15- UN VIAJE EN AUTOBÚS
[SUGESTIONES]
16 – ESOS OJOS, NEGROS, PROFUNDOS.
[DE COMO ADÁN COMENZÓ A FUMAR]
Su nombre no importa. Yo la llamaré Luz.
Era mi mejor amiga, teníamos una relación curiosa. Ella era lesbiana y yo fui el primero al que se lo dijo.
Me gustaron sus ojos, oscuros, morunos y grandes, así los recuerdo.
La conocí en el bar de debajo de mi casa en Sant Cugat del Valles, Barcelona.
Un día le dije que me gustaba, y ella me contestó:
– A mí me gustan las chicas en realidad.
– ¿Y tienes novia? – le pregunté.
– No sé donde conocer chicas como yo.
No sé por qué ella confiaba tanto en mí. Yo la quería, pero no la quería para mí.
Dicen que el amor es desear el bien ajeno, y yo todavía creo en el amor.
Luz se quedaba muchas veces en mi casa, dormía en mi cama y se dejaba acariciar por mí. Yo la respetaba y a la vez disfrutaba del contacto, del tacto de su piel y ella disfrutaba también.
Una amiga que se declaró bisexual me dio la dirección de un local gay de chicas, donde dejaban entrar a chicos también.
Luz no quería ir sola al local, así que fuimos juntos, o juntas… qué más da un género u otro en el texto. Somos seres humanos, animales humanos. Pero somos personas también, almas, si te gusta pensar así. El cuerpo tiene sexo, los conceptos no. Así que eramos dos almas, dos personas, y nos íbamos de fiesta juntas.
Nuestra relación se distanció cuando Eva y yo comenzamos a vivir juntos. Ella se mostraba celosa. No sé cómo fue o qué dijo, pero lo percibí. ¿Celos? En su momento no entendí. ¿Celosa de que yo estuviese con otra? No tenía sentido para mí su distancia. No entendía la naturaleza de esos celos que percibí. Solo cuando Eva y yo nos separamos, entendí sus celos, por fin.
Eva y Luz se hicieron pareja.
La última vez que nos vimos ella me negó la palabra. Yo me sentí triste, nunca más la vi.
Esos ojos morunos, sus pechos tersos bajo mis manos mientras veíamos la tele a solas en mi casa o en la de sus padres, en su habitación. Era una relación extraña, amistosa, confiada en la que un erotismo suave parecía fluir entre nosotras. Yo tras estar así con ella, sentía un cosquilleo en toda la piel y un bienestar sereno.
Y de pronto ella se alejó y se perdió en el tiempo. De alguna forma sentía una pertenencia casi de pareja con ella. Nada que fuese pasional, nada que fuese posesivo. Era amistad, pero con hombres esa forma de estar juntos no me sucede. Tampoco es fácil cuando el deseo por la mujer es más fuerte. Era mi amiga, solo amiga. Y ya nunca la volví a ver. Hoy por hoy sé que está viva. Poco más.
A Eva la volví a ver. Por ella supe algo más de Luz. Pero hasta el momento sé que está bien, una amiga suya me lo dijo.
Menciono a Luz porque voy a crear un personaje inspirado en ella. Adán está a punto de conocerla.
Dejó atrás a la rubia y caminó hacia la playa. Fue en un banco del paseo marítimo que sus ojos se cruzaron con los de ella. Eran unos ojos negros, morunos, grandes y profundos, Tan profundos como solo el color negro puede ser.
Al ver pasar a Adán, ella le pidió un cigarrillo y Adán, que no fumaba, le dijo que esperase un momento. Fue a un cajero automático a retirar algo de efectivo, entró en un bar y sacó un paquete de Camel. Simplemente, le gustó el diseño.
No había entonces advertencias de muerte en las cajetillas de tabaco. Fumar tabaco no estaba perseguido por la ley.
Adán se acercó a ella y le regaló la cajetilla.
– Me llamo Adriana, y tú. – dijo mientras tomaba el paquete de cigarros.
– Yo me llamo Adán. ¿Tienes fuego?
– Sí, sí tengo. – dijo ella – Siéntate a fumar conmigo, por favor. Me siento muy sola.
– De acuerdo. – dijo Adán, mientras tomaba asiento al lado de Adriana – Yo estoy solo también.
Ella encendió un cigarrillo y se lo pasó a él. Él tosió al dar la primera calada. Era su primera vez, luego aprendió a tragar el humo y se sintió mareado. A su lado, la chica de ojos negros y pelo corto prendió otro cigarro y estuvieron fumando en silencio.
El paseo marítimo era un continuo transitar de gentes. Unos vestidos, otros en bañador. También paseaban perros con y sin correa. De vez en cuando una o dos bicicletas pasaban esquivando a los transeúntes.
Adriana no decía nada, y Adán también guardó silencio.
Ella prendió otro par de cigarrillos y volvieron a fumar en silencio. Las gaviotas sobre sus cabezas iban y venían, del mar a… vete tú a saber donde. No sé. Solo volaban. De vez en cuando algunas se posaba a sus espaldas sobre la barandilla que separaba el paseo de la playa. Y luego alzaban el vuelo de nuevo.
– Oye Adán. – Dijo la muchacha – No pienses que quiero ligar.
– ¿Qué haces aquí sola? – dijo Adán evitando el tema – ¿Estás veraneando aquí?
– Vine a reunirme con una amiga de la que me había enamorado.
– ¡Oh! – Exclamó Adán sorprendido – ¿Y qué pasó?
– Solo jugaba conmigo. Vine desde lejos para verla, pero mi visita la enojó. La puso en un compromiso y prefirió ignorarme.
– ¿Fuiste a su casa por sorpresa?
– Ella me había invitado estando borracha. Pero cuando me vio en la puerta se sintió comprometida.
– Es una historia triste.
– Sí. – dijo ella – Estoy muy triste.
Prendieron otro cigarrillo cada uno, y guardaron silencio mientras veían a la gente pasar. Graznaban las gaviotas, acompañando el sonido de las olas. Les envolvía un murmullo humano de fondo que sonaba ininteligible. Ese extraño sonido que se oye cuando no escuchas las palabras y donde todos los idiomas parecen sonar igual.
En cierta forma ellos dos eran personas y los que les rodeaban era gente. Una pequeña diferencia que en ese momento los unió.
– Oye Adriana ¿Tienes dinero para comer y lugar para dormir?
– Apenas me queda nada. Tengo suficiente para volver a casa y poco más – dijo ella y después aclaró – Pero no quiero volver.
– Podemos dormir juntos, como amigos en algún albergue o pensión.
– No buscarás sexo conmigo. ¿verdad?
– Quiero dormir abrazado a ti, si me permites. Pero si te incomoda puedo dormir en el suelo, o en el sofá, si es que hay.
– Lo pienso ¿vale? Mi idea era dormir en la playa. ¿Me invitas a comer?
– Por supuesto. Yo también tengo hambre.
Adán la llevó a un bar de tapas lejos de la playa y de la zona turística para no sobrepasar su presupuesto. Quería ser prudente con los gastos. La tarjeta crédito era de su padre, no quería abusar.
“Quizás debiera llamar a mis padres – pensó Adán -¿Pero qué les voy a decir?”
El bar donde comieron no era tan barato ni tan caro. Era un bar de pueblo, con pocos turistas.
– ¿Un albergue o una pensión? – dijo el dueño del bar – Vaya, vaya parejita. ¿Buscáis un nido de amor?
– Somos hermanos, tío. – dijo Adriana enojada.
– Vale, vale, niña. Haré ver que te creo – contestó incrédulo el hombre – Les voy a dar la dirección de un hotelito agradable y barato, pero está lejos de la playa.
Al salir del bar Adriana tomó la mano de su amigo. Él se emocionó al sentir el contacto.
– No quiero que duermas en el suelo ni en el sofá – dijo ella.
– Quizás quiera acariciarte – Dijo él – Solo cariño ¿Vale?
– Si me gusta no diré nada, si me molesta te lo diré.
– ¡De acuerdo! – dijo Adán – ¿Somos amigos, pues?
– ¿A ti qué te parece? Tonto.
Él la miró con cariño, sentía el corazón abierto. Ella le miró también. Sus ojos eran negros, morunos, grandes y profundos. A él le parecía que miraran su alma.
Y se acordó de la rubia del autobús, de las miradas furtivas que le dirigió durante el viaje. De como jugaba con su pelo mientras sonreía. Y sí, también de su culo en pompa mientras recogía el equipaje. ¡Quería volverla a ver!
Una vez en el hotel, ambos se ducharon por turnos, pero no se vistieron del todo. Hacía calor.
En calzoncillos él. En bragas ella y sin sostén. Se sentaron en la cama en silencio.
Ella quiso reclinarse sobre el pecho de Adán y él la rodeó con sus brazos, apoyando sus manos en su vientre.
Ambos estaban tranquilos. Y sentían un extraño gozo que recorría sus cuerpos como una brillante corriente. Él llevó sus manos a sus pechos, acariciándolos suavemente, evitando los pezones.
Esa sensación de gozo brillante no provocaba ninguna erección a Adán, más bien sentía un extraño calor en el pecho, o más bien entre sus pechos. En el centro del corazón.
– Adriana. – Dijo Adán – ¿Te sientes a gusto?
– Sí, pero quisiera dormir un poco.
– Yo creo que voy a salir. – dijo Adán – Compraré algo de comida en el súper.
– Trae cerveza, porfa.
– Si claro que traeré.
Al salir del hotel volvió a pensar en la rubia.
“Debí decirle algo cuando pude – pensó – Creo que le gusté”
Mientras hacía las compras buscaba que el azar le llevara a ella. La buscaba con la mirada entre la gente.
“Es un poco mayor para mí, ¿qué tendrá?”- se preguntó Adán -» Por lo menos 24 o 25.» «No creo que realmente se fijase en mí. Debe verme como un crío.»
Se dirigió con las bolsas de la compra al paseo marítimo. Esperando que ella pasase frente al banco donde se sentó a fumar.
– El Fortuna es más barato – dijo en voz baja mientras rascaba un fósforo para encender el cigarrillo
La rubia no pasó, por supuesto. El encuentro deseado no se produjo ese día.
Adán preparó algo de comida mientras Adriana dormía. La oyó despertase y luego llorar, la vio salir de la cama e ir al lavabo. El sonido del agua corriendo por el retrete anunció su salida.
– Buenas tardes, Adán.
– Buenas tardes, Adriana. ¿Te sientes bien?
– Me siento triste, pero estoy contenta de estar aquí contigo.
– Anda ven a comer. He preparado unos bocatas.
– ¿Dónde está la cerveza?
– En la nevera.
– ¡Ostras! ¿Tenemos nevera?
– Es pequeñita, pero enfría.
Ella sacó dos botellas de cerveza, e hizo saltar las chapas con el mechero. Empezó a beberse una y le pasó otra a él.
Comieron, bebieron, y volvieron a beber, como peces en el río, al ver a Dios nacer.
Por la noche, en verano, da gusto pasear. Y eso hicieron.
Pasando por una calle ruidosa llena de bares y de mesas con gente, alguien reconoció a Adán.
– ¡Oye nen! – Gritó una voz masculina – ¿No te acuerdas de mí?
Adán no salía de su asombro al reconocer a Pedro sin uniforme sentado solo en la terraza de un bar.
– Sí, si me acuerdo… Pablo te llamabas ¿No?
– Nunca me llamé Pablo, soy Pedro. ¿No me vas a presentar a tu amiga?
– ¡oh, sí, claro! – dijo Adán – Ella es Adriana.
Luego mirando a Adriana y señalando a Pedro, Adán dijo:
– Él es Pedro. Trabaja o trabajaba de guardia jurado en una discoteca. ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo.
– “El Cielo” – dijo Pedro
– No jodas. – contestó Adriana – Pedro, el guardia jurado de “El Cielo”. Tiene cierta gracia, ¿no?
Pedro nunca había caído en la ironía que suponía trabajar de “guardián del cielo”.
– ¡Ostras, es cierto! Nunca me di cuenta de ello. Sí, tiene algo de gracia la cosa. – hizo una pausa y añadió – Por qué no se sientan un rato, les invito a una cerveza.
– Me cae bien este tal, Pedro. – Dijo Adriana mientras se sentaba.
Adán no dijo nada, pero se sentó.
– Tu amigo es un tipazo. – Dijo Pedro.
– ¡Ya lo sé! – Dijo Adriana. – Pero ¿por qué lo dices?
– No hablemos de ello, ¿vale? – dijo Adán.
– ¿Ahora vamos con secretos? – protestó Adriana.
– Creo que Adán tiene razón – respondió Pedro – No es un asunto agradable. Ya te contará él lo que pasó, si quiere.
Pedro se levantó para ir a la barra a pedir las dos cervezas.
– ¿No me vas a contar? – dijo Adriana mirando a Adán.
Pedro guardó silencio. Ella vio una sombra de tristeza en los ojos de su amigo y no insistió. Fuera lo que fuera lo que pasó en “el cielo”, en “el cielo” se quedó.
Cuando vino Pedro con las cervezas, ambos estaban en silencio.
– Está fatal el servicio. – dijo – Las he tenido que traer yo.
– ¿Trabajas de guardia jurado? – Preguntó Adriana.
– ¡A veces! – contestó Pedro – Este mes estoy de vacaciones. No trabajo en “El Cielo” en agosto.
– Hasta en el cielo hacen vacaciones – bromeó Adriana.
– No, “el cielo” sigue abierto. Pero Pedro estaba hasta los huevos de “el cielo” y se fue a la playa. Dijo Pedro siguiendo la broma.
Adán rio las gracias de ambos, y tomó un trago.
Dos rondas de cerveza más, conversación intrascendente y algún chiste ocuparon el tiempo. Hasta que se produjo una pausa.
– Creo que mejor vamos a dormir – dijo Adán de improviso.
– Sí, también yo estoy cansada.
– Me pueden encontrar aquí como a esta hora. Podemos ir a una discoteca. Puedo entrar gratis con varios amigos. – dijo Pedro – ¿Tenéis móvil?
Ambos contestaron que no. Y macharon con la promesa de un próximo encuentro.
No durmieron abrazados, la noche era calurosa. Y ya habían tenido bastantes mimos ese día.
Cerca del hotel de los chicos, la rubia del autobús, estaba limpiando su apartamento. Meses de estar deshabitado habían llenado de polvo y arena el apartamento.
Llevaba todo el día limpiando y estaba cansada.
– Mañana termino – dijo para sus adentros – a fin de cuenta pasaré estos días sola. ¿Por qué me pongo a trabajar tanto si no están los niños?
Salió a la terraza y miró la luna reflejando una estela en el mar.
El sonido constante de las olas la relajaba. Y de algún modo los mosquitos picando su cuerpo por doquier no le molestaban.
“¿Por qué no le dije nada a ese chico del bus?” Pensó.
Adriana se despertó por la madrugada y vio a Adán durmiendo a su lado.
No había dormido nunca con un chico, pero Adán le hacía sentir bien. Tenía algo de andrógino el muchacho.
“Lástima que tenga pene y no tenga tetas” – pensó – Como chica sería guapa.
Se puso a mirar la luna, que se reflejaba, como una estela, sobre las olas.
La luna se reflejaba en sus ojos negros, morunos, grandes y profundos.
En la negrura reflectante de esos ojos estaban también el cielo, el mar, y todas las casas que eran visibles desde el balcón de su habitación.
Entonces pensó en el despecho de su amiga. Pensó que había sido cobarde y falsa.
– Carlota, eres una puta – Dijo Adriana con rabia y luego, en silencio, lloró.

