo hace de forma concluyente: la existencia misma de la entidad llamada Wilbur Mercer ha sido desmentida. Sin embargo, el mito no solo sobrevive, sino que se manifiesta y actúa activamente en la novela después de haber sido negado. Se revela como real a pesar de que su falsedad ha sido evidenciada. No solo eso, él mismo, Mercer, reconoce ser un engaño, y sin embargo este reconocimiento no puede ser más paradójico, puesto que ahí está, negando su propia existencia con las palabras y, a la vez, negando la negación al estar manifiesto en el acto de reconocer el engaño.
Veamos eso en una cita:
—¿El cielo está pintado? —preguntó Isidore—. ¿De verdad se aprecian los brochazos si amplías la imagen?
—Sí —respondió Mercer.
—No puedo verlos.
—Estás demasiado cerca —explicó Mercer—. Tienes que estar muy alejado, como lo están los androides. Ellos tienen una perspectiva mejor.
—¿A eso se debe que te acusen de ser un fraude?
—Soy un fraude —dijo Mercer—. Son sinceros. El resultado de su investigación es legítimo. Desde su punto de vista, soy un anciano actor de segunda llamado Al Jarry. Todo, su revelación, es verdad. Me entrevistaron en casa, tal como aseguran. Yo les conté lo que querían saber, es decir, todo.
—¿Incluido lo del whisky?
—Es cierto —dijo Mercer con una sonrisa—. Hicieron un buen trabajo y, desde su perspectiva, la revelación del Amigable Buster era convincente. Les costará comprender por qué no ha cambiado nada. Por qué sigues aquí y yo sigo aquí.
¿Sueñan los androides…nos ofrece un relato tan complejo que no es justo decir que hable solo de esta paradoja. Pero creo que la paradoja de la persistencia de Mercer tras la irrefutable demostración de su condición de engaño o mentira es un eje que nos va a permitir profundizar en la complejidad de capas que DADOES nos ofrece.
¿Qué sabemos de Wilbur Mercer?
En el primer relato La cajita negra, Mercer es básicamente un misterio.
Las cajitas negras y las teleproyecciones que inician el culto son de origen desconocido. Un análisis de esas teleproyecciones nos sitúa ante una realidad muy diferente a la que se deduce de otro análisis de esas mismas imágenes.
Lo que en principio parece la continuación de un mismo relato en dos tiempos diferentes, al enfrentarnos a los resultados de esos dos análisis, nos lleva a la sospecha de que Philip K. Dick ha creado un solo relato que transcurre en dos universos o espacios diferentes. Un mismo mito y dos universos paralelos.
En el primer relato el analisis de la CIA observo que se trataba de un satélite extraterrestre. Un satélite real. De tratarse de la misma filmación la CIA debería haber visto ese cielo mal pintado y debería haber visto que la luna era una bola también mal pintada:
—La supuesta luna está pintada. En las imágenes ampliadas, una de las cuales mostramos en este momento en pantalla, se aprecian los brochazos.
La luna de otro mundo del primer relato, es de pronto la esfera de un decorado en el segundo. Y, sin embargo, Mercer es el mismo. En un mundo es un extraterrestre y, en el otro, un engaño absoluto. No hay ningún Mercer en el segundo relato: solo un personaje actuado por Al Jarry e inventado por no se sabe quién.
Pero es que, si observamos bien, en el primer relato, Mercer, tampoco es nadie.
Cuando los dos protagonistas huyen del agente del FBI que se dispone a detenerlos, encuentran a un hombre que les da unas cajas de cereales de muestra. En ellas encuentran cómo enfrentarse a la destrucción de las cajas empáticas por parte del gobierno: Pueden fabricarlas con objetos domésticos comunes tal como dice el título original: From Ordinary Household Objects.
Pero lo importante es lo que Ray Meritan, que es telépata, capta de ese vendedor y lo que percibe Joan.
«Es raro —pensó éste—. No capto nada procedente de la mente de este hombre.»
Se lo quedó mirando y entonces percibió, o le pareció percibir, una peculiar insustancialidad en él. Como si su cuerpo no fuera del todo material.
(…)
—Yo también he cogido una muestra de Almuerzo Alegre —dijo ella con una leve sonrisa mientras él se sentaba a su lado. El taxi arrancó, salió de la fila y se dirigió a la salida de la terminal—. Ray, había algo raro en ese vendedor. Como si en realidad no estuviera allí. Como si no fuera más que una… imagen.
(…)
—¿No te recordaba a nadie ese vendedor de cereales? —preguntó Joan.
—¿A quién?
—A Wilbur Mercer, un poco. Pero no lo he visto lo suficiente como para…
Justo antes de acabar el relato se nos dice que Mercer tiene una cualidad insustancial, de hecho incluso cierta ubicuidad, puesto que si ese vendedor es Mercer de alguna manera, está malherido en su planeta y, a la vez, ahí en el aeropuerto.
Un poco de metafísica
Aunque quizás más adelante explique un poco como llego a esta conclusión, quisiera aquí plantear una explicación filosófica que nos sirva de base. Un marco de referencia que fundamente algún tipo de entendimiento.
Wilbur Mercer es la experiencia misma de empatía. No es que simbolice esa experiencia, él es la experiencia y esa experiencia es nada. Es nada o mejor dicho es no res nata (no cosa nacida).
La empatia puede definirse como la percepción en uno mismo de las emociones ajenas, pero en el caso del mercerismo no es una emoción lo que costituye el nexo entre los seguidores, es la sensación real de dolor.
El dolor es la cosa más rechazada por el ego y por la sociedad. Toda la experiencia humana nace en cierto modo de la busqueda de estrategias para escapar del dolor.
Esas estrategias construyen nuestra personalidad, las ideologias, y los sistemas políticos. Nos individualizamos y nos unimos en entramados sociales sectarios gracias a esas estrategias de rechazo de la sensación de dolor.
Por eso la empatía mercerista tiene el poder de amenazar a los gobiernos en ese primer relato, por eso la comunión con el dolor de Wilbur Mercer es una pérdida de la individualidad.
Esa experiencia de no individualidad no es producto de ningún truco o construcción humana, es algo rechazado de origen. Lo llamaremos una experiencia vacía, en el sentido de que carece de una forma o estructura que la sostenga.
Nadie experimenta la plenitud de la no individualidad, pero ese nadie, no se sabe como toma la forma de un anciano llamado Wilbur Mercer, una forma que permite acceder a eso y que al ser autentificado por la experiencia de quienes se funden en la comunión empática pasa a ser una forma indestructible. Se convierte en algo que no se sostiene por los conceptos sino por esa presencia no temporal.
Los androides incapaces de dicha experiencia no pueden entender como eso puede suceder en la experiencia humana,
—Es cierto —dijo Mercer con una sonrisa—. Hicieron un buen trabajo y, desde su perspectiva, la revelación del Amigable Buster era convincente. Les costará comprender por qué no ha cambiado nada. Por qué sigues aquí y yo sigo aquí.
Existe una realidad que persiste más allá del pensamiento. Philip K. Dick lo expresó así:
‘La realidad es aquello que, incluso cuando dejas de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece.’
Esta frase proviene de un ensayo titulado «How to Build a Universe That Doesn’t Fall Apart Two Days Later», que escribió en 1978.
«Solo matarás a los asesinos»
Si nos situamos más en la acción, o sea, en el karma, tenemos la dimensión donde se mueve Rick Deckard, el cazarrecompensas, y donde entramos en la trama de la cacería de androides. No es una aventura con buenos y malos; es un drama ético.
Ya vimos en el post anterior que las ovejas eléctricas del título hacen referencia a una norma ética del mercerismo: cuidar de al menos un animal. Pero la ironía que hay detrás del título viene porque muchos de los animales cuidados por los merceritas son falsos; son copias eléctricas del animal que una vez poseyeron.
Rick, el cazador de androides, es un hombre casado, un funcionario con un sueldo básico mediocre. Pero su labor policial tiene el incentivo de los bonos que gana como asesino de androides.
Como mercerita, Rick debe proteger la vida, y cuidar de un animal es parte de ese compromiso. Rick tenía una oveja real, pero ahora tiene una oveja eléctrica y espera poder comprar un animal real matando androides: humanos artificiales indistinguibles de uno auténtico salvo por carecer de empatía.
El problema ético de Rick permea la novela desde el inicio, cuando discute con su esposa:
—Quita de ahí tu áspera mano de poli —le advirtió Iran.
—No soy poli. —Aunque no había ajustado el mando, se sintió irritado.
—Aún peor —dijo su mujer sin abrir los ojos—. Eres un asesino que trabaja a sueldo para los polis.
—Nunca he matado a un ser humano. —Su irritabilidad había aumentado hasta convertirse en hostilidad.
—Solo a esos pobres andys —dijo Iran.
La idea de si matar androides es o no contrario a la ética propuesta por Mercer se resuelve, al menos intelectualmente, para Rick por la manera como esa norma está establecida. No dice “no matarás” dice «solo matarás a los asesinos».
A Rick le gustaba considerarlos de ese modo; hacía que su trabajo fuese soportable. Retirando, es decir, asesinando, a un andy no violaba la ley de la vida establecida por Mercer.
«Solo matarás a los asesinos», les ordenó Mercer el año en que aparecieron por primera vez en la Tierra las cajas empáticas. Y en el mercerismo, a medida que este evolucionaba camino de convertirse en una disciplina teológica en toda regla, el concepto de Los Asesinos se había vuelto capcioso. En el mercerismo, el mal puro pisaba el borde raído de la capa que cubría al anciano en su ascenso por la pendiente. Pero nunca quedaba claro quién o qué era esa presencia maligna. El mercerita percibía el mal sin comprenderlo. Explicado de otro modo, un mercerita tenía libertad para localizar la presencia nebulosa de Los Asesinos siempre que lo considerase necesario. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugado, responsable del asesinato de su amo, equipado con una inteligencia mayor que la de muchos seres humanos, que no sentía consideración alguna para con los animales, que no poseía la menor capacidad de empatizar con otra forma de vida, con las alegrías o las penas del prójimo, eso, a su juicio, era el epítome de Los Asesinos.
Veremos que este conflicto es cada vez mayor, pues, a medida que avanza la acción, Rick va generando empatía por sus víctimas. Será con el propio Wilbur Mercer que Rick acabará tratando la cuestión.
Hay un primer encuentro entre Rick Deckard y Wilbur Mercer. Este primer encuentro se produce a través de la caja de empatía y tiene una estructura idéntica a la del encuentro entre Mercer y Joan Hiashi que se da en el primer relato.
Aunque ya se vio en el post anterior, voy a repetir esa cita:
Había un hombre ante él. En sus ojos cansados, en la expresión dolorida, vio la luz de la aflicción.
—Mercer —dijo Rick.
—Soy tu amigo —dijo el anciano—. Pero tienes que seguir adelante como si yo no existiera. ¿Lo entiendes? —Extendió hacia él las palmas de las manos.
—No —respondió Rick—. No lo entiendo. Necesito ayuda.
—¿Cómo voy a poder salvarte, si no puedo salvarme a mí mismo? —preguntó el anciano, que sonrió—: ¿No lo ves? Es que no hay salvación.
—Entonces, ¿qué objeto tiene todo esto? —exigió saber Rick—. ¿Para qué sirves?
—Para demostrarte que no estás solo —respondió Wilbur Mercer—. Estoy aquí contigo y siempre lo estaré. Ve a cumplir con tu deber, a pesar de que sabes que es un error.
Ese “ve a cumplir tu deber” es una clara alusión a una situación semejante que se produce en el Bhagavad Gita, cuando Arjuna pretende abandonar la batalla por cuestiones éticas y Krishna le disuade de ello.
Digo que la alusión es clara no solo porque la situación propuesta tenga el mismo dilema entre ética y deber, y la misma resolución en favor del deber. Es que en La cajita negra Philip K. Dick cita esa situación:
—Eso me trae a la mente el comienzo del Bhagavad-Gita —respondió el señor Lee con un rápido asentimiento—. Cuando Arjuna dice:
“El arco que Gandiva me arrebata
de la mano…
¡Mal presagio!
¿Qué podemos esperar de esta matanza entre parientes?”
—Exacto —dijo Joan—. Y, por descontado, recordará usted la respuesta de Krishna. Es la afirmación más profunda de todas las religiones prebudistas sobre el tema de la muerte y la acción.
Aunque el diálogo parece diferente bajo una mirada superficial, la situación es, a mi juicio, idéntica.
En el Bhagavad Gita, el Señor Krishna instruye a Arjuna a actuar desde la conciencia del Ser, del Purusha, el observador del campo. Y actuar en la acción (karma), desapegado del resultado. Cumplir el propio deber consciente de que la entidad trascendente es quien conduce realmente el carro.
Arjuna no puede retirarse de la acción, pero, consciente de Krishna, podríamos decir que, al igual que Rick, sabe que no está solo.
—Entonces, ¿qué objeto tiene todo esto? —exigió saber Rick—. ¿Para qué sirves?
—Para demostrarte que no estás solo —respondió Wilbur Mercer—. Estoy aquí contigo y siempre lo estaré. Ve a cumplir con tu deber, a pesar de que sabes que es un error.
—¿Por qué? ¿Por qué tendría que hacerlo? Dejaré el trabajo y emigraré.
—Te verás forzado a hacer el mal allá donde vayas —dijo el anciano—. Es la condición esencial de la vida, verse requerido a traicionar la propia identidad. Siempre llega el momento en que todo ser vivo debe hacerlo. Es la sombra última, la derrota de la creación: es la maldición de la obra, la maldición que se alimenta de toda vida. Hasta en el último rincón del universo.
—¿Eso es todo cuanto puedes decirme? —preguntó Rick.Una piedra pasó silbando, pero se agachó y le alcanzó en la oreja. Soltó de inmediato los mangos y se vio de pie en el salón de su apartamento, junto a su mujer y la caja empática. Tenía un fuerte dolor de cabeza de resultas de la pedrada. Se palpó la zona dolorida y comprobó que tenía una herida. La sangre le resbalaba por la mejilla.
Ya mencioné a John Isidore, uno de los personajes más interesantes de la historia, en el artículo anterior, y volveré a referirme a él más adelante en este mismo texto. Pero ahora quiero introducir un poco la cuestión de su actitud moral o ética como devoto mercerita, en contraste con la del propio Wilbur Mercer. Esto es relevante porque, en el siguiente encuentro entre Rick Deckard y Mercer, se hace alusión a ello.
Isidore, que sufre un ligero retraso mental, es un fiel seguidor de las normas éticas que se supone impuso Mercer. Su visión del mundo es básicamente moralista, pero Mercer parece estar en una dimensión diferente. Mercer no es ajeno al mal. Es una paradoja que, siendo la fuente de las normas éticas, él mismo no adopte una preferencia por el bien ni un rechazo del mal.
Se podría decir que las dos paradojas principales en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se dan entre el concepto de verdad y mentira, y entre el concepto de bien y mal. Y, como estamos viendo, Wilbur Mercer parece existir en un plano que trasciende ambos. Existir, claro, de una manera tal que no contradice el hecho de que Mercer no existe.
Ya vimos que Rick conectó con Mercer a través de la caja de empatía, y que en la televisión el alegre Buster —que después se sabe es un androide— ha demostrado que Mercer es una ficción, un holograma grabado hace años. Ahora nos vamos a encontrar con la refutación total de esa verdad: Rick encuentra a Wilbur Mercer en su entorno, no mediante la conexión con el holograma:
Alguien aguardaba apostado en las sombras.
—No se mueva o le retiraré —amenazó Rick. Era el macho, esperándole. Entre los dedos crispados, el láser era un seguro tangible, pero no podría levantar el cañón para disparar. Le habían sorprendido con la guardia baja.
—No soy un androide —dijo el hombre—. Me llamo Mercer. —Salió a la luz—. Habito este edificio por el señor Isidore. El especial que tenía la araña. Usted acaba de hablar con él fuera.
—¿Estoy al margen del mercerismo, como ha insinuado el especial? —preguntó Rick—. ¿Por lo que me dispongo a hacer dentro de unos minutos?
—El señor Isidore no hablaba en mi nombre —dijo Mercer—. Lo que hace usted es algo que debe hacerse. Eso ya lo he dicho. —Levantó el brazo para señalar la escalera que había tras Rick—. He venido a decirle que uno de ellos está detrás de usted, abajo, no en el apartamento. Será el más duro de los tres y debe retirarlo primero. —La voz antigua, susurrante, se enardeció de pronto—. Aprisa, señor Deckard. En la escalera.
Como argumenté anteriormente, aquello que tomó forma como Wilbur Mercer, esa realidad vacía ignorada que forma el corazón de la experiencia empática, ahora es y ha sido siempre real. Wilbur Mercer está ahí porque John Isidore le da vida, pero no es un invento de John Isidore. Mercer tiene su propia visión del mundo, su propia actividad y su propia existencia.
Si John Isidore, un retrasado mental, tuviese que proyectar a Wilbur Mercer, este tendría limitaciones que de ningún modo tiene. Es más, mientras que Isidore condena lo que Rick Deckard hace como cazarrecompensas, Mercer no solo lo aprueba, lo considera necesario.
Y de hecho, ayuda a Rick advirtiéndole cuando este está a punto de enfrentarse al androide más duro de retirar.
La visión de John Isidore y la de Mercer son diferentes. La idea de bondad de Isidore no puede integrar el mal, mientras que para Wilbur Mercer, la bondad es más bien una aceptación plena de los opuestos.
En la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la acción gira en torno a la caza de un grupo de androides que huyen de su situación de esclavos en las colonias. La empatía humana no solo es una experiencia ajena a ellos, sino que, de alguna manera, no los incluye.
Iran, la esposa de Rick, y John Isidore muestran empatía por esos humanos artificiales, pero el sistema no. Ya hemos visto que el propio Rick desarrolla empatía por ellos, lo que lo lleva a un conflicto ético debido a su función como asesino a sueldo o cazarrecompensas.
La relación de John Isidore con los androides es la más estrecha, ya que les da cobijo y se relaciona con ellos. Esa relación comunica al devoto una realidad que contradice la visión que las creencias merceritas habían creado. Vemos cómo los androides minan poco a poco la visión del mundo de Isidore, como si su presencia tuviera la misma misión que la retransmisión en la que el alegre Buster demuestra la inexistencia de Wilbur Mercer.
John Isidore tiene dos ídolos: Wilbur Mercer y el alegre Buster. A pesar de su retraso mental, comprende que ambos compiten por lo que él llama “alma psíquica”:
—Creo que el Amigable Buster y el mercerismo pugnan por el control de nuestras almas psíquicas —dijo Isidore.
Junto a los androides, el alegre Buster intenta destruir a Mercer:
—No creo que esto acabe con el culto a Mercer —opinó Pris—. Pero ahora mismo hay un montón de seres humanos que se sienten desdichados. —Se volvió hacia Isidore—. Llevamos meses esperando. Todos sabíamos que este anuncio de Buster tendría lugar. —Titubeó y añadió—: Bueno, ¿por qué iba a sorprendernos? Buster es uno de los nuestros.
—Un androide —explicó Irmgard—. Nadie lo sabe. Ningún humano, quiero decir.
Además, los androides muestran otro aspecto de la realidad que Isidore no podía concebir: la crueldad de la mente psicopática. Por pura diversión, mutilan las patas de una araña mientras ven la televisión en su casa.
La presencia de los androides primero informa a Isidore de que existen humanos como Rick que se dedican a perseguirlos para matarlos:
—¿Qué es un cazarrecompensas?
—Es cierto. Se supone que no sabéis nada. Un cazarrecompensas es un asesino profesional que recibe una lista de sujetos a quienes debe matar. Obtiene una suma, tengo entendido que son mil dólares si es un profesional con oficio, por cada uno de los sujetos a quienes dé caza. Por lo general está contratado por la ciudad donde trabaja, así que recibe un salario aparte, un salario que mantienen bajo para que le sirva de incentivo.
—¿Está segura? —preguntó Isidore.
—Sí. —Cabeceó—. ¿Te refieres a si estoy segura de si eso le sirve de incentivo? Sí, es un incentivo. Además, disfrutan haciendo lo que hacen.
—Creo que se equivoca —dijo Isidore, que en la vida había oído hablar de tal cosa. Sin ir más lejos, el Amigable Buster jamás la había mencionado—. No encaja con la actual ética mercerita —señaló—. Todas las vidas son una. «Ningún hombre es una isla», como dijo Shakespeare en la antigüedad.
John cree que la ética mercerita y las leyes de la sociedad son la aplicación estricta de esa ética. No puede concebir que lo que le están diciendo sea posible:
Pensó que era increíble que la policía no pudiese hacer nada. No puedo creerlo, se decía. Algo habrán hecho estas personas. Quizá emigraron ilegalmente de vuelta a la Tierra. Nos dicen, la televisión nos dice, que debemos informar de cualquier nave que aterrice fuera de las pistas autorizadas. La policía debe vigilar esa clase de cosas.
A pesar de todo, ya nadie moría asesinado deliberadamente. Era contrario al mercerismo.
La relación entre los androides e Isidore es desigual: ellos lo manipulan para obtener protección, mientras que él los ayuda por pura empatía. La mentalidad psicopática de los androides se evidencia no solo en cómo torturan a la araña por diversión, sino también en cómo enfrentan a Isidore con una realidad que desconocía y que pone en entredicho su sistema de creencias.
Le observaba con tal fijeza que sintió que se sonrojaba.
—Por… porque no suceden cosas así. El go… el gobierno nunca mata a nadie, por grave que sea el crimen que haya cometido. Y el mercerismo…
—Verás, es que todo cambia si no eres humano —dijo Pris.
La empatía, para la mentalidad de los androides, no solo es algo cuya realidad no pueden concebir porque no la experimenten, sino que tampoco ven que los humanos los incluyan en ella. La mentalidad psicopática concibe a los demás como objetos o instrumentos, pero, para los humanos, eso es exactamente lo que ellos, los androides, son.
No descarto seguir analizando ¿Sueñan los androides con ovejas electricas? por que tiene tantos matices que no creo haberlos presentado todos en estos dos articulos.
Por cierto el actor Al Jarry me sirvió de inspirador para mi propia novela ¿Sueña Kalki con vacas virtuales?
No es solo por ser su autor que les recomiendo leerla.

