17 VAMOS A LA PLAYA, PERO NO
[SOFÍA]
17 VAMOS A LA PLAYA, PERO NO
[SOFÍA]
—Perdona, papá. Ya sé que debía haber llamado antes —dijo Adán al teléfono.
—…
Adriana fumaba tranquila fuera de la cabina, escuchando la conversación, que, desde su posición, se parecía más a un monólogo.
—Pues dile a mamá que deje de preocuparse. Que estoy bien.
—…
—En la playa con una amiga.
—…
—Solo amiga, papá.
—…
—Bueno, en realidad estuve con alguien hace dos días.
—…
—Sí, papá, en el sentido de follar.
—…
—Sí, chica. ¿De veras piensas que soy gay?
—…
—No, no me ofende. Solo que no lo soy.
—…
—Pues claro que te lo diría.
—…
—Vale, papá, gracias.
—…
—No, no te contaré detalles. Dale un beso a mamá cuando regrese.
—…
—Sí, papá, ya sé que eso de viajar no estaba en los planes. Quiero colgar, que me espera Adriana.
—… Sí, muy guapa, papá. Cuelgo, adiós.
Cuando Adán salió de la cabina, Adriana le dijo, mientras imitaba a un maniquí:
—Muy guapa, papá. ¿De veras me encuentras guapa?
—Sí, eres guapa.
—Tú también eres guapo, pero no eres mi tipo.
—Lo sé. Adriana, lo sé.
Adriana encendió un cigarrillo nuevo con la brasa del que se acababa de fumar.
—No, ¿crees que fumas demasiado? —preguntó Adán.
—A los personajes de ficción no nos da nunca cáncer de pulmón —respondió Adriana.
—Eso lo dirás porque no has leído mucho. Si el autor quiere, nos mata —dijo Adán.
—Ah, ¿pero tú crees en Dios? —preguntó Adriana.
—¿Y tú? ¿Te crees un personaje de un cuento o una película? —contestó Adán.
—Voy demasiadas veces al baño —dijo Adriana.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Adán.
—Que si voy a mear debo ser real. ¿Has visto a Jesús meando? ¿O a Buda? —respondió Adriana.
—Ni en pintura… —dijo Adán.
—Pues eso. Debo ser real, a menos que estemos en un sueño —contestó Adriana.
—Es cierto. En los sueños se mea y acostumbra a ser fatal —concluyó Adán.
Siguieron diciendo burradas mientras se dirigían a la playa.
En un mercadillo, Adán se compró un bañador y una toalla. Adriana llevaba puesto el bañador debajo de su camiseta y una toalla en la mochila.
—¿No crees que nos falta una sombrilla? —dijo Adriana.
—Mira, ahí al lado venden —dijo Adán—. Voy a comprar una.
Adán llegó a la playa buscando a la mujer del bus con la mirada.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Adriana.
—En realidad sí, a una rubia.
—Oh vaya contigo. No eres ni mi novio y ya me eres infiel.
—¡No está! —quiso concluir Adán.
—Espera, que te ayudo —dijo Adriana. Puso la palma abierta sobre los ojos y giró en todas direcciones, fingiendo buscar a la rubia.
Adán la miraba con fastidio, cuando vio a su amiga cambiar de pronto de expresión.
—¡Mierda, ahí está Carlota, con toda su familia! —exclamó Adriana.
—¿Carlota? ¿Quién es Carlota?
—¿Tú eres tonto o solo lo haces ver?
—¡Tu amiga, claro!
—La que se deja comer el coño cuando se emborracha.
—La que te invitó a venir, ¿no es cierto?
—Me voy a la pensión. No me sigas, porfa, quiero estar sola.
—Vale —dijo Adán—. Me tomaré mi tiempo.
A Adán le dejó de apetecer la playa y se sentó en un banco del paseo marítimo.
—Bueno, un cigarrillo no me va a matar —dijo sacando su paquete de Fortuna del bolsillo del pantalón. Con el cigarro en la boca rebuscó inútilmente buscando las cerillas. Se las había llevado Adriana.
—Joder.
Miró a su alrededor buscando el humo de un cigarro que delatase a un fumador. No tardó en ver la señal saliendo de debajo de una pamela rosa. Era una chica con bañador del mismo color, que estaba mirando el mar desde la barandilla del paseo, a unos metros de él. Estaba de espaldas, pero algo en ella le resultaba familiar.
—Ese trasero me suena, pero no puede ser ella —pensó.
Pero sí era posible, aunque fuera improbable. Era la mujer que había visto en el autobús.
—¿Tiene usted fuego? —le dijo a la rubia.
—¿Tan vieja me veo que me tratas de usted? —contestó ella.
—Perdona. No, claro que no. ¿Yo te conozco? —dijo Adán.
—¿Tú crees? —dijo ella fingiendo no reconocerle—. ¿De dónde?
—Viniste ayer en el mismo bus que yo —contestó él.
—¿No querías fuego? —dijo la rubia mostrando el encendedor en la palma de la mano.
—Ah, sí —respondió Adán.
Tomó el encendedor y prendió su cigarro.
“¿Cuántos años tendrá ese chico?” —pensó Sofía—. “¿18 o 19?”
Miró alejarse al muchacho, el cual, sin excusa para quedarse, regresaba a su banco.
“A la mierda con todo —pensó Sofía—. Es guapo y le hace falta un buen polvo. Creo que lo he intimidado. No va a tomar la iniciativa. Tendré que hacerlo yo.”
—Oye, ¿quieres tomar algo en el bar?
—Me encantaría —dijo Adán sin dudarlo.
Sofía se acercó al muchacho y cuando estuvo frente a él, acercó el rostro al suyo y le robó un beso. Adán reaccionó por instinto y continuó el juego. Sus lenguas se entrelazaron, se mordieron los labios mutuamente, casi no respiraban, hasta que de pronto ella se distanció y dijo:
—Creo que mejor una copa en mi casa, ¿no?
—Sí, creo que es mejor eso —dijo Adán—. Los bares de la playa son muy caros.
Sofía dejó ir una ligera sonrisa ante la broma y, para no quedarse corta, dijo:
—Ven a mi casa, le dijo la araña a la mosca.
Adán se puso a reír.
—Va, ven, sígueme —dijo moviendo los dedos de la mano hacia ella como queriendo atraer al muchacho con el gesto—. No hagamos más el tonto.
—Oye, que empiezas a darme miedo —dijo Adán en un momento de debilidad.
—¿Eres virgen?
—No —dijo Adán, poco convencido—. Pero casi.
Ella lo miró fijamente y Adán concluyó:
—Tengo poca experiencia en esto.
—No te preocupes, yo te enseñaré —dijo Sofía, sintiéndose de pronto plena de una sabiduría superior.
Adán se avergonzó un poco de mostrar su miedo. Y para remontar su valor dijo:
—Oye, que no te tengo miedo. Lo decía por lo de la araña.
—Mejor calla y sígueme —dijo Sofía y se puso a caminar.
Adán, cargando el parasol y la toalla, siguió a Sofía hacia su cama.

