COSAS DE MUJERES
[PRAYAPATI Y SARASWATI]
21 – COSAS DE MUJERES
[PRAYAPATI Y SARASWATI]
Sofía miraba a la chica que dormía a su lado. Y no se podía creer que hubieran estado jugando el juego del amor hasta hace una hora.
“Debe ser culpa de la pastilla” —pensó.
Le costaba creer que ella estuviese durmiendo como un tronco si ambas habían tomado la misma cantidad de anfetamina.
“Igual es por los whiskys” —pensó.
La miró de nuevo y la sintió como una hija. Lo cual, aunque enternecía su corazón, hacía que se sintiera rara con lo que recordaba que habían estado haciendo en la cama y en la discoteca.
“Bebe mucho. Toma drogas y anda sola por el mundo” —se dijo—. “Si yo fuese su madre, estaría preocupada. Le tendré que reñir un poco, para que deje de beber.”
En realidad estaba preocupada y no era su madre. De hecho, esa mañana habían sido amantes.
“Es culpa de esa pastilla. Yo no soy así. No puedo empezar a drogarme y andar con mujeres. No creo que sea bueno si eso lo sabe mi ex y quiere quitarme la custodia de mis hijos.”
Se dirigió al baño y al limpiarse descubrió que estaba sangrando.
“Se me adelantó la regla y no traje compresas, ni tampones.”
Tomó papel de váter para improvisar una barrera entre sus bragas y la fuente. Y se dirigió a la mochila de Adriana.
“Mejor no la despierto —se dijo—. Ya me disculparé después. Ojalá tenga compresas.”
Las encontró en un bolsillo exterior de la mochila.
“Mira por donde. Si me hubiese acostado con uno de los chicos, ahora lo tendría que mandar a comprar al súper.”
Adriana dormía tranquila en la cama. Dormía como un lirón, mientras Sofía retiraba la sábana, para ver si había manchado el colchón.
“Menos mal que me bajó después de haber estado haciendo el amor” —pensó.
Luego se preparó un café y se puso a mirar qué tenía para limpiar u ordenar mientras Adriana dormía.
“Luego prepararé algo que comer para cuando vayamos a ver a los chicos. No tengo ganas de comer en un restaurante hoy.”
Adán le preguntó a Pedro:
—¿Qué estarán haciendo las chicas?
—Estarán durmiendo —dijo Pedro, ya era la una de la tarde y las chicas no venían.
—Oye, ¿tienes algo para escribir?
—Sí, pero si quieres puedes grabarte. Tengo varias cintas vírgenes.
—Es buena idea. Puedo hacer como cuando te contaba la historia.
—Sí, pero yo estaré en la cama, descansando o durmiendo.
Adán imaginó a Prayapati. La mujer del rey, en cuyos brazos puso Suddhodana al recién nacido Siddhartha. Con esa imagen vívida en la mente, dejó que cobrase vida. Puso el radiocasete a grabar y contó esta historia:
“Prayapati.
Prayapati era la segunda esposa del rey. Prayapati era quien cuidó, como madre, al príncipe. Prayapati era una esposa obediente y atenta. Prayapati tenía un secreto.
Prayapati sabía leer.
Las mujeres arias no pueden leer los Vedas. No les enseñan a leer porque no les va a hacer falta. Las mujeres arias deben cultivar las artes y la música, el intelecto es cosa de hombres. Una mujer debe llegar al matrimonio sabiendo lo justo para administrar el servicio, criar a los hijos y complacer al marido.
A Prayapati le correspondía la música, la danza, la etiqueta, el arte de la conversación y las artes del amor.
—Solo si te centras en lo fundamental podrás ser feliz con un hombre, pequeña —le dijo un día su madre.
—Las mujeres tenemos los Vedas en las entrañas, Prayapati —le confesó como si fuese un secreto entre mujeres—. Los hombres son toscos y por eso necesitan representarse el mundo, para entenderlo.
—Madre, entiendo lo que dices —dijo Prayapati—. Y sé que es cierto. Más fíjate que tú y yo no nos estamos comunicando con las entrañas ahora. Lo hacemos con la palabra.
Prayapati hizo una pausa. Y su madre la miraba sorprendida.
—Madre, quiero aprender a leer la palabra escrita, al igual que sé entender la palabra hablada. Si los hombres nos comunican las leyes del cielo, escribir nos puede ayudar a comunicarles las que nuestras entrañas quieren contar.
—Nosotras, Prayapati, podemos crear un ser completo en nuestras entrañas. Deja que los hombres construyan el mundo y sus leyes inventadas.
—Madre, quiero entender ese lenguaje escrito que perdura cuando las entrañas se pudren o son quemadas durante el funeral.
Hizo una pausa, pero esta vez su madre se adelantó y dijo:
—Ningún hombre nos va a enseñar a leer. Porque eso le quitaría el poder que tienen. Ellos nos temen. Si una mujer pudiese adentrarse en el misterio de sus sagrados Vedas, sería un ser completo. Cosa que ellos nunca podrán ser.
—Explícame eso, madre.
—Un hombre puede leer y escribir, y con ello describir ese mundo oculto que nosotras conocemos. Pero para que esas realidades tomen carne, ellos nos necesitan. Ellos no pueden concebir y parir.
—Pero nosotras podemos manejar los conceptos y educar a los niños.
—Si además pudiéramos entender sus Vedas e interpretar sus significados, ellos se sentirían bajo nuestro poder. —dijo la madre.
—De todas formas, quiero aprender a leer y escribir. —dijo Prayapati.
—Si lo haces, hazlo en secreto.
De entre todas sus instructoras, Prayapati sentía especial cariño por su maestra de música, una joven mujer de la casta sacerdotal. Se llamaba Saraswati como la diosa de las artes, esposa del dios Brahma.
—El creador del orden universal no puede crear si la diosa de las artes no dota de poder sus ideas. —dijo Saraswati.
—Entiendo que la voluntad de Brahma no puede crear sin el sentido de armonía y proporción, sin los colores y formas, sin la posibilidad de expresión del arte. —dijo Prayapati.
—Brahma no sabría hacer nada con sus semillas. —dijo Saraswati.
—Creo que quieres decir que vivirían en un mundo sin belleza, sin sensaciones, sin amor y sin placer —dedujo Prayapati y quedó ensimismada ante una especie de revelación.
—Di lo que estás pensando. —dijo Saraswati.
—Es que no tiene sentido.
—Dilo de todas formas.
—¿Puede ser que las letras y las palabras escritas sean también creación de la diosa?
—No vuelvas a decir eso a nadie. Ni tan siquiera a mí.
—¿Pero puede ser cierto? —dijo Prayapati.
—Sí —dijo Saraswati—. Puede ser cierto.
Ese día, Prayapati comprendió que su maestra era una encarnación de la diosa. Que ella sabía leer los Vedas, además de entenderlos con las entrañas.
—Maestra, tú no eres ese cuerpo, no eres esos ojos que me miran… Eres la diosa de la sabiduría sin la cual la razón está perdida.
—Has comprendido algo que me permite confiarte cuantos secretos me pidas. Si mirándome solo reflejas en mí una visión limitada, no podrás recibir más que una instrucción limitada. Pero si eres capaz de percibir en mí la vitalidad eterna expresándose en el cuerpo limitado, si eres capaz de ver que hay una sabiduría que da sentido a lo que el ojo percibe, tarde o temprano podrás ver eso mismo en todos los cuerpos, y en todas las miradas. Verás reflejada en mí tu propia sabiduría y todo cuanto te rodea será comprendido, no por tu visión limitada, lo sabrás con la sabiduría del propio Brahma.
—Esa sabiduría es Saraswati. —dijo Prayapati.
—Sara la auspiciosa. La esposa de Brahma. —dijo Saraswati.
Prayapati se postró a los pies de su Maestra y luego de incorporarse dijo:
—Enséñame a leer y escribir el lenguaje de los Vedas.
—No debo enseñarte eso.
—Quizás no debas, Maestra. Pero sí puedes hacerlo.
—¿Crees que el poder es más importante que cumplir el deber?
—Son iguales en importancia, ya que si haces lo que debes, pero no puedes hacer otra cosa, entonces no eres más que una máquina que cumple instrucciones.
—Mi deber, como buena mujer védica, como aria, es dar hijos a un hombre y hacer que él se sienta feliz de cumplir sus deberes.
—Ese es tu deber, pero tu poder es mucho más que eso. Tú podrías hacer que un sacerdote encendiese el fuego sagrado sin usar leña, y ascender al reino de los dioses sin tomar Soma.
—¿No es ese el arte del amor carnal?
—Lo es. Pero solo es útil si tú misma estás completa.
—Entonces debo aprender a leer y escribir.
—Solo si tu voluntad va más allá de tu deseo de reproducción y tu búsqueda de seguridad.
—Quiero ser más que eso. Quiero poder leer los Vedas.
—Te he enseñado a leer música, ¿no es cierto?
—Cierto es, maestra.
—Sabes cantar.
—Sé cantar.
—Entonces te enseñaré a leer, pero en secreto —dijo en voz baja la maestra—. Pero no te conviertas en un hombre, no pierdas la sabiduría en la trampa de la razón.
Saraswati le enseñó las letras dibujándolas sobre la arena, que usaba como pizarra.
Parecía que fuese una clase de música, pues la alumna repetía las letras como si las cantara, no como hacen los sacerdotes que las recitan.
—Cada letra es un mantra, la forma de esos mantras son las letras y los textos sagrados solo son una de las muchas canciones posibles.
Así fue como Prayapati aprendió a dar forma al universo interno. Y aunque viviera en un vertedero, podría gozar ahí mismo de la compañía de los dioses y sentirse en un palacio divino.
Entonces comprendió por qué no debía leer los Vedas.
Los Vedas contaban cómo hacer ritos que antaño tenían sentido, pero la realidad, que es cambio constante, no se adapta a la prisión de las palabras y conceptos inmutables.
Ese mundo que los hombres arios construyen tiene su belleza, pero es una prisión. Solo cuando el príncipe escape de esa prisión se gestará la semilla de la edad dorada. El tiempo sin tiempo, la existencia sin límites, el tiempo de los niños.
Los planes del emperador de encerrar la conciencia divina del príncipe, ocultando lo que todo ente consciente experimenta tarde o temprano, es una empresa imposible. ¿Cómo una conciencia despierta puede ignorar el dolor del mundo?
—Entonces, Maestra, el príncipe escapará tarde o temprano —dijo Prayapati.
—Y tú debes escapar, también, de la ciudad de Brahma. No encontrarás tu ser en esta prisión.
—¿Y a dónde iré?
—Tú sabrás dónde ir y cómo llegar, no con la razón, sino con la sabiduría. Cada cosa que veas te revelará su naturaleza a medida que tu propia naturaleza vaya revelándose ante tu mente.
Saraswati le enseñó todo cuanto pudo los siguientes años.
Fue poco después de enfermar su marido que Saraswati dejó de visitarla. Era la muchacha quien debía ir a verla.
—Sabes que mi marido va a morir pronto, y ese día yo deberé acompañarle a la pira funeraria.
—Tienes la opción de negarte.
—Y ser expulsada de la ciudad para acabar de prostituta al otro lado del muro para sobrevivir.
—¡Tú conoces el arte del amor! Serías una de esas prostitutas sabias que los yoguis visitan.
—No he visto ningún signo de que ese destino me corresponda.
—Pero es el destino que me espera a mí si escapo. Los hombres pueden refugiarse en sus comunidades monásticas si renuncian. Pero las mujeres no tenemos refugio.
—Te equivocas, hay una tierra donde Shiva aún reina y la Shakti, el poder de Shiva, es quien construye la realidad y no sacerdotes ignorantes que repiten como loros un programa escrito. Ves al monte Kailash. Encontrarás un reino oculto. El reino de Shiva Shambó, Shambala.
A medida que la enfermedad del marido avanzaba, también Saraswati pasaba más tiempo en silencio con los ojos cerrados.
Prayapati ya no recibió más instrucciones de su Maestra. Puesto que ella simplemente cerraba los ojos y callaba, cuando estaba en compañía.
Solo una vez la maestra abrió los ojos en presencia de Prayapati. Y también le habló:
—No hay oscuridad en mi interior cuando cierro los ojos.
—¿Qué ves cuando los cierras si no es oscuridad?
—Mandalas —dijo—. Veo mandalas.
El día de la cremación del esposo, ella lo acompañó a la pira funeraria, caminaba con los ojos cerrados. Se reclinó junto al cadáver de su esposo sin abrir los ojos.
Prayapati sabía que era lo que su maestra Saraswati veía.
—¡Mandalas! —se dijo en voz baja—. ¡Está viendo mandalas!
El sacerdote encendió el fuego, recitando las oraciones prescritas. Y a lo lejos un mendigo, sentado en posición de loto, estaba casi desnudo. Su larga y enmarañada cabellera estaba recogida sobre su cabeza y todo su cuerpo estaba cubierto de cenizas de las cremaciones. Sostenía un cuenco hecho de un cráneo humano con una mano, y en la otra un tridente. El yogui contemplaba la escena con los ojos muy abiertos, como si quisiera abarcar con ellos todo el campo visual.
Prayapati miró hacia esos ojos. Sintió que le jalaba un abismo y, por un momento, vió mandalas.
Cuando Adán terminó de grabar este capítulo, apagó la grabadora y encendió un cigarrillo.
No tardó en sonar el timbre.
—Pedro —dijo en voz muy alta—. Creo que ya llegan las chicas.

