LITERATURA EXPERIMENTAL

Capítulo 0 de la segunda parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

EMPEZANDO DE CERO
[HABLEMOS DE MÍ MISMO]

Cero. Empezando de cero. Hace unos treinta años escribí un libro. Entonces vivía con Eva y Aleph. Éramos una familia. Ese libro que escribí era diferente al que tienes ante ti. Y, sin embargo, es el mismo. Hay capítulos que están en este, aunque distintos. El autor es distinto. Es el mismo y es distinto a sí mismo. Se podría decir que ya no soy quien era entonces. El autor sigo siendo yo, pero yo ya no soy quien era. Entonces era pareja de Eva, la relación se rompió y tuve que empezar de nuevo. Mi vida se desmoronó con la ruptura.

Cero.

Empezando de cero.

Hace unos treinta años escribí un libro. Entonces vivía con Eva y Aleph. Éramos una familia. Ese libro que escribí era diferente al que tienes ante ti. Y, sin embargo, es el mismo. Hay capítulos que están en este, aunque con cambios. El autor es distinto. Es el mismo, pero al mismo tiempo ha cambiado. Se podría decir que ya no soy quien era entonces. El autor sigo siendo yo, pero yo ya no soy quien era. Entonces era pareja de Eva, la relación se rompió y tuve que empezar de nuevo.
Mi vida se desmoronó con la ruptura.
Tuve la buena fortuna de que un loco me apuñalara en mi propio pueblo y me enfrenté a la muerte.
—¡Sí, he dicho buena fortuna!— Enfrentarme, ponerme frente a la muerte, me ayudó a dejarlo todo atrás y pude comenzar de nuevo. Escribí ese mismo libro de nuevo. Empezando de cero.

Empezar de cero.

Cero.

Comencé muchas veces de cero. Mi vida, mi libro parecen estar empezando siempre de nuevo. Cuando me enojé con mi padre, me fui a una casa ocupada y, en cierto modo, comencé de cero. Muchas veces todo iba en una dirección y finalmente veo cómo ya no voy hacia ese futuro que imaginaba y me veo comenzando de cero. Cero 0 cero Libertad absoluta para tomar cualquier rumbo. Demasiada libertad. Desconcierto.

¿A dónde voy?

¿Qué escribo ahora?

Dije acaso que empecé este libro desde hace 30 años? Sí, lo dije, fue viviendo con Eva. Luego se rompió la relación y unos meses después me apuñaló un loco. Fue entonces que inventé a Adán. ¿Tiene algo que ver que mi esposa se llamase Eva? Sí, me ayudó a decidir ese nombre. Pero Adán entró en mi vida mucho antes, cuando era cristiano. Adán nació en mi mente cuando un libro penetró en mi mente virgen y me hizo crecer en un mundo dominado por ese libro. Muchos otros libros penetraron dentro de esa construcción. No solo libros. Canciones, conversaciones, prédicas, consejos, chistes. Palabras.

Dice un libro que al principio era el verbo. En realidad, dice el logos, creo. Logos es una palabra griega. Yo hablo en español. Al principio fue la palabra. ¿Verbo o nombre? ¿Es Brahma ese logos? Vamos a dejar este camino. Empecemos de cero. Comencemos de cero. 0

Mi mujer murió hace algo menos de dos años. Creíamos que teníamos un futuro juntos. Un día estaba enterrando sus cenizas en un bosque. Un lama rezaba por ella. Ella no estaba. No digo que su ser no tuviera continuidad. No digo que su conciencia desapareciese. No sé. Lo cierto es que su cuerpo no eran esas cenizas. Que el cerebro que pensaba sus pensamientos no existía ya. Enterré sus cenizas. Cenizas de nadie. Cenizas sin dueño. Si alguien era el dueño, era yo. Su marido, según un contrato. Al final de la ceremonia, una amiga, que era viuda desde hacía unos años, se acercó a mí. —Ahora empieza para ti una nueva vida —me dijo.

Y tuve que empezar de nuevo.

Empezar de cero.

No es cierto que nunca haya empezado de cero. Hay una continuidad de lo viejo en cada reinicio. Pero vamos a decir que sí: digamos que empecé de cero.

Pasé unos meses prácticamente solo, encerrado en una casa. Se podría decir que, aunque hice algunas cosas, me había quedado en la nada.

¿No había hablado ya de eso?

Sí, hace casi 30 años, y se supone que era Adán quien lo vivió. Cuando murió Alba, Adán se vio en una negra negrura, un vacío oscuro y sin sentido. Ahora continuará su viaje, pero será un viaje nuevo.

Libertad.

Soy libre de ir a donde quiera, pero no quiero nada. En una oscuridad sin sentido. Negro. Nada. No quiero nada. No es cierto. Sí quiero nada. Nada quiero. Cero.

Cero.

Estoy como Adán en la oscuridad, ahora no es Alba, es Edna. Un día sale el sol, me cito con un amigo. Salgo, bebo cerveza, me emborracho, amanezco bailando y, después de hacer nuevos amigos, acabo con una chica en la cama.

Esa fiesta me salvó la vida y me veo en esa nueva vida, jugando a vivir de nuevo. Empiezo a asumir quién soy sin contar con Edna. Empiezo a ser desde la soledad, bailando de nuevo.

Un mes después me llama Eva, y un deseo me da rumbo. Renace un amor olvidado.

Decido ir hacia ella y dejo atrás todo, y quiero comenzar de nuevo con ella. Pero, para ello, debo deshacerme de todo, quedarme casi sin nada. Cero. Otra vez nada.

Monté en un avión para comenzar una nueva vida, para reescribir nuestra vida. Comenzar de nuevo.

¿No habían muerto acaso todos los sueños? Nada comienza de la nada. Nada empieza, no hay comienzo. No estoy comenzando de cero; todo lo que escribí, lo que viví, los archivos de esos dos libros, los recuerdos de lo vivido, los lugares donde estuve. Hay muchas cosas que conservo. Muchas cosas cobran nueva vida porque de algún modo estaban ahí cuando digo que comienzo de cero.

Esas primeras versiones de este libro me las envié a mí mismo por correo electrónico. Todo está ahí, guardado en mi memoria o en los servidores de Google. Quizás mis escritos sirvan para que una inteligencia artificial escriba un día libros sin mí. Pero no este; este libro se nutre de mi memoria, reescribe mis experiencias y recuerdos desde nuevos sentimientos.

A veces, frases que no recuerdo cuándo fue que las pensé, pero que recordé por años. Pequeños poemas que se repiten en mi como mantras. Frases pensadas desde la juventud vienen a mi mente y escriben capítulos completos.

Yo mismo no he desaparecido nunca en la nada. De la nada, nada sé. Siempre que hay algo, está el sujeto, sujetando la experiencia.

Pero vamos a seguir suponiendo que, efectivamente, se puede comenzar de cero. En cierta forma, sí existe esa experiencia; en cierta forma, se reescribe muchas veces el mito del nuevo comienzo.

Estaba por empezar una nueva vida con Eva y, en tan solo cuatro días, todo se derrumba. Un presente mata un futuro y vuelvo a comenzar de cero.

Cero
0
Cero.

Estoy escribiendo esto. Un libro que es viejo y nuevo. Un libro. Este libro, del que ya he escrito la primera parte. Ya hay 23 capítulos y un capítulo cero, pero digo que estoy comenzando de cero. Estoy repitiendo esa estructura de nuevo, una segunda parte que comienza. Una continuidad que nace de nuevo.

Ahora.

Estoy reconstruyendo textos ya escritos, escribiendo otros nuevos. Y me incluyo ahora en el libro. Incluyo la escritura en el propio libro que escribo. Doy nueva forma a lo viejo. Y tengo miedo de mi desvarío. Continúo aunque tenga miedo.

Igual borro todo lo escrito y empiezo este capítulo de nuevo. Esta vez quiero concluir mi libro, pero pasando a través de mí. Sé lo que he de decir, sé cómo concluye el libro.

O quizás no lo sé y solo lo creo.

Hay cosas más importantes que un libro, por ejemplo, ir al baño. Eso voy a hacer ahora, voy a ir al baño. ¿Cómo hablo de eso? ¿Qué palabra debo escribir que sea correcta? ¿Orinar? ¿Mear? ¿Hacer pipí?

¿Importa acaso?

Quizás en un momento una de estas palabras exprese mejor mi emoción. Quizás deba ser más poético. Podría escribir: “Voy a derramar, como si de un río se tratase, toda el agua que me oprime las entrañas. Residuos de mis sentimientos inútiles, en las fauces del abismo de la taza del váter. Ese abismo a donde marcha todo aquello que ya no necesitamos, lo que nos ha alimentado un día, lo que una vez fue bello, y ahora es inmundicia. Soltar los residuos desgastados de lo que nuestro deseo o nuestra necesidad nos impulsó a buscar. Eso, que ahora nadie desea. Desechos derramados, disueltos en aguas inferiores que viajan bajo la ciudad, despreciados por todos, olvidados.

Pensamos que van al centro de la tierra y un fuego primordial los reducirá a la nada. Pero al final van al mar”

Bien. Me siento mejor. Ya solté mi agüita amarilla.

¿Recuerdas esa canción?

Dije que tengo miedo, y te voy a ser sincero, tengo miedo de ti. Lector, testigo externo. Tengo miedo de alguien que no está aquí. Miedo de una entidad consciente que verá estas letras y las interpretará.
Tengo miedo de ti.
Tú eres ese punto de esta totalidad que estará conectado a mí por este texto. Una entidad que en la intimidad de su mente concebirá algo que no será ni mío ni suyo. Una mente que dará nueva vida a lo escrito.
Yo, padre ausente de esa creación, nunca veré ese otro libro. Un libro que yo no habré escrito realmente. Serás tú quien en tu mente escriba ese otro texto del que nada sabré.
Te he estado mintiendo, mucho de lo que vas a leer ya está escrito. El tiempo es una ilusión para el autor. Sé lo que sigue y me siento perturbado por eso que ya escribí.

Voy a tomar un descanso antes de escribir de nuevo.

Bien, ya estoy sentado de nuevo. ¿De qué estaba hablando? Tengo miedo de mi propio delirio. ¿Borro todo? Si lo borro, nadie verá lo que escribí. Nadie verá nada.

Nada.

Nadie.

Cero.

Ahora.

Un punto sin dimensiones, eso soy yo. Soy el puto centro del universo.

¡Oh!

Escribí “puto” y quería escribir “punto”, y falta una coma. Quise escribir “Soy el punto, centro del universo”.

—Pero sabes que no es eso lo que escribiste —dice una voz.

Yo sé quién es esa voz. Es mi psicoanalista imaginario.

—Has interrumpido mi discurso —protesto.
—¿Te molesta?
—En realidad me molesta, yo sé que me molesta, él sabe lo mismo que yo, pero le respondo:
—No, no me molesta. De hecho, no tenía claro hacia dónde ir.
—Ajá —responde esa entidad imaginaria.
—Estoy intentando escribir el capítulo cero, pero creo que estoy sin rumbo.
—Has dicho que tienes miedo —me recuerda esa voz que me espía.
—Sí, me estoy a punto de desnudar y eso no es solo que me ponga en evidencia, es que puede ofender.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué quieres expresar?
—Creo que lo he dicho desde el comienzo. Quiero desprogramar mi mente, destruir todos los mundos, todos los libros . Creo que es eso.

“Voy a destruir todos los mundos, todos los libros que he leído, escribiendo este texto.”

—Te escucho.

Me quedo pensando si realmente es eso lo que pretendo al escribir este libro. Y respondo:
—No, no es eso. Estoy jugando conmigo mismo, estoy creando un juego de palabras, un fractal de letras. Estoy plasmando mi mente para experimentar el gozo que las palabras ocultan. Pero a la vez siento vértigo y miedo. Sé que al final escribo para que lean otros.
—Tienes miedo del juicio ajeno.
—En realidad no es ajeno. El juicio ajeno no me afecta. A unos les encantará lo que a otros les moleste. Es mi propio juicio el que hace que sienta vergüenza y en cierto modo culpa.
—¿Culpa? —me pregunta sorprendido mi amigo imaginario.
—Sí, culpa, no sé si es culpa ante Dios, ante el juicio ajeno, o culpa por ser o por escribir. Culpa por ser escriba o quizás por hacer de dios.
—Podríamos empezar con eso de que eres el “puto centro del universo”.
—No quería decir eso.
—Lo dijiste.
—Quería decir que soy: “El punto, centro del universo”.
—Pero viniste a decir que eras el “Puto centro del universo” —me aclara mi analista, señalando mi acto fallido.
—Sí, vine a decir que era el puto amo. Dios. Un punto de referencia absoluto. En cierta manera —continúo diciendo— me siento Dios y no quiero.
“Sí, me siento un poco así, cada vez que escribo. Reconozco eso, en realidad, ante esta página, me siento Dios” —pienso.
—Te escucho.
—Yo quería expresar que soy nada, que soy un simple centro sin dimensiones, que podría ser cualquier cosa, que podría tomar cualquier rumbo.
—Pero ya sabes que dijiste otra cosa.
—Sí. Lo dije y es ahí donde siento el conflicto. Quisiera ser nada muchas veces, pero acabo siendo todo menos nada. Estoy escribiendo un libro. ¿Entiendes?
—Sí, te he estado leyendo. Quieres acabar con todos los libros y, paradójicamente, lo haces escribiendo uno más.
—Soy una contradicción viviente. Y en este libro expongo demasiado de mí. De hecho, el problema es que para hablar de mí debo hablar de otros. De Eva, por ejemplo.
—¿De qué estás hablando en ese libro?
—Te lo he dicho, estoy hablando de mí.
—¿Del “puto centro del universo” o del “punto, centro del universo”?
—Esa es la cuestión, ¿verdad?
—Tú me lo has de decir.
—En realidad, quiero contar un sueño.
—Ya lo has hecho. Ya escribiste ese capítulo:
1 Delirio apocalíptico [El diablo en el espejo].
—Sí, tengo ese capítulo escrito. Pero me siento culpable de haberlo escrito.
—Puedes borrar ese capítulo. Nadie lo va a leer. Tú mismo acabas de escribir eso.
—Pero es que lo que escribo se basa en un sueño que realmente tuve. Las imágenes que salen ahí son elaboraciones de otras que me asaltaron una noche. Yo tendría como 12 o 13 años y hacía poco había recibido la confirmación.
—¿Insinúas que después de haber sido ungido por el Espíritu Santo tuviste una revelación?
—No, pero a veces lo pienso. Pienso que soy un ser especial. Todo se me hace significativo con esa idea. La idea de que percibo algo que los demás ignoran. Luego veo que en realidad no es así, que soy un loco más.
—¿Quieres contar el sueño y lo que se te reveló o quieres analizar tu delirio mesiánico?
—No sé. Creo que quiero contar el sueño.
—Silencio.
Nada.
No sé nada.
Tengo que volver a empezar.
Creo que el psicoanalista imaginario no está. Y sí está, guarda silencio.

Te cuento, lector, el intríngulis de este capítulo que sigue es un capítulo basado en una experiencia propia. No tal como lo cuento. He mezclado una experiencia con psicodélicos con otra que me asaltó en sueños siendo yo adolescente, casi niño.

Me sabe mal que esto que cuento pueda ofenderte. Son procesos que yo viví, no un ataque a tu mundo simbólico, o a tu religión. Si esos símbolos estaban en mí, es porque formaban parte de mí, eran míos, y mi mente hizo lo que necesitaba hacer para desbloquearse.

Si te ofende, no leas, no te metas en mi mente. Y yo no me meteré en la tuya. Te cuento el sueño, tal como recuerdo. Fue en ese sueño, que se desmoronó mi sistema de creencias. Me vi sumergido en una especie de líquido espeso compuesto de imágenes, creo que también había algo como una voz.

No eran imágenes propiamente dichas, no en el sentido de escenas de película, y si lo eran, eran como de una película acelerada, en la que se relataban todos los horrores de la inquisición y las guerras religiosas.

La voz no era una voz, era como una especie de entendimiento, y sí la virgen era una puta en ese sueño.

El sueño lo he novelado, pero el sueño real fue más dantesco que las imágenes grotescas con que lo describo. Si decides seguir, no soy responsable de qué sentimientos o vivencias puedas tener. Serán tus vivencias cuando tu mente esté iluminando este texto. .

El texto depende del contexto.

—¿Ahora hablas con un lector inexistente? —pregunta el analista.

“Ahí está ese puto analista” —pienso antes de replicar:

—¿No hablo contigo, acaso? —le respondo— Si no hablase con alguien, hablaría conmigo mismo y entiende que eso sería contradictorio.

—¿Me explicas la contradicción?

—Yo sería hablante y oyente, sería dos y se supone que yo soy uno.

—Buena cuestión.

—Por eso digo que soy nada. Porque puedo ser cualquier cosa en este libro.

—¿Incluso Dios?

—Más bien un demiurgo creador, soy el texto mismo. Soy la primera persona del singular, soy el narrador, soy los personajes… pero no, no soy el lector. Salvo cuando soy yo quien leo.

—Deberíamos ver ese delirio mesiánico subyacente. ¿No crees?

—Podríamos terminar aquí la sesión si te parece.

—Eso lo decido yo. —responde el analista.

Ya comienzo a estar harto de que me esté interrumpiendo ese analista loco. Ya estoy decidido a actuar y su presencia me molesta. Quiero que se vaya y sé como hacerlo.

Primero me relajo. No es que me relaje mucho, solo me dispongo a estar relajado. Me centro en mi cuerpo, intentando sentirlo desde dentro. Desde el corazón.
Ese corazón que no es el puto centro del universo es más bien el punto, desde el cual yo siento. Y lo que está sintiendo es precisamente ese universo, o sea, la totalidad de lo que hay. Dejo de pensar por un momento. Y soy este universo que siento. No me refiero a las galaxias lejanas, o a todas las cosas que están ocurriendo ahora simultáneamente en el universo. Me refiero a lo que me rodea, efectivamente, lo que siento, oigo, veo… ahora.
—Dime analista una cosa —le digo al vigilante de mi mente.
—¿Qué tema quieres tratar ahora? —pregunta inocentemente.
—¿Quién eres y dónde estás? —le pregunto y luego lo busco.
—Se acabó la sesión por hoy —me dice—. Podremos tratar eso en la próxima.
Prudentemente desaparece. Sigue vivo, lo sé, pero ya no molesta. Respiro un poco y me siento descansado. Este capítulo ya está escrito. No tengo trabajo por hoy. Unos amigos me han invitado a una fiesta.
No, es peor. Nada de una son dos las fiestas a las que puedo ir esta noche. Una de cumpleaños y otra que ha organizado un amigo en el pueblo.
Bueno, puedo o puedo no ir. Puedo escoger. Soy libre. Aunque para que la libertad cobre sentido, debo perderla al tomar una decisión.
Pienso un poco en ese capítulo. Voy a ser muy duro con el cristianismo, aunque tengo un buen recuerdo de mi etapa cristiana. La comunión era una meditación para mí, y los evangelios me inspiraban. Aún lo hacen.
Sí, me siento incómodo con lo que he escrito, pero ese sueño fue una experiencia real. Quizás estalló ahí un problema entre el amor de Dios y el amor por mi padre ateo.
—Tu padre tendría que ir a misa, o irá al infierno eterno —me dijo un fiel devoto nacionalcatólico de la época.
Por suerte, el sacerdote del pueblo era posconciliar, un cura progre. Mosén Juli. Y cuando le pregunté por el destino de mi padre ateo, él me respondió:
—Los ateos buenos también van al cielo, pasan solo por el purgatorio —me dijo.
La atenuación de la pena me gustó. Más tarde he oído algunas explicaciones teológicas que me han gustado.
“Dios es Amor, si niegas el amor, te aíslas de Él. Vivir sin Amor es el infierno.”
Ah, vale. Es lógico. ¿Pero por qué llamarlo Dios, si nos referimos al amor?
Ya basta de rollos. Te dejo con el capítulo maldito y me voy de fiesta. Que Jesús no convirtió el vino en agua…