10 - IMAGINANDO A ALICIA
[ALICIA FRENTE AL ESPEJO]
10 – IMAGINANDO A ALICIA
[ALICIA FRENTE AL ESPEJO]
Ahora soy Adán. Y quiero contarte el cuento de Alicia: Alicia, frente al espejo.
Imagino a una muchacha, de nombre Alicia, y escribo el título en mi cuaderno: Alicia, frente al espejo. Estoy en un pueblo de montaña al que llegué desde el lago, renovado, limpio y fresco. Lo primero que hice fue comprar este cuaderno en la única tienda del pueblo. Escribiré esta historia, sentado en el bar donde me encuentro. El aroma del café anuncia que se acerca el camarero. Cierro los ojos e inspiro el aroma que llega. Me despierto solo de olerlo.
¡Qué poderosa es la mente! ¡Solo de olerlo me despierto!
Tomo un trago del café, lo saboreo. Ahora me pongo a escribir:
Un gato que no sonríe duerme sobre la mesilla de noche, una baraja muda esparcida por el suelo. Un conejo, sin reloj, salta tranquilo por la habitación de Alicia. El sombrerero loco no ha venido, la reina de corazones ha perdido la cabeza.
Alicia rompió el naipe, le cortó la cabeza a la reina de corazones y ahora aplasta sus pechos contra un espejo. Hoy es su no-cumpleaños, pero mañana no. Mañana cumplirá los dieciocho, y no quiere. No quiere esos pechos hinchados, no le gusta su cuerpo.
El gato despierta y salta. Se coloca junto a la chica. Ella lo ignora y mira una botella que le dice:
—¡Bébeme!
Pero por más que Alicia bebe, no cambia de tamaño.
—¡Quizás no sea la botella correcta!
Probará otra con más graduación, mientras llora con la esperanza de inundar la habitación, y aplasta su cara contra el espejo.
A un lado del espejo, un gato rojo frente a su reflejo. Su reflejo parece sonreír.
Llega por fin el sombrerero loco y le dice:
—¡Feliz no-cumpleaños, Alicia!
—Gr…aci..as —contesta ella con dificultad.
—Ven, no te quedes a ese lado —le dice el sombrerero—. Atraviesa la ilusión, ven a mi lado. Ven a mi lado del espejo.
—Mañana es… mi cumple…años —responde al sombrerero loco Alicia—. No… puedo atravesar el es…pejo, soy mujer, no… niña.
—Ven, Alicia, ven. No te quedes en ese lado. Atraviesa al otro lado. Ven.
—Vete… a… la… mierda.
Alicia piensa que el sombrero loco está loco, no quiere hablar más con él. Lo que quiere es matar a su novio y a su mejor amiga a la vez.
—Cabrones… Él era… mío… —dice mientras intenta mantener la dignidad en el balbuceo.
Se piensa suicidar, de hoy no pasa. Es domingo, ayer le dejó su novio. Ayer le traicionó también su mejor amiga.
—Tienes que entenderlo, Alicia —dijo Magda—. Él no tiene valor para decírtelo. Pero yo soy tu amiga y no podía seguir ocultándotelo.
—Claro, liarte con mi novio no es un problema para ser amigas. Pero, claro. Está feo mentir…
—No seas así, nos enamoramos sin darnos cuenta.
Alicia no escuchaba, desde que empezó a engordar sabía que ya no gustaba tanto a Andrés. Andrés se había enamorado de la chica más despampanante del pueblo. La primera que se hizo mujer de las de su edad, se llamaba Alicia. Pero el cisne empezó a engordar y se transformó en foca, el espejo le contó el cuento del patito feo, pero al revés.
—Soy una f…oca borracha —se dijo—. Y meeee… voy a suicidar…
Gorda y fea es como se veía todo al revés en el espejo. El espejo que sus grandes pechos no le dejaban atravesar. ¿Para qué iba a atravesar el espejo si lo que veía ahí era la peor imagen de sí misma mostrada como realidad?
Ahí, al otro lado, el sombrerero loco, que escuchaba sus pensamientos, sonreía.
Alicia tenía un futuro previsto en que ella sería la esposa de Andrés. La esposa del doctor Andrés. Andrés era el chico más guapo del pueblo. De buena familia, estudiaba medicina y sería doctor. Ahora Magda tenía lo que ella había tenido, buena figura y a su novio.
Alicia en realidad no había engordado ni un gramo desde que Andrés la conoció, pero ahora se veía gorda. Necesitaba encontrar un motivo de la traición y pensó que era, que podía ser haber perdido su figura, su tipo. Magda era más delgada que ella. Así encontró una explicación para el desamor; era la única diferencia que veía entre su amiga y ella misma.
—Me suicidaré en el lago —pensó mientras bajaba, agarrada a la barandilla, haciendo equilibrios por la escalera.
Atravesó las calles del pueblo haciendo eses y tomó el camino al bosque.
El alcohol había transformado el espacio en una masa líquida. El camino, largo de por sí, era interminable. Se tumbó en un pajar que encontró, oscurecía. Se hizo de noche, mientras Adán aún viajaba en el autobús.
Adán paró de escribir, sorprendido de esa frase que acababa de escribir:
«Se hizo de noche, mientras Adán aún viajaba en el autobús.»
“Queda raro, pero seguiré por ese camino” —piensa Adán—. “Me incluiré yo mismo en el cuento.”
Tras tomar esa decisión, mira la taza vacía y busca al camarero.
—Por favor, póngame otro café con leche. Si es tan amable —le dice.
Así, sin darse cuenta, se vio contando su llegada mezclada con la ficción. Ahora él formaba parte del cuento de Alicia.
Así que escribió:
Cuando Adán llegó al pueblo, era de noche, tenía la cara maquillada como calavera cuando bajó en una parada cualquiera y tomó el camino que le llevaría al lago al amanecer.
En ese momento, Alicia había caído dormida en un pajar, ajena a los sonidos del monte. Ella no despertó hasta el amanecer.
Le dolía la cabeza y sentía el cuerpo dolorido cuando despertó ese amanecer.
—¡Maldita resaca! —se dijo—. ¿Qué pensaba hacer? ¡Ah, sí! El lago…
Fue caminando decidida hacia su planeado final. Conocía esos parajes y sabía que tras una loma, tras un florido prado, rodeado de árboles variados, le esperaba la profundidad del lago, su última morada.
—Tal ocasión precisa una ceremonia —se dijo—. Recogeré flores para que, cuando lo encuentren, mi cuerpo esté rodeado de ellas. Como en el cuadro de Ofelia.
Tras recoger un ramo de flores y adornarse el pelo con algunas de ellas, llegó a la arboleda.
Alicia tenía los ojos casi cerrados, el ceño fruncido, y su rubio cabello lleno de flores, cuando vio a Adán, desnudo bajo una higuera. Parecía feliz…
—No está mal el chico. ¡Uf! —se dijo, resintiendo el dolor de cabeza.
El muchacho desconocido se levantó, y con las manos unidas en gesto de oración, comenzó a avanzar hacia las aguas.
—¡Ese tío se está suicidando en mi lago! —se dijo Alicia, indignada.
Se sentía como si hubiese encontrado en una fiesta a otra chica con el mismo vestido que ella.
—¡Se me ha adelantado!
El muchacho bajó los brazos mientras cerraba los puños y se detenía. Abrió los ojos como enloquecido y, gritando como un león, comenzó a correr hasta que se sumergió en el lago.
Alicia contuvo el aliento, creyó ahogarse en la espera. De pronto el muchacho salió del agua, y Alicia suspiró.
—¡Ah!
Alicia soltó las margaritas y se escondió tras unas matas. El muchacho se vistió y se fue alejando, ella le siguió en la distancia hacia el pueblo. Le siguió hasta que el chico entró en el Bar «La cantina». Entonces se detuvo. Se quedó parada un rato en medio de la plaza del pueblo hasta que se sintió ridícula. Y se fue a sentar en un banco de piedra.
¿Qué extraña situación estoy describiendo? ¿Existe esa tal Alicia? ¿Está esa chica que he imaginado ahí afuera, frente a este bar donde estoy escribiendo?
Continuaré escribiendo esta ficción. Haré que entre en este bar.
Alicia tardó bastante en decidirse a entrar en el bar. Entró buscando al muchacho con la mirada; estaba sentado, tomando un café y escribiendo.
Estaba concentrado en la lectura, pero hizo una pausa y buscó con la mirada al camarero.
—Por favor, póngame un café con leche. Si es tan amable —gritó al verle.
«Y si lo que escribo ha sucedido. ¿No me convertiría eso en el demiurgo de mi destino?»
Ese pensamiento le estremece por un momento, pero después lo olvida.
Miro lo que acabo de escribir y veo cuál es el desarrollo lógico del relato.
“Ella está sin duda aquí” —pienso, mientras levanto mi mirada. Y la veo.
Plantada ante mí, una chica rubia, con flores en el pelo, me está mirando.
Ella se sorprende cuando mis ojos se cruzan con los suyos. No aparta la mirada, sonríe. Le sonrío yo también. Con la mano le indico que se acerque y cuando la tengo cerca le pregunto:
—Creo que nos conocemos, ¿verdad?
—Yo te vi bajo una higuera, junto al lago, creía que no me veías.
—Me puedes llamar Adán, ¿quieres tomar algo? Te invito.
—Pues a mí me puedes llamar Alicia. Y te agradeceré un café, con sacarina.
Adán cierra su cuaderno y mira a ese personaje que parece haber salido de un cuento.
Alicia está sonriendo mientras le mira con picardía y con un dedo juega con su pelo.
Algunas flores de su cabello van cayendo al suelo.

