¿QUÉ ME VAS A REGALAR?
[DE COMO ADÁN DEJÓ DE SER VIRGEN]
12 -¿QUÉ ME VAS A REGALAR?
[DE COMO ADÁN DEJÓ DE SER VIRGEN]
Alicia me miraba con una sonrisa pícara y seductora.
Escondí mi libreta en mi cazadora negra. No diré que lo sucedido fuera imposible, puesto que sucedió. Era improbable, pero ahí estaba ella. Alicia, un personaje inventado, estaba sentada frente a mí. Respiraba, me miraba y sonreía. Era preciosa; no sé de dónde sacaba lo de sentirse gorda.
Adán no salía de su asombro. De un nombre creó un personaje, del personaje, una historia y ahora ese personaje era una mujer de carne y hueso.
Llegó el café con sacarina.
Ella lo tomó como si fuese medicina; su ropa estaba sucia y llena de paja.
Yo no sabía qué decir.
No puedo preguntarle si esa noche un gato dormía sobre su mesilla de noche, ni si un conejo, sin reloj, saltaba tranquilo por la habitación, mientras ella, borracha, lloraba frente al espejo.
Ella se terminó el café y se sintió aliviada de su resaca. Quizás fuese el deseo que había despertado en ella el cuerpo desnudo de Adán, ahí en el lago, deseo que había llenado su mente de neurotransmisores, y su cuerpo de endorfinas, mientras seguía al muchacho hasta este momento presente en que se tomaba ese café.
Alicia me miró como si esperase que le dijese algo.
Yo tragué saliva; había estado a punto de felicitarla por su cumpleaños.
Al final me decidí por preguntar:
—¿Sabes dónde hay una pensión barata? Llegué ayer y todavía no conozco el pueblo.
—Cerca de la iglesia hay una que está bien. Se llama «Pensión Dolores». ¿Sabes que hoy es mi cumpleaños?
—¡Felicidades! ¿Es descortés preguntarte cuántos cumples?
—Dieciocho —contestó—. ¿Qué hacías en el lago? Parecía una ceremonia.
—En cierta forma lo era, una especie de bautismo. Es que hace poco creo que me volví loco —dice Adán—. Anduve días colgado, andaba, pero no podía pensar. Sentirme existir era doloroso. Deseaba morir, y de pronto en ese lugar me curé… creo.
—Ah, ¿sí? ¿Estás loco o solo lo crees? —contesta ella mirándome a los ojos. Me sonríe, se humedece los labios con disimulo y me pregunta:
—¿Qué me vas a regalar?
Adán, que estaba a punto de seguir filosofando, de pronto se siente excitado; todo su cuerpo siente esa excitación. Siente que esa pregunta le lleva a un juego que despierta su intuición.
—¿Qué me vas a regalar? —repite Alicia, y se humedece los labios para completar la frase, insinuando el tipo de regalo que desea.
Mientras hace eso, se siente sorprendida; normalmente se sentiría un poco ridícula poniéndose así en evidencia. Pero de alguna manera hoy se sentía valiente, osada. Como niña atraviesa. No en vano, hace poco estaba dispuesta a morir. Alicia sabía qué regalo deseaba y Adán también entendía la insinuación.
Adán mira a esa chica que ya es mujer y siente ascender un calor gozoso en el bajo vientre. No ha tenido ninguna erección; el calor ha subido para estallar en el corazón, y un poco en la cabeza. Se siente mareado.
De alguna manera, sabe que hoy terminará su virginidad. De alguna manera, sabe eso porque ya no se siente virgen.
¿Cómo he llegado hasta aquí?
Una voluntad, un deseo, le llevó a esa discoteca.
¿Cómo se llamaba la discoteca?
Fue ahí donde comprendió que todos los sueños despiertan en la muerte. Que todos los sueños son nada, al despertar. Y en la oscuridad de una larga noche, se imaginó a sí mismo de mil maneras: como sombra en el averno, como Sakyamuni, el futuro Buddha, renunciando al mundo, como Zaratustra en la soledad de la montaña intuyendo una nueva condición humana, como yogui vagabundo sin destino, como beatnik, vagabundo del dharma… hasta que algo se rompió y descubrió un placer espontáneo junto al lago de montaña. Se reconoció desnudo, real, sin destino. Creía haber terminado con todas las fantasías. Y ahora se descubría en este juego extraño con su propia creación: Alicia. Y ni tan solo sentía que la situación fuese anormal.
Adán no deseaba una esposa, pero sí deseaba una mujer. La había imaginado realmente, o quizás había estado viéndola sin saberlo desde un lugar de la mente donde todos los conocimientos se guardan.
El depósito subconsciente, abismo donde dioses y demonios se ríen de nuestro ego consciente.
Desde un subconsciente omnisciente había visto a Alicia borracha en su habitación, intentando regresar a la infancia. Deseando la muerte para huir del dolor, el dolor de los sueños rotos. El dolor de la decepción. El subconsciente puede explicarlo todo.
Alicia había dicho algo, pero Adán entendió algo más:
“¿Me vas a regalar tu pene? ¿Vas a hacerme sentir de nuevo bella? ¿Fingiremos que nos amamos mientras jugamos a simular el juego de la reproducción?”. Eso entendió Adán, el joven loco, el vagabundo que buscaba unirse al mundo. Un mundo que para él era mujer.
A la inteligencia intuitiva muchos la creen mujer. ¿Acaso no fue Lilith la primera mujer de Adán?
Fue Eva quien sacó a Adán del paraíso. Ella inventó el bien y el mal. Lilith quizás fuera inocente. Quizás esa mujer decidida fuese el verdadero regalo de Dios que ese primer Adán no supo apreciar.
Lilith sabía gozar, pero ese otro Adán primordial la rechazó. Fue entonces que Adán se dividió y de su costado nació esa Eva que le daría descendencia y que, según escribió en el libro, dio nacimiento a la humanidad.
No sé si Lilith es esa intuición que es tu propia inteligencia oculta. Acaso esa mujer es la madre deseada de quien Adán un día se separó.
Tu intuir razona con todo aquello que no tienes presente en tu vigilancia. Todo aquello que no enfoca tu atención, tu intuición lo comprende, lo abarca. Ella recibe la información de los sentidos, pero en lugar de procesar la figura, procesa el fondo. Mientras la inteligencia de la razón procesa con el lenguaje, la mujer primordial vive en la analogía, la rima oculta de un presente que danza, que toma el gozo como guía.
La comprensión que surge de esa intuición es el lenguaje secreto de los amantes.
—¿Qué me vas a regalar? —había dicho Alicia hace un momento.
¿Podría ser mi polla un regalo apropiado? —piensa Adán—. Sería muy prosaico, siente que debe ser más sutil.
—Puedo regalarte placer —dice Adán, resulta más poético, y se queda sorprendido de oír sus propias palabras.
“¿He dicho yo esto? ¿He sido capaz de decir esto sin pestañear? ¿Qué barbaridad era esa que he pensado? ¿Quién ha pensado esto?”
Alicia acerca su rostro al de Adán. Él la mira y también se acerca, como si una fuerza suave de atracción los estuviera uniendo.
Cuando sus miradas casi se tocan, ella se estremece y cierra los ojos mientras él acerca sus labios aún más lentamente.
Un ligero roce y cuando la boca de ella se entreabre, él retira la suya lentamente.
Cuando Alicia abre los ojos viendo que el beso no llegaba, lo ve sonriendo con cierta malicia:
—¡Ven a la pensión conmigo! —dijo Adán.
—¡Esta noche vengo! —contestó ella—. ¡Espérame! ¿Vale?
Pude besarla, ella deseaba que la besase. Y no lo hice. Algo en mí estuvo operando como un código, haciéndome actuar sin miedo y sin ansia.
Sabía que retirarme la excitaría, y no sé cómo lo sabía. Ella aceptó su propuesta y yo la creí.
Estoy en la pensión Dolores, viendo los hechos como si supiese el guion. ¿No habré escrito yo lo que estoy viviendo? Al lado de la cama tengo los preservativos, seguro de lo que va a acontecer.
Por la ventana aún brilla el sol, caminando hacia el poniente.
Y aquí estoy esperando, mi cuerpo vibra radiante y tranquilo, como si fuese lo más normal del mundo. Sin nervios, y resulta que soy virgen. ¿De dónde surgió el valor? ¿Fue la ausencia de pensamientos y dudas? ¿De dónde surge una acción así?
Vi su deseo conectar con el mío y supe cómo actuar. Y aquí estoy esperando. No me importa si habrá o no sexo. Es como un sueño, sigue su curso. Y aquí estoy…
Esperando que se cumpla el sueño. Estoy esperando… en la pensión Dolores. Y tengo sueño.
No puedo evitar dormirme y sueño.
Sueño que soy Adán, tierra roja del Edén, el de los cuatro ríos.
Eva me mira, su cuerpo es tan dorado como el oro, su vientre fértil ha concebido, pero en sus ojos hay miedo.
Aún no hemos traicionado la Ley divina, aún no nos ha tentado el tiempo, aún no hemos inventado el bien y el mal.
Un buitre sobrevuela majestuoso el paraíso.
Ella está embarazada, y teme la sombra de esa ave magnífica.
Yo no me doy cuenta de su miedo. Ni de cómo, momento a momento, como una serpiente nos traga el tiempo.
Ella me mira y dice:
—Adán. ¡Deberíamos construir una casa!
Despierto del extraño sueño y me siento desorientado, pero, poco a poco, recuerdo.
Recuerdo quién se supone que soy, y dónde me encuentro.
Es de noche, todas las estrellas brillan esperando la luna. Penetrando con su suave luz la habitación donde me encuentro, me miran curiosas a través de la ventana.
Cuando una de ellas cae, formulo un deseo, con los ojos cerrados.
Unos golpes suaves en el cristal me confirman su cumplimiento, es Alicia.
¿Acaso he despertado en otro sueño?
Ahí está Alicia.
Entra como la luz de esas estrellas y siento que mi aliento sigue el ritmo de su respiración.
Entra como un ladrón, por la ventana; antes de entrar, ya tiene el botín.
Mi corazón se acelera en cuanto más ella se acerca.
Se detiene junto a mí y me mira con una mirada picarona, y casi sin mover su sonrisa dulce, me dice:
—Te invito a cava.
Yo miro su mano izquierda, y veo que, entre sus dedos, sostiene una botella de cava y unas copas de plástico.
Yo tomo la botella, y casi sin hacer ruido, la descorcho.
Ella ha puesto, sobre la mesilla de noche, las copas, junto a mis preservativos, y sobre una silla, su prenda de abrigo.
Está sentada en la cama, mirando cómo lleno su copa. Mira con sorpresa cómo tomo un sorbo y lo retengo en mi boca. Me acerco a su boca. Ella comprende y la abre. Saboreamos juntos el cava, con nuestras lenguas enroscándose como serpientes.
Cuando sus bocas se separan, ambos se desnudan mutuamente entre besos, caricias y suaves mordiscos.
Y la luna llena salió por el horizonte, sin que nos diéramos cuenta. Nos miraba desde la ventana, bañando con plata nuestra desnudez.
Desnudos, nos quedamos quietos, mirándonos, como púgiles en el ring, esperando la campana, como animales salvajes, a punto de descargar uno sobre el otro toda su fiereza.
Fue ella la que atacó primero. Empujándome en una embestida, me hizo caer de espaldas sobre el colchón.
Yo, mientras ella me besaba y me mordía, la tomé de los antebrazos y la hice girarse tomando revancha. Ella se relajó mientras besaba su cuello, lamía sus pechos. Succionaba y mordisqueaba sus pezones.
Cuando bajé lamiendo su piel hasta debajo del ombligo, sus caderas estaban bailando. Introduje mi cara entre sus piernas y lamí sus labios inferiores. Introduje la lengua entre sus labios. No sabía cómo orientarme más allá de esos confines.
Ella me indicó dónde estaba su clítoris, sorprendida de mi ignorancia, y luego proseguí guiado por sus suspiros, hasta que la oí gritar, aunque no de dolor.
Mi cuerpo tiembla de felicidad, de alguna manera está lleno de una energía extraña, producto del continuo excitarse y relajarse. Feliz de sentir su orgasmo, la miro.
—¿Quieres entrar? —me pregunta.
—Sí, claro —le digo.
Voy a tomar los condones, pero ella se adelanta y los tira al suelo.
—No los necesitamos —dice.
—¿Tomas la pastilla? —le pregunto.
Ella, sin responderme todavía, se pone encima de mí. Siento que su vagina traga mi pene.
Estoy demasiado excitado. Creo que no voy a poder contenerme. Pero en ese momento ella dice:
—¡Quiero quedar preñada!
Adán siente que su pene se hace casi insensible a causa del susto mientras ella se mueve libremente.
La reina de corazones ha perdido completamente la razón. Sus caderas parecen tener vida propia, su cuerpo parece estar en llamas.
Se mueve arriba y abajo, gira sobre el miembro y luego se detiene quieta sobre él y lo presiona con los músculos vaginales.
Adán se siente mareado, casi fuera de la escena, hasta que ella descarga sobre el pene un torrente de fluidos y él eyacula, casi por automatismo.
Ella grita y él suspira. En un momento todo acabó.
—¿Quieres hacerme padre? —dice Adán asustado.
—No, idiota, a ti no, a Andrés, mi novio. —dice Alicia mientras se separa de él para ir a buscar su ropa.
Adán mira perplejo cómo se viste con tranquilidad.
—Mira, Adán, eres muy guapo, pero eres un muerto de hambre que pasó por el pueblo.
Miro sorprendido la mirada fría de Alicia mientras dice eso.
—Pero tu novio se acostó con tu mejor amiga —dice Adán, como si intuyese la situación.
—¿Cómo sabes tú eso? —replica Alicia, sorprendida.
Adán guarda silencio.
—Mira, Adán, me da igual que me haya puesto los cuernos. Él va a ser mi marido. Yo seré la esposa del doctor del pueblo.
Se acerca a la ventana y dice:
—Nadie me ha visto llegar y nadie me va a ver salir. Quizás fue un error que nos viesen juntos en el bar del pueblo. —Y antes de salir concluye—. Lo sabré manejar.
Por largo tiempo Adán se queda mirando el techo.
Luego se viste y toma la libreta donde escribió la historia de Alicia y lee:
“Un gato que no sonríe duerme sobre la mesilla de noche, hay una baraja muda esparcida por el suelo.
Un conejo, sin reloj, salta tranquilo por la habitación de Alicia.
El sombrerero loco no ha venido, la reina de corazones ha perdido la cabeza.”
Cuando Alicia llegó a su casa, el gato estaba sobre el sofá y el conejo estaba escondido, vete tú a saber dónde.
Pisando los naipes esparcidos por el suelo, recoge los pedazos de la carta rasgada.
“La reina de corazones ha perdido la cabeza” —piensa.
Y luego tira con desdén los pedazos al suelo.
Se mira en el espejo y ve cómo se aleja el sombrerero loco.
—Adiós, Alicia —dice la alucinación tras su reflejo.
Adán en ese momento estaba saliendo de la pensión.
—Adiós, Alicia —dice en voz baja. Cierra la puerta y se dirige a la estación de bus.

![13 - GÉNESIS DE ESTE LIBRO [UN APUNTE AUTOBIOGRÁFICO] Génesis 1 – La paradoja del Buddha Avatar. Este libro comenzó siendo otro. Como yo era otro cuando comencé a escribirlo. Aún no he terminado. En muchos sentidos este libro nace de la paradoja. Por eso te digo que yo siempre miento. La frase “yo siempre miento” es verdadera cuando es falsa y falsa cuando es verdadera. Si es cierto que miento, entonces no miento siempre, y si no miento siempre, entonces estoy mintiendo si te lo digo. Pero si miento al decir que siempre miento, entonces es cierto que estoy mintiendo, y, por tanto, la frase es cierta. Al mentir que miento, estoy diciendo la verdad y, por tanto, mintiendo y diciendo la verdad al mismo tiempo. Una paradoja, por si no lo sabes, es eso: una idea que se vuelve contradictoria al aplicarle la lógica. Este libro comenzó siendo otro. Por tanto, ese “otro libro” que escribí no es “este libro”, y, sin embargo, en cierta forma es este mismo libro escrito de otra manera. Ese otro texto fue escrito en otro contexto. Ahora mismo, este capítulo que estás leyendo no es el texto que escribí cuando “terminé” el libro, puesto que yo, que ya conozco todo el texto, estoy revisando y reescribiendo mucho de cuanto escribí cuando lo “terminé”. Hasta que el libro no muera en forma de letra impresa, el libro seguirá cambiando. Ya te conté en el prólogo mucho de lo que aquí te amplío, por tanto, iré directo a contarte la paradoja del Buddha Avatar. El Buddha predicó una doctrina o sistema filosófico que prescindía de la idea de Dios. Es más, su prédica fue políticamente peligrosa, puesto que no solo prescindía de la idea de Dios, sino que afirmaba que no existía una entidad que pudiéramos llamar “un sí mismo”. Al argumentar eso, en cierta forma, destruía la idea misma de un ser, tanto individual como universal. El ser no era una entidad, la cual salvar de la materia, ni un ser con quien fundirse. Buddha al prescindir de la idea de Un Dios creador, incluso de Un Dios Gobernante, estaba destruyendo también el sistema político de castas y la autoridad sacerdotal. Quizás el Buddha fue el primer paso de una conspiración iluminada. No voy a desarrollar esto filosóficamente. Tampoco lo hice en su momento, lo que hice fue crear un relato. Se llamó “El sueño del samsara”. Pero la paradoja quedaba fuera de ese relato. La paradoja proviene del relato que los seguidores de Vishnu hicieron del Buddha. En algún momento de la historia, el Dios Solar de los Vedas pasó a ser encarnado por Vishnu. Y ese Vishnu pasó a ser un Dios principal. Un Dios que fundamentaba otra vez el relato védico. En este relato, el Dios Vishnu, según sus cronistas, había intervenido personalmente en la historia humana. Esa encarnación de Dios en su propia creación es lo que se llama un Avatar. Y algunas de las listas de encarnaciones de Dios citan al Buddha como Avatar. Un Avatar que quería engañar a los ateos para salvarlos. Para que pudieran adorarle, aunque no creyesen en Él. Estos dos relatos superpuestos no solo crean la paradoja que me inspiró, sino que conectaban con lo que entonces era el comienzo de la era cibernética. La idea hindú de Avatar da nombre al personaje que nos representa en un videojuego o una red social. Y la idea de Maya o Ilusión, tanto es lo que ahora llamamos Matrix como el nombre de la Madre de Siddhartha en el relato budista. ¿Ves como ese juego mental que hice en los años 90 conecta con nuestro presente? Tomando el relato budista y el relato védico sobre el Buddha, sin afirmar o negar el otro, tenemos una maravillosa paradoja. El Dios del Universo dicta los Vedas a Brahma, el arquitecto del universo, y en su última reencarnación (o penúltima) niega la autoridad de los Vedas, y niega que Un Dios haya creado el universo y lo dirija. Un Dios que se hace ateo al ver el sufrimiento que hay en su creación, y al igual que el Dios Shiva, decide destruir las bases del sistema, destruyendo la misma idea que se supone Él mismo encarna. Esta fue la primera de las paradojas que me llevaron a contar mi primer relato, porque al seguir investigando fui dándome cuenta de muchas relaciones entre diferentes relatos de la historia. Este primer relato, casi de 200 páginas, se llamó “El sueño del samsara” y de él surgió “La locura de Adán”. Génesis 2 – Eva creó a Adán Mientras mi mente estaba en medio de un caos asociativo en que se mezclaban ideologías políticas, símbolos, palabras y filosofías. El relato del Génesis estaba muy presente. Adán era un arquetipo recurrente en la cultura. Tanto en la religiosa como en la profana, pero especialmente en el ocultismo. Adán como arquetipo cabalista unía el yoga y el budismo con la cultura esotérica occidental. Pero como personaje nació de mi contexto personal. Mi compañera durante la escritura del primer libro se llamaba Eva y su hijo no se llamaba Aleph. O quizás tampoco ella se llamase Eva. Quiero que tengas esa duda, quiero que dudes de la realidad de lo que cuento. Lo que estás leyendo es un relato, y es importante que lo disfrutes como tal. Eva y Aleph eran mi familia, y yo era, pues, padre putativo de Aleph. Hacer el papel de padre mientas estudiaba y escribía un relato que cada vez más se revelaba como un desarrollo del patriarcado hizo que me preguntara hasta qué punto los problemas domésticos influían en la historia humana, porque de alguna forma estaban influyendo en mi relato. No solo estaba investigando la historia de la humanidad, mis tiempos de delirio creativo podía sentirlos como un diálogo entre dos formas de procesar la información. Una era semejante a ensoñar, era como contemplar esquemas visuales o ideas completas. El otro era racional, debía plasmar frases inteligibles. Fueran poéticas o prosaicas. No me era difícil asociar a “lo femenino” esa mente analógica y la racional a “lo masculino”. Era imposible crear mi libro sin manejar de forma armónica ambos funcionamientos. Por otro lado, armonizar mi relación con Eva era un reto mayor. Mi sentimiento de amor por ella rallaba la adoración, mi papel de padre de un hijo que no era genéticamente mío me llevaba a sentir que de alguna manera estaba en una relación con un pasado matriarcal. Yo no quería que Aleph cumpliera el patrón patriarcal en que el padre intenta dirigir la vida de su hijo a la continuidad de sus expectativas. Patrón, que de alguna manera sentía que estaba en la raíz de mis conflictos con mi padre. Para mí cuidar de nuestro hijo era una forma de amor por ella que me enriquecía. Pero los conflictos con Eva me estaban llevando a estados de ansiedad y depresión. Quisiera hablar más de eso, pero me desviaría de lo que deseo contar. Y por eso pasaré al desenlace de esa situación. Porque fue una situación muy traumática que me llevó a crear la primera historia en que aparece Adán como personaje, la ruptura. Quisiera hablar un poco de mi androginia. No, no siento que yo sea bisexual, ni transgénero. Simplemente, siento que mi personalidad contiene muchas características atribuidas socialmente a las mujeres. Hasta el punto de que muchas personas me han señalado mi feminidad y algunas han creído que soy gay. Pero no, conozco bien cómo funciona mi excitación sexual y cómo se relaciona con la condición sexual. Yo no soy bisexual, pero Eva sí lo es. Eva es a la vez muy femenina, pero también andrógina en muchos aspectos. No es que se me pasaran por alto todos los indicios que en su caso sí indicaban su bisexualidad; es que nunca me importaron. Nuestra sexualidad era muy rica, muy completa y pasional. Muy libre e intensa, pero hubo un momento en que quedó en segundo plano, y nuestras relaciones se fueron distanciando. Por otro lado, las críticas a mi hiperactividad, aumentaban. Ella se asustaba por mi imprevisibilidad, por mi impulsividad, y especialmente por mi tono de voz. Eva es un ser muy sensible a los ruidos, entraba en crisis ante las noticias de la tele y poco a poco vi que se asustaba de mí. Eso fue terrible. Yo sentía que había dejado de amarme, y que estaba en la relación porque la necesitaba. Que se sentía atrapada por mí. Pero aunque yo le decía que si no quería continuar conmigo, por favor me dejase. Ella aseguraba que el permanecer conmigo era la prueba de su amor por mí. Pero me era difícil sentir ese amor cuando reclamaba un gesto o una palabra, en momentos en que lo necesitaba. Esas veces, ella guardaba silencio cuando le preguntaba: - ¿Tú me quieres? Si me quieres, dímelo. Solo dilo. Ella se quedaba paralizada. Mi exigencia la bloqueaba. Mi desesperación la asustaba. Y si yo alzaba la voz al no poder comunicarme, si yo mostraba con mis gestos mi frustración me miraba con terror. - Yo jamás te haría daño, antes me hacía daño a mí mismo. Eso podía desembocar en un comportamiento autolesivo, como golpear mi cabeza contra la pared. No, no estoy orgulloso de ese comportamiento. Pero debo dejar claro que no hay culpable ni inocentes en esta historia. Me faltaba experiencia y educación emocional. Soy hiperactivo y excéntrico, muy emocional a veces, muy racional otras, y la incomunicación me deprime. Una amiga nos recomendó un homeópata que nos ayudaría a equilibrar nuestras energías. Yo sufría de ataques de ansiedad, dolores de estómago insoportables, periodos de profunda depresión. Ella, desde el principio, mostró reacciones que yo no podía entender. No sé si llamarlas bipolares, o eran del cuadro autista. No lo sé. Como dije, yo la doraba, me sentía muy bien cuando al principio mi presencia en su vida la sentía como sanadora, cuando sentía que la hacía feliz y podía apoyarla. Pero cuando eso dejó de suceder, me sentía tan frustrado que muchas veces miraba desde el sofá el balcón y pensaba en lanzarme al vacío. El homeópata primero me atendió a mí, me miró el iris y me hizo responder a un largo cuestionario. Luego entró ella y yo me quedé esperando por una hora. En un momento dado salió el médico y me hizo marchar diciendo que yo era un agresor y un peligro para esa mujer y su hijo. No recuerdo cómo llegué a casa de mi madre. Solo recuerdo que sabía que ya no podía estar a solas con Eva en mi casa. Que cualquier intento de comunicarme sin un mediador era peligroso. No porque yo fuera a hacerle daño, sino porque no sabía cómo podía ella reaccionar. El sanador que esperaba nos ayudara a comunicarnos me había separado de toda posibilidad de comunicación. Un tiempo después ella abandonó la casa, el niño estaba con su padre biológico y cuando regresó con ella nos vimos, para explicarle al niño nuestra separación y despedirnos. Fue un tiempo después que escribí el capítulo “El ocaso de Alba” que ya habrás leído si has iniciado la lectura desde el principio. Así fue como Eva dio nacimiento a Adán, mi personaje. La separación de Eva me sumió en una profunda disociación. No digo depresión porque no recuerdo muy bien ese periodo. La imagen de un zombi o un autómata definirían perfectamente como funcionaba en mi vida. Hasta que tuve la fortuna de ser apuñalado por un demente con el que me encontré a la puerta de un bar. De alguna manera, morí y renací en ese evento. Un evento que, lejos de dejarme traumatizado, me liberó. Esa historia será contada luego. Hubo un antes y un después de Eva y de ese intento de asesinarme perpetrado por un desconocido. Por años pensé que Eva no aparecería más en mi vida. Y, sin embargo, fue por ella que regresé de México meses después de la muerte de mi esposa. De eso hablaré en otro capítulo, como dije en el prólogo. Génesis 3 – Sexo y relaciones. Una vez terminé ese cuento, quise expresar de una nueva manera lo que había escrito en “El sueño del samsara”. La idea de Adán comenzó en el capítulo que ya conoces. A partir de ese relato comencé a escribir las aventuras de Adán, es decir, “La locura de Adán”. Y ese nuevo libro fue gestándose en un contexto diferente. “La locura de Adán” era al principio una exploración del impulso sexual en que camuflaba experiencias personales bajo la personalidad de Adán. Pero ahora me interesaba el lenguaje. Hacer nacer un personaje desde la palabra, mostrarlo como una pura invención en el propio texto, fue el primer paso. Quise evocar eso de que el verbo se hizo carne. Ese relato mejorado ya lo has leído. La idea es mostrar como creaba la ficción y a la vez darle vida, una vida autónoma, diferente de la mía. Hacer de Adán un personaje arquetípico y a la vez mundano. Una encarnación del verbo y a la vez un muchacho desorientado que vive en una realidad alucinatoria. La parte que completé siguiendo esa idea es la que da título a esta primera parte “De como Adán dejó de ser virgen” acabas de ver como se ve frente a un personaje inventado, Alicia, y como pasa a relacionarse con él. Alicia tiene mucho que ver con Afrodita. Después de que muriese mi relación con Eva, tuve una amante, una amiga con derechos, decía ella. Ni ella ni yo nos decidíamos a avanzar a una relación de pareja. Especialmente ella, pero tampoco yo. Ella, a quien llamaré Afrodita, tenía un hijo de la misma edad que tenía Aleph cuando Eva y él salieron de mi vida. A mí me horrorizaba quedar atrapado otra vez en una relación insana, y ella tenía un problema serio con las emociones que no le permitía tampoco desear un vínculo. A ambos nos frenaba nuestra relación anterior, lo cual derivaba en que, cada vez que ella sentía que íbamos a algo más del sexo y la compañía amistosa, cortaba con algún desplante el buen rollo y se alejaba, para posteriormente regresar. Esos acercamientos y separaciones sucedieron por años, ninguno preguntaba qué había hecho el otro y ninguno de los dos tenía una relación a la cual traicionar. No éramos pareja y no hacíamos preguntas sobre la vida sexual del otro. Nuestras separaciones nunca fueron conflictivas, pero cada vez tardábamos más en reencontrarnos y cada vez eran más encuentros sexuales y menos cualquier otro tipo de actividad. Yo hubiese querido avanzar a algo más que lo que había, pero al final desistí. Porque negarlo, era muy cómodo así. En una de esas separaciones apareció Nuria, la conocía hacía años casi de vista y fue comenzar a hablar y entendernos. Hacía dos meses que no tenía noticias de Afrodita cuando Nuria y yo pasamos nuestra primera noche juntos. Y a la mañana siguiente dijo una frase que me conmocionó. La misma frase la dijo en México, la que después fue mi mujer, Edna, también tras la primera noche juntos. - ¡Que bien se camina a tu lado! - Dijo en ese paseo. La idea de “caminar juntos” definía perfectamente lo que yo esperaba de una relación. Afrodita apareció de pronto de la nada. Me llamó para vernos y me dijo de pronto: - Pienso que podríamos llevar nuestra relación a un nuevo nivel. Yo me quedé anonadado, casi me dolía el corazón al oír a Afrodita decir eso justo cuando yo iba a comentarle que había conocido a Nuria y que me iba a vivir con ella. Nuria y Afrodita tenían amistades en común, y era evidente que Afrodita sabía que yo estaba saliendo con Nuria. Lo que no sabía es que nuestra relación iba en serio. Verla intentando recuperarme y diciendo lo que yo hubiese deseado oír desde hace años, me impactó. Rechazarla después de haberla deseado fue muy duro para mí. Pero imagino que para ella fue duro oír que escogía a otra. También lo fue verme como pareja de Nuria, puesto que ambas formaban parte del un mismo círculo de amistades y coincidimos en muchas fiestas y actividades. Pero solo al principio, no estuvo sola mucho tiempo. Caminé con Nuria por tres años, y fue una de las relaciones más placenteras que puedo recordar. Ella le dijo hace poco a una amiga que no habíamos sido pareja, sino “compañeros íntimos” y no puedo encontrar una definición mejor. Viajamos por toda España buscando vivir lejos de la ciudad, vendíamos camisetas pirata en los conciertos y de hecho jugábamos juntos la vida. Nos separó la necesidad de tomar diferentes formas de vida. Ella nómada y yo, forzado por la necesidad de ganar dinero, tuve que hacerme sedentario. Me quedé en su casa por un tiempo, y a veces hacíamos el amor, aunque ya no fuéramos pareja. Pero la situación era insostenible y Pa, a quien ya te he presentado, me acogió en su casa. En ese periodo me había propuesto unir el primer relato “El sueño del samsara” con “La locura de Adán”. El recurso era que Adán escribía en una libreta el libro anterior y sinceramente el resultado era horrible. Aunque realmente el trabajo fue muy interesante a nivel personal. Revisaba una y otra vez la historia de Nataraja y Siddhartha, en la que aparecían numerosos personajes y donde los sueños se mezclaban con la realidad. A la vez que intercalaba la historia de Adán escribiendo ese relato. Fui sumergiéndome otra vez en el trance asociativo, pero esta vez me desbordó. Me empezaba a pasar que personas y situaciones me recordaban a personajes de mi libro. Y uno de esos personajes se fusionó con Pa. Yo ya conocía a Pa. Desde hacía unos años. Nuria me la había presentado hacía años. Yo quedé impresionado por ella. Aparte de guapa, era muy inteligente y osada. Había viajado por muchos países, aunque últimamente viajaba a México, donde vivía su novio. Ya separado yo de Nuria, la encontré un día y me abrazo con mucho cariño. Justo cuando lo hizo sentí que una sacerdotisa de la ciudad matriarcal estaba encarnado por su personalidad. La cosa se puso fea cuando empecé a vivir en su casa. Y peor cuando me dijo que había cortado con su novio mexicano. Pa y yo pasábamos horas hablando de todo, fumando hachís y trasnochando. Un día, quejándose de su exnovio, dijo que cuando Nuria nos presentó, había deseado tener una pareja como yo. Esa fue la gota que colmó el vaso. Yo estaba perdidamente enamorado de ella y se lo dije. Me rechazó, pero seguimos igual que antes, solo que ahora yo no podía permanecer en su casa y fui a vivir a una casa ocupada del Raval. Ese periodo fue el fin de mi libro y una entrada en el caos. Mónica, una amiga recién separada, y su hijo entraron a vivir a la casa por petición mía. Pasábamos tiempo viendo la tele abrazados, muchas veces venía con amigos que recogía en sus salidas por la ciudad. Mónica es una persona generosa y amorosa, pero nada respetuosa. Llegaba a las 3 de la noche, ponía la música a tope, aunque yo tuviese que madrugar para trabajar al día siguiente. Yo hacía caso omiso del ruido. El caso es que una de sus amigas, cuando se cansaba de la reunión, venía a mi cama y tenía sexo conmigo, y luego se iba. Seguía viendo a Afrodita que continuaba con el novio que tuvo desde que yo estaba con Nuria. La historia se ponía rara cuando salíamos porque aunque no quería sexo si le gustaba besarse conmigo y eso me causaba confusión. Por otra parte, seguía viendo a Pa que había regresado con su novio mexicano. Y de vez en cuando en las fiestas acababa en la cama de desconocidas. A todo este desmadre le sumamos que yo había empezado a tomar éxtasis de forma habitual. Si de por sí yo soy bastante sensible, el éxtasis potenciaba más mi emotividad. Estaba enamorado de dos chicas y teniendo sexo con otras. Me vi desbordado, mi estado emocional llegó al límite y comencé a llorar sin razón por las calles. Estaba enamorado de Pa y también de Afrodita. Con Mónica estaba todo claro, pero dormíamos juntos, lo cual no me dejaba indiferente. Su amiga seguía metiéndose en mi cama, pero no manteníamos una relación propiamente. Digamos que hablábamos poco. Mis emociones iban, por un lado, y mi sexualidad por otro. No podía soportarlo. Evidentemente, dejé el éxtasis y otras drogas, me fui a la montaña un tiempo y me preparé para ir a México. Solo faltaba que me llegara un dinero que usaría para iniciar una nueva vida y tomar el avión. La noche antes de salir de Barcelona la pasé despidiéndome de Afrodita en una larga velada de besos. Génesis 4 – El duelo. La última fase del libro tiene que ver con el duelo. La escritura final de este libro comenzó algo más de un año después de la muerte de Edna, mi esposa, y un año aproximadamente de mi regreso de México a Barcelona. Ahora, después de añadir el prólogo, he comenzado a revisar el texto que terminé el 23 de septiembre de 2023. La vida rima de forma casi mágica, aunque esa magia sea un tanto macabra. Nuria murió tres días antes de escribir el prólogo. Y del mismo modo que el recuerdo de mi esposa me llevo a dar la forma final a este libro. Ahora la muerte de mi amiga me ha llevado a regresar al texto meses después de terminar. El amor duele, pero no me importa. Me preocupa mucho más sentirme cerrado, protegerme del dolor, porque siento ansiedad cuando hago eso. Protegerme del dolor a cambio de protegerme del amor es para mí perder el sentido de la vida. En México encontré el amor con Edna. Vivimos una relación mucho más difícil que la que viví con Nuria. Con Nuria éramos semejantes, Edna y yo teníamos puntos de vista dispares sobre la mayoría de las cosas. Pero ambos decidimos caminar juntos y el trayecto de mi vida que viví junto a ella duró 15 años. A pesar de todo, de cuanto una relación tiene de difícil, nuestra disparidad nos hizo superar muchos obstáculos. Apenas fumé algo de marihuana con algún amigo mientras estuve con ella. No porque renunciase a las drogas, simplemente ella no las consumía, ni bebía y yo tampoco necesitaba hacerlo. Tampoco salíamos de fiesta porque ella duraba poco en ellas. Se aburría y pedía marchar. Respecto al libro. Ella nunca lo leyó. Es curioso, pero ella que ayudaba a escribir a otras personas y que ayudó a publicar a algunos autores. Nunca quiso leer mi libro. La relación con Edna era así, cada uno tenía su espacio, y había un espacio común en que todo lo compartíamos. Planeábamos la vida juntos, la ruta, el siguiente paso que íbamos a dar. Y de pronto todo desapareció, todo un futuro con ella se convirtió en nada. Temores y expectativas demostraron ser solo una ilusión. Soy alguien diferente ahora. Después de que ella murió. También este libro es diferente a los que anteriormente escribí. Ahora este libro es personal, no es la historia de personajes imaginados en mi mente, tiene como fuente mis sentimientos y emociones. Básicamente, dolor y amor. Porque ambos van unidos, no son antagonistas. Simplemente, son los componentes del vivir. Vine de México por amor, regresé de allí por haber recuperado el amor de Eva. No, fue un romance muy largo. Quitando el romance por chat, la relación literalmente duró 4 días. Fue desagradable, pero fue lo mejor. No nos vemos, pero estoy en contacto por chat con ella. Me dolió, me dolió mucho. Me dolió el cómo sucedió todo, y me dolió el desengaño. Pero yo no quiero bellos engaños, amo la realidad. Esta realidad que nos sostiene y manifiesta, en la que encuentro siempre amigos, amigos que sé que no siempre podrán estar. Aun sin haberlos perdido aún, o ellos a mí, siento el duelo junto al calor de su presencia. Como en esos abrazos junto a Edna, en que me preguntaba en qué momento dejaría de estar conmigo. Todas las personas que he amado están en cierta forma en este libro. Algunas como Edna y Nuria ya no están en mi vida. Cada vez son más los amigos que desaparecen. Respecto a Pa. Bueno, ella fue la primera en irse. La vi por última vez en Tepoztlán, México, cuando Edna y yo estábamos comenzando a caminar juntos. Fue en esa ocasión que Pa me dijo que tenía cáncer de pecho. Murió mientras Edna y yo estábamos en Baja California Sur. Como dije, ella y yo hablábamos mucho, y quiero que una de sus historias quede escrita en este libro. Quiero que su número, el 23, esté presente en todo el libro. Voy a hablarte ahora de algo que me contó Pa. A veces se hacía llamar Fractali. Pero la conocí como Pa. Pa 23. Quizás pronto los libros los escriban inteligencias no humanas. Este lo estoy escribiendo yo desde mi ser. Y mis amigos forman parte de mi ser. Te cuento ahora lo que Pa me contó en una de nuestras charlas.](https://video-genesis.com/NFT/wp-content/uploads/2023/10/ALICIA-LOCA-DE-REMATE-EN-EL-PAIS-DE-LAS-MARAVILLAS-1024x585.webp)