LITERATURA EXPERIMENTAL

Capítulo 18 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

NOCHE DE DISCOTECA
[EL PRINCIPIO DE UNA GRAN AMISTAD]

18 – NOCHE DE DISCOTECA

[EL PRINCIPIO DE UNA GRAN AMISTAD]

Adriana estaba preocupada. Le había pedido a Adán que la dejase sola un rato. Pero ya eran las cuatro y media, y hasta había tenido que comer sola.

Escuchó el sonido de la puerta al abrirse.

—¿Adán? ¿Eres tú? ¿Dónde has estado? —preguntó Adriana.

El muchacho lucía una sonrisa de oreja a oreja. Se quedó de pie, en silencio, mirándola.

—Qué cara de travieso me llevas —comentó Adriana. —Adivina con quién he estado —respondió Adán. —Ah, entonces has estado con alguien —dedujo la chica. —Sí, rubia —contestó Adán, aún con la sonrisa bien marcada. —No jodas, ¿la del bus? —preguntó Adriana, sorprendida. —Se llama Sofía —concluyó el muchacho.

Adriana estaba por seguir haciendo preguntas, pero prefirió cambiar de tema.

—Oye. Supongo que te han dado de comer, ¿no?

No sabemos qué ideas pasaron por la cabeza de Adán al oír la palabra “comer”, pero lo cierto es que su sonrisa se intensificó.

—Anda, dúchate. Que hueles a sudor de mujer y me afecta. Y ya bastante calor que hace. —Sí, hemos sudado. Sí —dijo Adán—. Y sí, hace calor. Mucha. —Va, dúchate.

Adán no estaba del todo de acuerdo en ducharse. Quería conservar los olores de Sofía en su cuerpo, pero ciertamente con ese calor, lo mejor sería la ducha.

Adriana se puso a fumar en la ventana mientras oía el agua de la ducha correr.

—Ah, oye. Esta noche viene Sofía —dijo él al salir de la ducha. —¿Aquí? —respondió ella—. Vamos a estar un poco estrechos los tres. —No, mujer. Al bar donde quedamos con Pedro. —Ostras. ¿Vamos a ir los cuatro a la discoteca? —¿Qué tiene de raro? —Nada, solo me sorprende. ¿Cuántos años tiene? —Me dijo que veinticinco. —Un poco mayor para ti, ¿no? —Bueno, tampoco es que vayamos a casarnos. —También es verdad.

Adán miró a su amiga y se sorprendió al no verla triste.

—¿Y tú? —preguntó Adán—. ¿Cómo llevas lo de tu amiga de la playa? —Estoy bien. De hecho, ya no estoy triste. Estoy enojada. —¿Enojada? —La próxima vez que la encuentre no me voy. Me bañaré delante de ella y pasaré corriendo bien cerca para llenarles las toallas de arena. Tanto cuando entre como cuando salga del mar. —Buen plan. Seguro que hace como que no te conoce. —Exacto. Por miedo a que sus padres sepan que es tortillera se tendrá que callar. —Espero que Pedro realmente esté en ese bar esta noche. —Yo también. Y a ver si esa tal Sofía viene.

Adán se quedó pensativo. La idea de que Sofía le dé plantón no le había pasado por la cabeza.

—Así que es divorciada. —Sí, desde hace dos años. Y tiene dos niños. —Umm. —¿Qué pasa? —Nada, nada. —Los niños están con el padre. —Sí, sí, claro.

Adriana tenía el ceño fruncido. Su expresión mostraba cierto aire de preocupación que ciertamente no tenía que ver con los niños de Sofía.

—¿De veras que te parece buena idea presentarle a Pedro? —¿Por? —No, por nada.

Adán comprendió a qué se refería su amiga. Otra cosa en que él no había pensado, y que ahora tendría que dejar de pensar.

—Yo creo que Sofía sí va a venir —dijo Adán. —Oye, lo que he dicho es una tontería. Seguro que a Sofía le gustas más tú que Pedro —aclaró Adriana—. Seguro que le gustan delgados como tú y eres guapote. No te preocupes.

Pedro estaba en el mismo bar de la noche anterior. Era de pelo castaño y complexión ancha. Musculoso y como de un metro ochenta de alto. Tenía un rostro amable pero varonil, y debía tener como treinta años.

Adriana y Adán esperarían a Sofía en una esquina de la calle principal, justo donde se cruza con la calle del hotel. Llegaron un poco antes de la hora. Sofía llegó un poco tarde a la cita, lo justo como para asegurarse de no ser ella la que espera.

—Qué ojos más bonitos tienes, Adriana —exclamó Sofía cuando les presentaron. —Son para verte mejor, Caperucita —dijo Adriana, moviendo una mano en forma de garra. —Vaya. Se juntaron la araña y el lobo feroz —bromeó Adán.

Pedro no estaba lejos. Estaba sentado en el mismo sitio que el día anterior. Les saludó con la mano cuando les vio llegar.

Después de presentar a Pedro y a Sofía, los cuatro se vieron haciendo planes para la noche.

—Es un poco temprano para llegar a la discoteca —dijo Pedro—. Podríamos ir primero a cenar algo por aquí cerca.

Todos asintieron.

—También es temprano para cenar —dijo Sofía. —Sí, es temprano —confirmó Adriana—. La idea es ir más tarde, ¿no? —Yo traigo un regalito para animar la fiesta —dijo Pedro—. ¿Habéis tomado éxtasis anteriormente? —¿Has traído pastis? —preguntó Adriana. —A mí me gustaría probarlo —dijo Sofía.

Adán se quedó pensativo un rato. Recordaba lo que le prometió a su padre. Pero luego dijo: —Vale, ¿tienes para todos? —Sí, incluso traigo para vender. —¿A cuánto las vendes? —preguntó Sofía. —No viene al caso. Estáis invitados. Las que llevo son para el dueño de la disco. Ya las tengo vendidas. —Ah, pillín —dijo Adriana—. Por eso entras gratis. —Sí, siempre me esperan —respondió Pedro—. Y tenemos barra libre en la sección VIP —concluyó—. Pero mejor beban agua o zumos. El alcohol no le pega a la pastilla. Mejor hidratarse.

Tomaron la pastilla antes de cenar y al llegar a la discoteca ya sentían los efectos.

Sofía estuvo besándose con Adán en un sofá rojo de la zona VIP. Mientras, Adriana, saltándose la norma de beber agua, comenzó tomando un whisky. Luego se puso a bailar mientras su mirada buscaba discretamente la mirada de las chicas, en busca de alguna señal.

Pedro se metió en las oficinas, acompañado por el dueño de la discoteca.

Tanto Sofía como Adán habían estado un poco recelosos del reencuentro. Pero el éxtasis les había desinhibido y, además, la sensación de placer de los besos y caricias estaba tan incrementada que perder la oportunidad de disfrutarse ni se les pasaba por la cabeza.

Adriana se olvidó de su rastreo visual. En parte porque concluyó que, o bien no había bolleras en la disco o, si las había, no estaban interesadas en ella.

Pero también era cierto que, a medida que la sensación de gozo, provocado por la pastilla, aumentaba, el propio baile le bastaba para sentirse satisfecha.

Perdió la noción del tiempo hasta que tuvo ganas de mear.

Vio a una pareja besándose cerca de los baños, pero no fue hasta que salió que reconoció a Pedro y Sofía en esa pareja.

—¿Dónde está Adán? —dijo Adriana interrumpiendo la romántica escena—. ¿Sabe que estáis aquí enrollados?

Pedro miró a la chica mientras retiraba la mano de debajo de la blusa de Sofía. La cual ella se apuró a meter de nuevo dentro de la falda.

—¿Por qué tendría que saberlo? —dijo Pedro. Luego miró a Sofía y preguntó: —Oye, ¿tú has tenido algo con el chico? —Bueno, sí —contestó Sofía. —Ostras, no me gustaría que ahora se sintiera mal. ¿Dónde está? —Lo dejé en el sofá de allá —respondió Sofía.

Adán estaba recostado, más que sentado, en el sofá. Acariciaba el terciopelo rojo como si fuese la sensación más interesante que había sentido en su vida.

—Voy con él un rato —dijo Pedro mientras se alejaba hacia el sofá.

Fue entonces que Sofía le dijo a Adriana: —Tienes unos ojos preciosos.

Adriana le robó un beso en los labios a Sofía y después respondió: —Tú también me gustas.

Pedro se acercó a Adán, quien parecía integrado en el sofá. Su sonrisa no ofrecía dudas, pero de todos modos preguntó: —¿Estás bien? —Muy a gusto —dijo Adán. —Están buenas estas pastis. —Joder, sí. —Ven conmigo, creo que te sentará bien un poco de speed. —¿Qué es eso? —Anfetamina en polvo. Me gusta más combinar speed que coca para animar el éxtasis. —¡Ah, vale! —dijo Adán—. ¿Dónde está Sofía?

Sofía y Adriana estaban justo detrás de Pedro.

—Estoy aquí, pequeñín —dijo Sofía mientras lo despeinaba con una caricia. —A ver, ¿y dónde nos hacemos las rayas? —preguntó Sofía.

Tenían a su disposición las oficinas de la dirección.

El resto de la noche fue bailar. Perdiéndose en la pista a veces y a veces reencontrándose. En algún momento eran dos bailando juntos, en otros tres y a veces coincidían los cuatro. Luego se separaban y se perdían entre la masa de danzantes.

Al amanecer estaban paseando por la playa.

Delante iban Pedro y Sofía, y un poco más atrás los más jóvenes.

—Oye, Adán —dijo Adriana—. No te tomes muy en serio a Sofía, ¿vale? —Tú crees que se ha interesado en Pedro. ¿Verdad? —dijo el muchacho. —No, en realidad no es con Pedro con quien quiere ir. —Oh, vaya. —dijo Adán sorprendido—. Bueno, no es mi novia ni nada. —Entonces, ¿no te importa? —Estoy muy a gusto como para ponerme celoso. No te preocupes. —Luego no me lo reproches. —Os quiero a las dos. Disfrutad lo que podáis. Yo estoy bien.

Adriana le dio un beso en los labios a Adán. Y este cerró los ojos al sentir el beso. La sensación duró un rato, aunque Adriana ya se había marchado.

Cuando los abrió, Pedro estaba frente a él y con una expresión que mezclaba ironía y fastidio, le dijo: —Ya ves nen, las chicas nos han abandonado. —Ya volverán. —dijo Adán. —Oye, nen, ¿tú eres gay? —¿Por qué preguntas? ¿Es que te gusto? —Oye, que yo tampoco, vale. Era solo por ligar la peli. —No, Pedro, no soy gay. —dijo Adán y puntualizó—. Además no eres mi tipo.

El sol naciente dio tonos coloridos a las olas y a las nubes. Las gaviotas escandalosas volaban por toda la playa y se reunían en grupos guardando la distancia con los humanos.

Los dos chicos miraban las olas, relajados. Estaban sentados cerca del agua y las aves pasaban continuamente frente a ellos. Ahora en una dirección, ahora en dirección contraria.

Fue entonces que Pedro le dijo a Adán: —Este puede ser el principio de una gran amistad.