LIBRO DAE LITERATURA EXPERIMENTAL

Capítulo 22 dela primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

UN AIRE DE IRREALIDAD
[LA MOCHILA]

22 – UN AIRE DE IRREALIDAD

[LA MOCHILA]

Cuando sonó el timbre, Adán pensó que las chicas habían llegado. Incluso cuando estaba abriendo la puerta esperaba encontrar a Sofía y Adriana al otro lado.

Pero cuando abrió la puerta se sorprendió de que solo Adriana estuviese ahí.

Cargaba su mochila y dos bolsas de plástico, una con cervezas y otra con unos Tupperwares.

Por unos segundos nadie dijo nada.

Adriana no dijo “hola” y Adán tampoco.

– ¿Dónde está Sofía? – preguntó.

– En casa. Viendo la tele. – Contestó la chica.

– ¿Cómo es que no vino? – preguntó él.

– Preguntas demasiado. – Respondió Adriana. Y levantando las bolsas para que Adán entendiera el motivo de su pregunta, añadió: —¿Dónde queda la cocina?

Adán le acompañó a la cocina y colocaron la comida y la cerveza en la nevera.

-La cerveza la compró Sofía y la comida la preparó ella misma. – dijo Adriana – Pero se sintió indispuesta.

– ¿Le dio bajón la pastilla? Preguntó Adán.

– Más bien le bajó la regla. – dijo Adriana mientras recogía su mochila.

“¿Llevaba la mochila cuando estuvimos en la discoteca? – se preguntó Adán.

Sentía una atmósfera de irrealidad esa mañana.

Aparte de no haber dormido. Había fumado unos cuantos porros y aunque la cocaína había atenuado los efectos del THC, si a eso sumamos la anfetamina y el éxtasis de la noche, podríamos tener la explicación perfecta para esa sensación de irrealidad. La sensación de que algo no encajaba.

Adán no recordaba que ella hubiese cargado ayer la mochila ni de camino a la discoteca ni en la playa.

“Deben haber pasado por la pensión a recogerla. Pero es raro que hicieran eso. Y también es extraño que no haya abierto ya una cerveza.”

Adriana parecía otra persona. Tenía una actitud distinta.

– ¿Estás bien? – Preguntó.

– No lo sé. – respondió ella.

– O sea, no estás bien.

– No he dicho eso. ¿Dónde está el dueño de la casa?

– Creo que Pedro está en su cama.

-¿Duerme?

– No lo sé. Yo le he avisado de que llegabais… bueno pensaba que llagabais las dos.

– Nunca se sabe lo que va a pasar.

– Nunca se sabe.

“Pero creemos saber” pensó Adán

– Hola, buenos días. ¿Dónde está Sofía? – dijo Pedro, que les estaba mirando desde el pasillo, apoyado en la pared.

– No vino – dijo Adán – ¿Pudiste dormir?

– Algo, creo. Descansé. – dijo Pedro.

En realidad, tenía más cara de sueño que de descanso.

– ¿Quieren una rayita para animar el día? – Mientras regresaba a su cuarto, se supone que a buscar lo que ofrecía.

Adriana permanecía callada.

Adán dijo que no. y se giró hacia ella para preguntarla si quería. Se dio cuenta de que ella no estaba a su lado. Estaba saliendo a la terraza.

“Bueno, ya me dirá qué le pasa” – pensó.

Pedro llegó con un espejo y dos líneas de polvo blanco, que Adán supuso que era cocaína, pero que podían ser de speed.

– ¿Y Adri? – dijo pedro con cara de extrañeza – ¿No va a querer?

– Creo que no. Está en la terraza. – Respondió Adán.

– Bueno, ya vendrá, si quiere. – dijo Pedro. Esnifó una de las líneas y añadió:

– ¿Le pasa algo?

– Creo que sí. Trajo comida y cervezas de parte de Sofía.

– ¿Y esa por qué no ha venido?

– Dice Adriana que tiene la regla. Y supongo que debe estar cansada.

– Igual eso es lo que le pasa a Adri.

– Puede ser.

– Así que comida y cerveza. Que detalle por parte Sofía.

Se bebieron una cerveza cada uno y Adán le llevó una a Adriana. Mientras tanto, Pedro preparaba la mesa.

– Te traigo una cerveza. – dijo Adán mientras acercaba la botella a Adriana.

– No gracias. – Dijo ella. Y añadió – ¿sabes eso que te dije? Eso de que no te tomaras muy en serio lo tuyo con Sofía.

– Si

– Pues es más fácil dar consejos que seguirlos.

– ¿Te has enamorado?

– Sí.

– ¿Seguro que no quieres una cerveza?

– A ella no le gusta que beba tanto.

– ¡Ostras, sí que te has enamorado!

– Vaya mierda, ¿no?

Adán no respondió.

Cuando Pedro les llamó, hacía rato que estaban callados, apoyados en la barandilla, mirando el horizonte.

Adriana se mostró más relajada durante la comida. Bebió un refresco que había en la nevera.

– Oye Adri. ¿Estás bien? – Le preguntó Pedro a la chica.

– En realidad sí. Pero asustada.

– Qué te asusta.

– Que estoy demasiado bien.

Pedro asintió con la cabeza como si entendiese la respuesta. Pero su expresión facial era de extrañeza. Adán sabía a qué se refería, Adriana.

Adán pidió a Pedro un lugar para dormir un poco y este le acompañó a una habitación.

Durmió por unas tres horas y cuando se despertó recordó haber soñado que caminaba vestido de bufón por un largo camino, mientas una fiera le perseguía.

“¿Quién era yo durante en ese sueño? – pensó – ¿El bufón que caminaba o la mente que soñaba?

¿La mente que soñaba era yo? ¿O era yo un bufón? ¿Puede que yo fuera toda la escena? ¿Qué estarán haciendo mis amigos?”

Buscó por toda la casa, pero no había nadie.

La casa estaba vacía.

¿Quién está escribiendo esto? ¿Soy yo o es la mente, de la que este yo surge, la que escribe?

Es cierto que yo puedo escoger las palabras que escribo. Pero lo que expreso está de alguna manera ahí. Los sentimientos, ideas, los recuerdos y vivencias, los personajes está de alguna manera moviéndose en mi mente antes de mi elección. El lenguaje que manejo, las asociaciones mentales, los símbolos, todo está de alguna manera trabajando desde un lugar desconocido.

Pero puedo escoger que contar y como hacerlo.

Por ejemplo, podría contar la historia de Nataraja el paria, y de cómo entró en el palacio de Siddhartha, a quien se conocería un día como Buddha.

La historia se titularía: Incursión en el palacio del Buddha.

Y sería así:

“Los guardias se habían retirado un día sin aviso. Ya no estaban obligados a trabajar, pero tampoco recibirían comida. La torre de Brahma estaba terminada.

Eran libres.

Muchos se fueron a la selva, otros se instalaron cerca de la ciudad aria creando un nuevo poblado. Vivían de pedir limosna, de hacer trabajos rechazados por los obreros arios por ser oficios impuros, o de la prostitución.

Nataraja optó por la selva. No hizo como otros que encontraron comunidades donde integrarse. Se unió por un tiempo a un grupo de bandoleros que asaltaban caravanas de comerciantes, pero no llegó a participar activamente en los asaltos. Siendo uno de los más jóvenes, su papel era el de vigía u observador.

Observaba los movimientos de los caminos y silbando según un código que le enseñaron, avisaba al grupo de los movimientos de los transeúntes y de las patrullas de guerreros que recorrían las vías de comunicación.

Un día su grupo fue masacrado por uno de esos grupos. Todos estaban durmiendo en el campamento ese día. Pero Nataraja que no estaba de guardia, había ido a una loma cercana a observar la ciudad aria, desde una loma, como venía haciendo desde hace años

Quería entrar en esa ciudad un día y entrar en el palacio del rey, el rajá Suddhodana. Y ver a ese que decían era la encarnación del Dios de todo, Vishnu.

Sabía como entrar, unos monos le habían enseñado. Entrenando con sus compañeros había aprendido a manejarse en el combate cuerpo a cuerpo, con armas o sin ellas, sabía como ocultarse y era rápido corriendo. Y su cuerpo fortalecido por años de trabajos forzados seguía fuerte gracias a que había seguido entrenándose.

También pasaba horas en el cementerio donde habitaban los yoguis. Y aunque ninguno había llegado a ser su Maestro directo, había escuchado las enseñanzas públicas que algunos de ellos daban a los aldeanos.

Su nombre, Nataraja, era uno de los nombres de Shiva, el Dios que los arios despreciaban. Ese Dios que los arios despreciaba era su divinidad personal.

Sus padres le habían enseñado algunas cosas sobre Shiva y los dioses del culto ancestral, pero no había Gurus en el campamento de esclavos.

Ahora que era libre, sentía curiosidad por el sentido oculto de las enseñanzas.

Aún recordaba ese día en que estuvo haciendo reír a sus compañeros de trabajo diciendo:

– Es un lingam con caras. Es el falo de Shiva lo que están construyendo los arios.”

Cierto que podría contarte esta historia, este cuento. Pero no voy a hacerlo.

Tampoco te contaré que Nataraja no era dravida completamente, su padre había sido un ario, cliente exclusivo de su madre, prostituta.

Lo que te relataré en el siguiente capítulo está basado en una experiencia personal que viví hace poco más de un año, en agosto, el día 23.

Aunque la historia está basada en hechos reales, en realidad solo voy a contar un cuento, una relato, una mentira.

Yo siempre miento. Pero intento cumplir lo que prometo y te prometí contar 23 cuentos.

Te contaré ahora el cuento 23.