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Capítulo 11 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

11 - LA TORRE DE BRAHMA.
[EL FALO DE SHIVA]

11 – LA TORRE DE BRAHMA.

[EL FALO DE SHIVA]



Voy a relatar cómo se construye la torre de Brahma en el centro de la sociedad de los arios. Un orden terrestre que reproduce un orden universal. La sociedad percibida como encarnación de un solo ser. Los sacerdotes son la cabeza de este ser, los militares son los brazos, el estómago son los comerciantes y los pies son los obreros. Esta sociedad es la encarnación del primer ente creado, Brahma, el gran organizador. Brahma es el intelecto, el arquitecto del universo.

Las leyes que rigen el rito de los sacerdotes son conocimientos que los antiguos videntes vieron cuando el divino Soma les comunicó con este Orden Celeste. Ritos que emulan la obra del arquitecto, construyendo una imagen de ese orden, escritos y transmitidos durante miles de años de trabajo secreto.

Reunidos junto al fuego, bebían y se elevaban por encima de la visión humana. Su escalera era el fuego del sacrificio prescrito, que complace a los dioses. Así, ellos, los dioses, el cuerpo celeste de Brahma, ofrecen la lluvia que nutre al mundo y el descenso continuo del saber, que eleva al hombre.

Así, el rito del agua y el fuego fueron concretados en los Vedas. Siendo ellos, en realidad, la fuente terrestre de una historia, unos conocimientos y unos ritos que solo ellos atestiguaban ver en el firmamento.

Meticulosos himnos conducen ese fuego a un fin escrito hace mucho. Sacrificios de todo tipo han de cumplirse para que el sacrificio nutra el cuerpo de la sociedad, al igual que en nuestro cuerpo, la comida, destrozada por los dientes, nutre el fuego vital que asciende hasta el cerebro y brilla en nuestro intelecto.

Un rito perfecto en que los dioses, satisfechos, devuelven como lluvia los presentes, gracias al cual el sol sale por el horizonte bailando con la luna. Al igual que la lluvia riega y fructifica la tierra, la benevolencia de la vida y el conocimiento que desciende dan sentido al caos preexistente. ¿O quizás sea solo gozo lo que desciende?

Pero, ¿cómo le explicamos esto a un intocable, cuyo gozo se reduce a descansar unas horas, para reemprender otro día de trabajo bajo el sol? ¿Cómo le explicas eso a quien queda al margen de ese rito, pero que vive trabajando bajo su ley? ¿Cómo le explicas que Brahma le excluya de su cuerpo, mientras trabaja para construir la torre de ese mismo Brahma?

¿Cómo le cuentas al joven dravida de piel oscura, Nataraja, que su sudor y su trabajo están construyendo una estructura que le excluye? Dentro del muro de la ciudad del Sol, una torre de piedra representará a Brahma, el logos que dio forma al universo. ¿Cómo le explicas que él es indigno de ver esa construcción?

Muchas cosas son difíciles de contar a un intocable, como que Brahma no es eterno. Muchos piensan que lo es, pero los Vedas mismos dicen que no. Esa ciudad y esa torre son construcciones y, en cierto modo, Brahma también es un constructo. Cuando un Brahma muere, un universo muere con él y las semillas de ese universo se dispersan. Tras una larga noche, el intelecto renace y otro nuevo Brahma mira la totalidad desde el centro del universo y ve todas esas posibilidades de ser. Al dar forma a esas posibilidades, un nuevo universo viene a manifestarse con sus leyes y deberes, que cada ente no podrá hacer otra cosa que cumplir.

El amor de ese Ser se expande desde el centro. Por eso, en las esculturas que adornan la torre, Brahma tiene cuatro rostros mirando en las cuatro direcciones. Pero, ¿cómo le explicas al niño paria, sin casta, que ese orden sagrado que todo ser ha de cumplir tenga que ser impuesto por la fuerza? ¿Cómo le explicas que una ley natural de un ser omnipotente tenga que ser impuesta por hombres, por políticos y militares? ¿Cómo le explicas que ese amor sea para él, esclavitud y desprecio?

¿Cómo le explicas a un esclavo, a un intocable, su historia en ese relato perfecto?

Nataraja, siendo niño y durmiendo en la cabaña con su madre, fue despertado un día por gritos de terror y el galope de caballos. La aldea ardía por el norte. Había cadáveres y heridos sangrantes por doquier, unos en el suelo y otros ardiendo en las cabañas incendiadas. Ese día, la tribu entera fue obligada a trabajar en la cantera para crear los ladrillos de la torre de Brahma.

Desde ese día, Nataraja, un muchacho de diez años, trabaja todo el día, cada día, en esa cantera. De noche duerme cansado y descansa para poder seguir trabajando en la cantera, un día más y otro, y hacer posible que se edifique un edificio que jamás podrá ver. Los intocables no pueden atravesar las murallas de la ciudad, bajo pena de muerte. Él lo sabe.

“Pero nada me impide subir a una de esas montañas y desde ahí contemplar la ciudad de los arios”, pensó una noche el niño mientras se dormía. A la mañana siguiente, mientras golpeaba una cuña de metal que dividiría una gran piedra, buscaba con la mirada una montaña o una loma desde donde mirar. El sol cegaba su vista cuando vio descender un águila volando hacia su ubicación. La sombra del ave cubrió el resplandor del astro cegador y de pronto las garras de la rapaz tomaron como presa el sombrero de paja que cubría su cabeza. El águila se alejó hacia una loma cercana, como si quisiera guiar su mirada.

Tres noches le costó crear el plan para escapar del campamento vigilado y volver después de su visión sin ser percibido. En la cuarta noche, bajo la Luna llena, el intocable escapó. Corrió hacia la loma, y llegó cansado a la cima. Luego avanzó hacia la ladera desde donde ver esa torre. La visión le decepcionó. Cuatro rostros de piedra esculpidos sobre un templo circular. «Es un lingam con caras». Dijo en voz baja el muchacho – Es el falo de Shiva lo que están construyendo los arios. No le faltaba razón al dravida. La forma era parecida al Shiva Lingam posado en el Yoni de la Shakti. Pero sin la forma de la vagina de la Diosa. Regresó al poblado sin ser visto, durmió poco, pero descansó suficiente como para ir a trabajar. Y cuando se encontraba con otro esclavo, le decía en voz baja: – Es el falo de Shiva lo que están construyendo los arios. Un gran falo sin vagina, con cuatro rostros de anciano esculpidos en las cuatro direcciones. Yo lo he visto.

Ese día, los guardianes se sintieron incómodos. Los esclavos reían. Los sacerdotes, embriagados del Soma, con las pupilas dilatadas, recitaban el rito que invita al Sol a salir. Un Sol que salía sin necesitar su permiso y que, sobre los Himalayas, habría de iluminar las cuatro laderas del monte Kailash, la morada espontánea de Shiva. Esa montaña sagrada era un templo natural desde donde la conciencia del cielo contemplaba la creación innata. Una morada no construida por ningún intelecto. La creación constante de la diosa que da el gozo a los seres. La bendición de la existencia en sí misma, manifestada como Amor Supremo.

Adán había escrito esto en la libreta que dejó olvidada sobre su cama al marchar. La habitación pintada de negro estaba aún vacía, mientras Adán estaba frente a Alicia en el bar de un pueblo de montaña. Si los machos pueden ser vírgenes, Adán lo era. No había tenido sexo con ninguna mujer. Ahora te contaremos cómo lo dejó de ser.