LIBRO DE LITERATURA EXPERIMENTAL

Capítulo 12 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

¿QUÉ ME VAS A REGALAR?
[DE COMO ADÁN DEJÓ DE SER VIRGEN]

12 -¿QUÉ ME VAS A REGALAR?

[DE COMO ADÁN DEJÓ DE SER VIRGEN]

Alicia me miraba con una sonrisa pícara y seductora.
Escondí mi libreta en mi cazadora negra. No diré que lo sucedido fuera imposible, puesto que sucedió. Era improbable, pero ahí estaba ella. Alicia, un personaje inventado, estaba sentada frente a mí. Respiraba, me miraba y sonreía. Era preciosa; no sé de dónde sacaba lo de sentirse gorda.
Adán no salía de su asombro. De un nombre creó un personaje, del personaje, una historia y ahora ese personaje era una mujer de carne y hueso.

Llegó el café con sacarina.
Ella lo tomó como si fuese medicina; su ropa estaba sucia y llena de paja.
Yo no sabía qué decir.

No puedo preguntarle si esa noche un gato dormía sobre su mesilla de noche, ni si un conejo, sin reloj, saltaba tranquilo por la habitación, mientras ella, borracha, lloraba frente al espejo.

Ella se terminó el café y se sintió aliviada de su resaca. Quizás fuese el deseo que había despertado en ella el cuerpo desnudo de Adán, ahí en el lago, deseo que había llenado su mente de neurotransmisores, y su cuerpo de endorfinas, mientras seguía al muchacho hasta este momento presente en que se tomaba ese café.

Alicia me miró como si esperase que le dijese algo.
Yo tragué saliva; había estado a punto de felicitarla por su cumpleaños.

Al final me decidí por preguntar:

—¿Sabes dónde hay una pensión barata? Llegué ayer y todavía no conozco el pueblo.

—Cerca de la iglesia hay una que está bien. Se llama «Pensión Dolores». ¿Sabes que hoy es mi cumpleaños?

—¡Felicidades! ¿Es descortés preguntarte cuántos cumples?

—Dieciocho —contestó—. ¿Qué hacías en el lago? Parecía una ceremonia.

—En cierta forma lo era, una especie de bautismo. Es que hace poco creo que me volví loco —dice Adán—. Anduve días colgado, andaba, pero no podía pensar. Sentirme existir era doloroso. Deseaba morir, y de pronto en ese lugar me curé… creo.

—Ah, ¿sí? ¿Estás loco o solo lo crees? —contesta ella mirándome a los ojos. Me sonríe, se humedece los labios con disimulo y me pregunta:

—¿Qué me vas a regalar?

Adán, que estaba a punto de seguir filosofando, de pronto se siente excitado; todo su cuerpo siente esa excitación. Siente que esa pregunta le lleva a un juego que despierta su intuición.

—¿Qué me vas a regalar? —repite Alicia, y se humedece los labios para completar la frase, insinuando el tipo de regalo que desea.

Mientras hace eso, se siente sorprendida; normalmente se sentiría un poco ridícula poniéndose así en evidencia. Pero de alguna manera hoy se sentía valiente, osada. Como niña atraviesa. No en vano, hace poco estaba dispuesta a morir. Alicia sabía qué regalo deseaba y Adán también entendía la insinuación.

Adán mira a esa chica que ya es mujer y siente ascender un calor gozoso en el bajo vientre. No ha tenido ninguna erección; el calor ha subido para estallar en el corazón, y un poco en la cabeza. Se siente mareado.

De alguna manera, sabe que hoy terminará su virginidad. De alguna manera, sabe eso porque ya no se siente virgen.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

Una voluntad, un deseo, le llevó a esa discoteca.

¿Cómo se llamaba la discoteca?

Fue ahí donde comprendió que todos los sueños despiertan en la muerte. Que todos los sueños son nada, al despertar. Y en la oscuridad de una larga noche, se imaginó a sí mismo de mil maneras: como sombra en el averno, como Sakyamuni, el futuro Buddha, renunciando al mundo, como Zaratustra en la soledad de la montaña intuyendo una nueva condición humana, como yogui vagabundo sin destino, como beatnik, vagabundo del dharma… hasta que algo se rompió y descubrió un placer espontáneo junto al lago de montaña. Se reconoció desnudo, real, sin destino. Creía haber terminado con todas las fantasías. Y ahora se descubría en este juego extraño con su propia creación: Alicia. Y ni tan solo sentía que la situación fuese anormal.

Adán no deseaba una esposa, pero sí deseaba una mujer. La había imaginado realmente, o quizás había estado viéndola sin saberlo desde un lugar de la mente donde todos los conocimientos se guardan.

El depósito subconsciente, abismo donde dioses y demonios se ríen de nuestro ego consciente.

Desde un subconsciente omnisciente había visto a Alicia borracha en su habitación, intentando regresar a la infancia. Deseando la muerte para huir del dolor, el dolor de los sueños rotos. El dolor de la decepción. El subconsciente puede explicarlo todo.

Alicia había dicho algo, pero Adán entendió algo más:

“¿Me vas a regalar tu pene? ¿Vas a hacerme sentir de nuevo bella? ¿Fingiremos que nos amamos mientras jugamos a simular el juego de la reproducción?”. Eso entendió Adán, el joven loco, el vagabundo que buscaba unirse al mundo. Un mundo que para él era mujer.

A la inteligencia intuitiva muchos la creen mujer. ¿Acaso no fue Lilith la primera mujer de Adán?
Fue Eva quien sacó a Adán del paraíso. Ella inventó el bien y el mal. Lilith quizás fuera inocente. Quizás esa mujer decidida fuese el verdadero regalo de Dios que ese primer Adán no supo apreciar.

Lilith sabía gozar, pero ese otro Adán primordial la rechazó. Fue entonces que Adán se dividió y de su costado nació esa Eva que le daría descendencia y que, según escribió en el libro, dio nacimiento a la humanidad.

No sé si Lilith es esa intuición que es tu propia inteligencia oculta. Acaso esa mujer es la madre deseada de quien Adán un día se separó.

Tu intuir razona con todo aquello que no tienes presente en tu vigilancia. Todo aquello que no enfoca tu atención, tu intuición lo comprende, lo abarca. Ella recibe la información de los sentidos, pero en lugar de procesar la figura, procesa el fondo. Mientras la inteligencia de la razón procesa con el lenguaje, la mujer primordial vive en la analogía, la rima oculta de un presente que danza, que toma el gozo como guía.

La comprensión que surge de esa intuición es el lenguaje secreto de los amantes.

—¿Qué me vas a regalar? —había dicho Alicia hace un momento.

¿Podría ser mi polla un regalo apropiado? —piensa Adán—. Sería muy prosaico, siente que debe ser más sutil.

—Puedo regalarte placer —dice Adán, resulta más poético, y se queda sorprendido de oír sus propias palabras.

“¿He dicho yo esto? ¿He sido capaz de decir esto sin pestañear? ¿Qué barbaridad era esa que he pensado? ¿Quién ha pensado esto?”

Alicia acerca su rostro al de Adán. Él la mira y también se acerca, como si una fuerza suave de atracción los estuviera uniendo.
Cuando sus miradas casi se tocan, ella se estremece y cierra los ojos mientras él acerca sus labios aún más lentamente.

Un ligero roce y cuando la boca de ella se entreabre, él retira la suya lentamente.
Cuando Alicia abre los ojos viendo que el beso no llegaba, lo ve sonriendo con cierta malicia:

—¡Ven a la pensión conmigo! —dijo Adán.
—¡Esta noche vengo! —contestó ella—. ¡Espérame! ¿Vale?

Pude besarla, ella deseaba que la besase. Y no lo hice. Algo en mí estuvo operando como un código, haciéndome actuar sin miedo y sin ansia.

Sabía que retirarme la excitaría, y no sé cómo lo sabía. Ella aceptó su propuesta y yo la creí.

Estoy en la pensión Dolores, viendo los hechos como si supiese el guion. ¿No habré escrito yo lo que estoy viviendo? Al lado de la cama tengo los preservativos, seguro de lo que va a acontecer.

Por la ventana aún brilla el sol, caminando hacia el poniente.

Y aquí estoy esperando, mi cuerpo vibra radiante y tranquilo, como si fuese lo más normal del mundo. Sin nervios, y resulta que soy virgen. ¿De dónde surgió el valor? ¿Fue la ausencia de pensamientos y dudas? ¿De dónde surge una acción así?

Vi su deseo conectar con el mío y supe cómo actuar. Y aquí estoy esperando. No me importa si habrá o no sexo. Es como un sueño, sigue su curso. Y aquí estoy…
Esperando que se cumpla el sueño. Estoy esperando… en la pensión Dolores. Y tengo sueño.

No puedo evitar dormirme y sueño.

Sueño que soy Adán, tierra roja del Edén, el de los cuatro ríos.
Eva me mira, su cuerpo es tan dorado como el oro, su vientre fértil ha concebido, pero en sus ojos hay miedo.
Aún no hemos traicionado la Ley divina, aún no nos ha tentado el tiempo, aún no hemos inventado el bien y el mal.
Un buitre sobrevuela majestuoso el paraíso.
Ella está embarazada, y teme la sombra de esa ave magnífica.
Yo no me doy cuenta de su miedo. Ni de cómo, momento a momento, como una serpiente nos traga el tiempo.
Ella me mira y dice:

—Adán. ¡Deberíamos construir una casa!

Despierto del extraño sueño y me siento desorientado, pero, poco a poco, recuerdo.

Recuerdo quién se supone que soy, y dónde me encuentro.

Es de noche, todas las estrellas brillan esperando la luna. Penetrando con su suave luz la habitación donde me encuentro, me miran curiosas a través de la ventana.
Cuando una de ellas cae, formulo un deseo, con los ojos cerrados.
Unos golpes suaves en el cristal me confirman su cumplimiento, es Alicia.
¿Acaso he despertado en otro sueño?

Ahí está Alicia.
Entra como la luz de esas estrellas y siento que mi aliento sigue el ritmo de su respiración.
Entra como un ladrón, por la ventana; antes de entrar, ya tiene el botín.
Mi corazón se acelera en cuanto más ella se acerca.

Se detiene junto a mí y me mira con una mirada picarona, y casi sin mover su sonrisa dulce, me dice:
—Te invito a cava.

Yo miro su mano izquierda, y veo que, entre sus dedos, sostiene una botella de cava y unas copas de plástico.
Yo tomo la botella, y casi sin hacer ruido, la descorcho.

Ella ha puesto, sobre la mesilla de noche, las copas, junto a mis preservativos, y sobre una silla, su prenda de abrigo.
Está sentada en la cama, mirando cómo lleno su copa. Mira con sorpresa cómo tomo un sorbo y lo retengo en mi boca. Me acerco a su boca. Ella comprende y la abre. Saboreamos juntos el cava, con nuestras lenguas enroscándose como serpientes.

Cuando sus bocas se separan, ambos se desnudan mutuamente entre besos, caricias y suaves mordiscos.

Y la luna llena salió por el horizonte, sin que nos diéramos cuenta. Nos miraba desde la ventana, bañando con plata nuestra desnudez.

Desnudos, nos quedamos quietos, mirándonos, como púgiles en el ring, esperando la campana, como animales salvajes, a punto de descargar uno sobre el otro toda su fiereza.

Fue ella la que atacó primero. Empujándome en una embestida, me hizo caer de espaldas sobre el colchón.

Yo, mientras ella me besaba y me mordía, la tomé de los antebrazos y la hice girarse tomando revancha. Ella se relajó mientras besaba su cuello, lamía sus pechos. Succionaba y mordisqueaba sus pezones.
Cuando bajé lamiendo su piel hasta debajo del ombligo, sus caderas estaban bailando. Introduje mi cara entre sus piernas y lamí sus labios inferiores. Introduje la lengua entre sus labios. No sabía cómo orientarme más allá de esos confines.

Ella me indicó dónde estaba su clítoris, sorprendida de mi ignorancia, y luego proseguí guiado por sus suspiros, hasta que la oí gritar, aunque no de dolor.

Mi cuerpo tiembla de felicidad, de alguna manera está lleno de una energía extraña, producto del continuo excitarse y relajarse. Feliz de sentir su orgasmo, la miro.

—¿Quieres entrar? —me pregunta.

—Sí, claro —le digo.

Voy a tomar los condones, pero ella se adelanta y los tira al suelo.

—No los necesitamos —dice.
—¿Tomas la pastilla? —le pregunto.

Ella, sin responderme todavía, se pone encima de mí. Siento que su vagina traga mi pene.
Estoy demasiado excitado. Creo que no voy a poder contenerme. Pero en ese momento ella dice:

—¡Quiero quedar preñada!

Adán siente que su pene se hace casi insensible a causa del susto mientras ella se mueve libremente.
La reina de corazones ha perdido completamente la razón. Sus caderas parecen tener vida propia, su cuerpo parece estar en llamas.
Se mueve arriba y abajo, gira sobre el miembro y luego se detiene quieta sobre él y lo presiona con los músculos vaginales.

Adán se siente mareado, casi fuera de la escena, hasta que ella descarga sobre el pene un torrente de fluidos y él eyacula, casi por automatismo.
Ella grita y él suspira. En un momento todo acabó.

—¿Quieres hacerme padre? —dice Adán asustado.
—No, idiota, a ti no, a Andrés, mi novio. —dice Alicia mientras se separa de él para ir a buscar su ropa.

Adán mira perplejo cómo se viste con tranquilidad.

—Mira, Adán, eres muy guapo, pero eres un muerto de hambre que pasó por el pueblo.

Miro sorprendido la mirada fría de Alicia mientras dice eso.

—Pero tu novio se acostó con tu mejor amiga —dice Adán, como si intuyese la situación.
—¿Cómo sabes tú eso? —replica Alicia, sorprendida.

Adán guarda silencio.

—Mira, Adán, me da igual que me haya puesto los cuernos. Él va a ser mi marido. Yo seré la esposa del doctor del pueblo.

Se acerca a la ventana y dice:
—Nadie me ha visto llegar y nadie me va a ver salir. Quizás fue un error que nos viesen juntos en el bar del pueblo. —Y antes de salir concluye—. Lo sabré manejar.

Por largo tiempo Adán se queda mirando el techo.

Luego se viste y toma la libreta donde escribió la historia de Alicia y lee:

“Un gato que no sonríe duerme sobre la mesilla de noche, hay una baraja muda esparcida por el suelo.
Un conejo, sin reloj, salta tranquilo por la habitación de Alicia.
El sombrerero loco no ha venido, la reina de corazones ha perdido la cabeza.”

Cuando Alicia llegó a su casa, el gato estaba sobre el sofá y el conejo estaba escondido, vete tú a saber dónde.

Pisando los naipes esparcidos por el suelo, recoge los pedazos de la carta rasgada.

“La reina de corazones ha perdido la cabeza” —piensa.

Y luego tira con desdén los pedazos al suelo.

Se mira en el espejo y ve cómo se aleja el sombrerero loco.

—Adiós, Alicia —dice la alucinación tras su reflejo.

Adán en ese momento estaba saliendo de la pensión.

—Adiós, Alicia —dice en voz baja. Cierra la puerta y se dirige a la estación de bus.