proceso ceacion del libro procceso creativo

Capítulo 13 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

GÉNESIS DE ESTE LIBRO
[UN APUNTE AUTOBIOGRÁFICO]

13 – GÉNESIS DE ESTE LIBRO

[UN APUNTE AUTOBIOGRÁFICO]

Génesis 1 – La paradoja del Buddha Avatar.

Este libro comenzó siendo otro. Como yo era otro cuando comencé a escribirlo. Aún no he terminado. En muchos sentidos este libro nace de la paradoja. Por eso te digo que yo siempre miento. La frase “yo siempre miento” es verdadera cuando es falsa y falsa cuando es verdadera.

Si es cierto que miento, entonces no miento siempre, y si no miento siempre, entonces estoy mintiendo si te lo digo. Pero si miento al decir que siempre miento, entonces es cierto que estoy mintiendo y, por tanto, la frase es cierta. Al mentir que miento, estoy diciendo la verdad y, por tanto, mintiendo y diciendo la verdad al mismo tiempo.

Una paradoja, por si no lo sabes, es eso: una idea que se vuelve contradictoria al aplicarle la lógica.

Este libro comenzó siendo otro. Por tanto, ese “otro libro” que escribí no es “este libro” y, sin embargo, en cierta forma es este mismo libro escrito de otra manera. Ese otro texto fue escrito en otro contexto. Ahora mismo, este capítulo que estás leyendo no es el texto que escribí cuando “terminé” el libro, puesto que yo, que ya conozco todo el texto, estoy revisando y reescribiendo mucho de cuanto escribí cuando lo “terminé”.

Hasta que el libro no muera en forma de letra impresa, el libro seguirá cambiando.

Ya te conté en el prólogo mucho de lo que aquí te amplío, por tanto, iré directo a contarte la paradoja del Buddha Avatar.

El Buddha predicó una doctrina o sistema filosófico que prescindía de la idea de Dios. Es más, su prédica fue políticamente peligrosa, puesto que no solo prescindía de la idea de Dios, sino que afirmaba que no existía una entidad que pudiéramos llamar “un sí mismo”. Al argumentar eso, en cierta forma, destruía la idea misma de un ser, tanto individual como universal. El ser no era una entidad, la cual salvar de la materia, ni un ser con quien fundirse.

Buddha al prescindir de la idea de Un Dios creador, incluso de Un Dios Gobernante, estaba destruyendo también el sistema político de castas y la autoridad sacerdotal. Quizás el Buddha fue el primer paso de una conspiración iluminada.

No voy a desarrollar esto filosóficamente. Tampoco lo hice en su momento, lo que hice fue crear un relato. Se llamó El sueño del samsara.

Pero la paradoja quedaba fuera de ese relato. La paradoja proviene del relato que los seguidores de Vishnu hicieron del Buddha. En algún momento de la historia, el Dios Solar de los Vedas pasó a ser encarnado por Vishnu. Y ese Vishnu pasó a ser un Dios principal. Un Dios que fundamentaba otra vez el relato védico.

En este relato, el Dios Vishnu, según sus cronistas, había intervenido personalmente en la historia humana. Esa encarnación de Dios en su propia creación es lo que se llama un Avatar. Y algunas de las listas de encarnaciones de Dios citan al Buddha como Avatar. Un Avatar que quería engañar a los ateos para salvarlos. Para que pudieran adorarle, aunque no creyesen en Él.

Estos dos relatos superpuestos no solo crean la paradoja que me inspiró, sino que conectaban con lo que entonces era el comienzo de la era cibernética. La idea hindú de Avatar da nombre al personaje que nos representa en un videojuego o una red social. Y la idea de Maya o Ilusión, tanto es lo que ahora llamamos Matrix como el nombre de la Madre de Siddhartha en el relato budista.

¿Ves cómo ese juego mental que hice en los años 90 conecta con nuestro presente? Cuando escribía sobre eso la película Matrix estaba aún lejos de estrenarse. Se estrenó el 23 de junio del 1999… la gente no usaba la palabra «avatar» y todo era muy místico. La idea de la maya (la ilusión) era tema propio del hinduismo y el budismo. Aunque también de grupos gnósticos. Y esa doble visión de la figura del Buddha actuó como una potente paradoja que removió mis esquemas mentales. Ambas visiones juntas creaban la paradoja perfecta.

Tomando el relato budista y el relato védico sobre el Buddha, sin afirmar o negar el otro, tenemos una maravillosa historia: La encarnación de Dios negando a Dios, o un sabio ateo al que se le da carácter divino. Si tomamos la idea vaishnava, es decir, la versión de los seguidores de Vishnu, ese Dios es quien dicta los Vedas a Brahma, el arquitecto del universo. Pero en su última reencarnación (o penúltima) niega la autoridad de los Vedas, y niega que un Dios haya creado el universo y lo dirija. En mi versión, Vishnu decide no mantener la creación de Brahma, decide deconstruirla.

Esta fue la primera de las paradojas que me llevaron a contar mi primer relato, porque al seguir investigando, fui dándome cuenta de muchas relaciones entre diferentes relatos de la historia. Buscando el contexto en que se habían forjado los mitos, las tradiciones y el relato histórico de la modernidad, creé un relato épico de casi 200 páginas. Se llamó El sueño del samsara y de él surgió, más tarde La locura de Adán.

Génesis 2 – Eva creó a Adán

Mientras mi mente estaba en medio de un caos asociativo en que se mezclaban ideologías políticas, símbolos, palabras y filosofías. El relato del Génesis estaba muy presente. Adán era un arquetipo recurrente en la cultura. Tanto en la religiosa como en la profana, pero especialmente en el ocultismo. Adán como arquetipo cabalista unía el yoga y el budismo con la cultura esotérica occidental. Pero como personaje nació de mi contexto personal.

Mi compañera durante la escritura del primer libro se llamaba Eva y su hijo no se llamaba Aleph. O quizás tampoco ella se llamase Eva. Quiero que tengas esa duda, quiero que dudes de la realidad de lo que cuento. Lo que estás leyendo es un relato, y es importante que lo disfrutes como tal.

Eva y Aleph eran mi familia, y yo era, pues, padre putativo de Aleph. Hacer el papel de padre mientras estudiaba y escribía un relato que cada vez más se revelaba como un desarrollo del patriarcado hizo que me preguntara hasta qué punto los problemas domésticos influían en la historia humana, porque de alguna forma estaban influyendo en mi relato.

No solo estaba investigando la historia de la humanidad, mis tiempos de delirio creativo podía sentirlos como un diálogo entre dos formas de procesar la información. Una era semejante a ensoñar, era como contemplar esquemas visuales o ideas completas. El otro era racional, debía plasmar frases inteligibles. Fueran poéticas o prosaicas.

No me era difícil asociar a “lo femenino” esa mente analógica y la racional a “lo masculino”. Era imposible crear mi libro sin manejar de forma armónica ambos funcionamientos.

Esa necesidad de armonizar mi «mente masculina» y mi mente «femenina» la veía también proyectada en mi relación de pareja. Algo no funcionaba y no sabía cómo. Armonizar mi relación con Eva era un reto que me superaba. Mi sentimiento de amor por ella rayaba en la adoración, mi papel de padre de un hijo que no era genéticamente mío me llevaba a sentir que de alguna manera estaba en una relación con un pasado matriarcal. Un pasado que aún existe en algunas comunidades y donde la paternidad no la ejerce el padre biológico. Mi propia experiencia con mi padre me llevó a entender el patriarcado no como hombre contra mujeres, sino como la transmisión de una paranoia masculina de transmitir un propósito, por imponer un destino y encarnarlo en el hijo varón. Por encarnar un modelo antinatural a lo vital, no solo dominando a las mujeres, sino a todo lo femenino. A la naturaleza en general, incluida la naturaleza real de los hijos.

Yo no quería que Aleph sufriera ese patrón patriarcal. Me tomé en serio evitar ese esquema de transmisión, en que el padre intenta dirigir la vida de su hijo hacia la continuidad de sus expectativas. Patrón que, de alguna manera, sentía que estaba en la raíz de mis conflictos con mi padre. Para mí, cuidar de nuestro hijo era una forma de amor por ella que me enriquecía. Y amor desinteresado por Aleph, nuestro niño. Comunicarme con él y educar jugando.

Con Aleph todo era fácil, la comunicación era fácil. Pero sin él, cuando se iba con su padre biológico, la relación con Eva no era tan fácil.

Los conflictos con Eva me estaban llevando a estados de ansiedad y depresión. Quisiera hablar más de eso, pero me desviaría de lo que deseo contar. Y por eso pasaré al desenlace de esa situación. Porque fue una situación muy traumática que me llevó a crear la primera historia en que aparece Adán como personaje, la ruptura.

Yo me sentía usado. Como si solo fuese un instrumento de la crianza de Aleph y a la vez sentía que mi presencia, mis movimientos y mi forma de comportarme la alteraban. No sabía cómo comunicarme con eso. Yo sentía que había dejado de amarme, que ella estaba en la relación solo porque necesitaba la estabilidad que esta le proporcionaba, y que se sentía atrapada por mí. Pero aunque yo le decía que si no quería continuar conmigo, por favor me dejase, ella aseguraba que el permanecer conmigo era la prueba de su amor por mí.

Pero me era difícil sentir ese amor cuando reclamaba un gesto o una palabra en momentos en que lo necesitaba. Esas veces, ella guardaba silencio cuando le preguntaba: —¿Tú me quieres? Si me quieres, dímelo. Solo dilo.

Ella se quedaba paralizada. Mi exigencia la bloqueaba. Mi desesperación la asustaba.

Y si yo alzaba la voz al no poder comunicarme, si yo mostraba con mis gestos mi frustración me miraba con terror.

—Yo jamás te haría daño, antes me haría daño a mí mismo.

Eso podía desembocar en un comportamiento autolesivo, como golpear mi cabeza contra la pared. No, no estoy orgulloso de ese comportamiento. Pero debo dejar claro que no hay culpable ni inocentes en esta historia. Me faltaba experiencia y educación emocional. Soy hiperactivo y excéntrico, muy emocional a veces, muy racional otras, y la incomunicación me deprime.

Una amiga nos recomendó un homeópata que nos ayudaría a equilibrar nuestras energías. Yo sufría de ataques de ansiedad, dolores de estómago insoportables, periodos de profunda depresión.

Ella, desde el principio, mostró reacciones que yo no podía entender. No sé si llamarlas bipolares, o eran del cuadro autista. No lo sé. Como dije, yo la adoraba, me sentía muy bien cuando al principio mi presencia en su vida la sentía como sanadora, cuando sentía que la hacía feliz y podía apoyarla. Pero cuando eso dejó de suceder, me sentía tan frustrado que muchas veces miraba desde el sofá el balcón y pensaba en lanzarme al vacío.

El homeópata primero me atendió a mí, me miró el iris y me hizo responder a un largo cuestionario. Luego entró ella y yo me quedé esperando por una hora.

En un momento dado salió el médico y me hizo marchar diciendo que yo era un agresor y un peligro para esa mujer y su hijo.

No recuerdo cómo llegué a casa de mi madre. Solo recuerdo que sabía que ya no podía estar a solas con Eva en mi casa. Que cualquier intento de comunicarme sin un mediador era peligroso, no porque yo fuera a hacerle daño, sino porque no sabía cómo podía ella reaccionar. Yo ya no la conocía, de pronto no sabía quién era ella.

El sanador que esperaba nos ayudara a comunicarnos me había separado de toda posibilidad de comunicación.

Un tiempo después, abandonó la casa. Aleph, el niño, estuvo con su padre biológico cuando todo esto pasó. Y cuando regresó con ella, quedamos en encontrarnos los tres, para explicarle al niño nuestra separación y para despedirnos.

Fue un tiempo después cuando escribí el capítulo El ocaso de Alba, que ya habrás leído si has iniciado la lectura desde el principio. Así fue como Eva dio nacimiento a Adán, mi personaje.

La separación de Eva me sumió en una profunda disociación. No digo depresión porque no recuerdo muy bien ese periodo. La imagen de un zombi o un autómata definirían perfectamente cómo funcionaba en mi vida. Hasta que tuve la fortuna de ser apuñalado por un demente con el que me encontré a la puerta de un bar. De alguna manera, morí y renací en ese evento. Un evento que, lejos de dejarme traumatizado, me liberó. Esa historia será contada luego.

Hubo un antes y un después de Eva y de ese intento de asesinarme perpetrado por un desconocido.

Por años pensé que Eva no aparecería más en mi vida. Y, sin embargo, fue por ella que regresé de México meses después de la muerte de mi esposa. De eso hablaré en otro capítulo, como dije en el prólogo.

Génesis 3 – Sexo y relaciones.

Una vez terminé ese cuento, quise expresar de una nueva manera lo que había escrito en El sueño del samsara. La idea de Adán comenzó en el capítulo que ya conoces. A partir de ese relato comencé a escribir las aventuras de Adán, es decir, La locura de Adán. Y ese nuevo libro fue gestándose en un contexto diferente.

La locura de Adán era al principio una exploración del impulso sexual en que camuflaba experiencias personales bajo la personalidad de Adán. Pero ahora me interesaba el lenguaje.

Hacer nacer un personaje desde la palabra, mostrarlo como una pura invención en el propio texto, fue el primer paso. Quise evocar eso de que el verbo se hizo carne. Ese relato mejorado ya lo has leído. La idea es mostrar cómo creaba la ficción y a la vez darle vida, una vida autónoma, diferente de la mía. Hacer de Adán un personaje arquetípico y a la vez mundano. Una encarnación del verbo y a la vez un muchacho desorientado que vive en una realidad alucinatoria.

La parte que completé siguiendo esa idea es la que da título a esta primera parte De cómo Adán dejó de ser virgen. Acabas de ver cómo se ve frente a un personaje inventado, Alicia, y cómo pasa a relacionarse con él. Alicia tiene mucho que ver con Afrodita.

Después de que muriese mi relación con Eva, tuve una amante, una amiga con derechos, decía ella. Ni ella ni yo nos decidíamos a avanzar a una relación de pareja. Especialmente ella, pero tampoco yo. Ella, a quien llamaré Afrodita, tenía un hijo de la misma edad que tenía Aleph cuando Eva y él salieron de mi vida. A mí me horrorizaba quedar atrapado otra vez en una relación insana, y ella tenía un problema serio con las emociones que no le permitía tampoco desear un vínculo. A ambos nos frenaba nuestra relación anterior, lo cual derivaba en que, cada vez que ella sentía que íbamos a algo más que sexo y compañía amistosa, cortaba con algún desplante el buen rollo y se alejaba, para posteriormente regresar.

Esos acercamientos y separaciones sucedieron por años, ninguno preguntaba qué había hecho el otro y ninguno de los dos tenía una relación a la cual traicionar. No éramos pareja y no hacíamos preguntas sobre la vida sexual del otro. Nuestras separaciones nunca fueron conflictivas, pero cada vez tardábamos más en reencontrarnos y cada vez eran más encuentros sexuales y menos cualquier otro tipo de actividad. Yo hubiese querido avanzar a algo más que lo que había, pero al final desistí. Por qué negarlo, era muy cómodo así.

En una de esas separaciones apareció Nuria. La conocía hacía años casi de vista, y fue comenzar a hablar y entendernos.

Hacía dos meses que no tenía noticias de Afrodita cuando Nuria y yo pasamos nuestra primera noche juntos. Y a la mañana siguiente, dijo una frase que me conmocionó. La misma frase la dijo en México, la que después fue mi mujer, Edna, también tras la primera noche juntos:

—¡Qué bien se camina a tu lado! —dijo en ese paseo.

La idea de “caminar juntos” definía perfectamente lo que yo esperaba de una relación.

Afrodita apareció de pronto de la nada. Me llamó para vernos y me dijo de pronto:

—Pienso que podríamos llevar nuestra relación a un nuevo nivel.

Yo me quedé anonadado; casi me dolía el corazón al oír a Afrodita decir eso justo cuando yo iba a comentarle que había conocido a Nuria y que me iba a vivir con ella.

Nuria y Afrodita tenían amistades en común, y era evidente que Afrodita sabía que yo estaba saliendo con Nuria. Lo que no sabía es que nuestra relación iba en serio. Verla intentando recuperarme y diciendo lo que yo hubiese deseado oír desde hace años, me impactó. Rechazarla después de haberla deseado fue muy duro para mí. Pero imagino que para ella fue duro oír que escogía a otra. También lo fue verme como pareja de Nuria, puesto que ambas formaban parte de un mismo círculo de amistades y coincidimos en muchas fiestas y actividades. Pero solo al principio, no estuvo sola mucho tiempo.

Caminé con Nuria por tres años, y fue una de las relaciones más placenteras que puedo recordar. Ella le dijo hace poco a una amiga que no habíamos sido pareja, sino “compañeros íntimos”, y no puedo encontrar una definición mejor.

Viajamos por toda España buscando vivir lejos de la ciudad, vendíamos camisetas pirata en los conciertos y, de hecho, jugábamos juntos la vida.

Nos separó la necesidad de tomar diferentes formas de vida. Ella, nómada, y yo, forzado por la necesidad de ganar dinero, tuve que hacerme sedentario.

Me quedé en su casa por un tiempo. Ella viajaba y cuando regresaba, a veces, hacíamos el amor, aunque ya no fuéramos pareja. Pero la situación era insostenible, y Pa, a quien ya te he presentado, me acogió en su casa.

En ese periodo me había propuesto unir el primer relato El sueño del samsara con La locura de Adán. El recurso era que Adán escribía en una libreta el libro anterior y, sinceramente, el resultado era horrible. Aunque realmente el trabajo fue muy interesante a nivel personal.

Revisaba una y otra vez la historia de Nataraja y Siddhartha, en la que aparecían numerosos personajes y donde los sueños se mezclaban con la realidad, a la vez que intercalaba la historia de Adán escribiendo ese relato.

Fui sumergiéndome otra vez en el trance asociativo, pero esta vez me desbordó. Me empezaba a pasar que personas y situaciones me recordaban a personajes de mi libro, y uno de esos personajes se fusionó con Pa.

Yo ya conocía a Pa desde hacía unos años. Nuria me la había presentado. Yo quedé impresionado por ella. Aparte de guapa, era muy inteligente y osada. Había viajado por muchos países, aunque últimamente viajaba a México, donde vivía su novio.

Ya separado yo de Nuria, la encontré un día y me abrazó con mucho cariño. Justo cuando lo hizo sentí que una sacerdotisa de la ciudad matriarcal estaba encarnada por su personalidad. La cosa se puso fea cuando empecé a vivir en su casa, y peor cuando me dijo que había cortado con su novio mexicano.

Pa y yo pasábamos horas hablando de todo, fumando hachís y trasnochando. Un día, quejándose de su exnovio, dijo que cuando Nuria nos presentó, había deseado tener una pareja como yo. Esa fue la gota que colmó el vaso. Yo estaba perdidamente enamorado de ella y se lo dije.

Me rechazó, pero seguimos igual que antes, solo que ahora yo no podía permanecer en su casa, y fui a vivir a una casa ocupada del Raval.

Ese periodo fue el fin de mi libro y una entrada en el caos.

Mónica, una amiga recién separada, y su hijo entraron a vivir a la casa por petición mía. Pasábamos tiempo viendo la tele abrazados, muchas veces venía con amigos que recogía en sus salidas por la ciudad. Mónica es una persona generosa y amorosa, pero nada respetuosa. Llegaba a las 3 de la noche, ponía la música a tope, aunque yo tuviese que madrugar para trabajar al día siguiente. Yo hacía caso omiso del ruido. El caso es que una de sus amigas, cuando se cansaba de la reunión, venía a mi cama, tenía sexo conmigo y luego se iba.

Seguía viendo a Afrodita, que continuaba con el novio que tuvo desde que yo estaba con Nuria. La historia se ponía rara cuando salíamos porque, aunque no quería sexo, sí le gustaba besarse conmigo y eso me causaba confusión.

Por otra parte, seguía viendo a Pa, que había regresado con su novio mexicano. Y de vez en cuando, en las fiestas, acababa en la cama de desconocidas.

A todo este desmadre le sumamos que yo había empezado a tomar éxtasis de forma habitual. Si de por sí yo soy bastante sensible, el éxtasis potenciaba más mi emotividad. Estaba enamorado de dos chicas y teniendo sexo con otras. Me vi desbordado, mi estado emocional llegó al límite y comencé a llorar sin razón por las calles. Estaba enamorado de Pa y también de Afrodita. Con Mónica estaba todo claro, pero dormíamos juntos, lo cual no me dejaba indiferente. Su amiga seguía metiéndose en mi cama, pero no manteníamos una relación propiamente dicha. Digamos que hablábamos poco. Mis emociones iban por un lado y mi sexualidad por otro. No podía soportarlo.

Evidentemente, dejé el éxtasis y otras drogas, me fui a la montaña un tiempo y me preparé para ir a México. Solo faltaba que me llegara un dinero que usaría para iniciar una nueva vida y tomar el avión.

La noche antes de salir de Barcelona la pasé despidiéndome de Afrodita en una larga velada de besos.

Génesis 4 – El duelo.

La última fase del libro tiene que ver con el duelo. La escritura final de este libro comenzó algo más de un año después de la muerte de Edna, mi esposa, y un año aproximadamente después de mi regreso de México a Barcelona.

Ahora, después de añadir el prólogo, he comenzado a revisar el texto que terminé el 23 de septiembre de 2023.

La vida rima de forma casi mágica, aunque esa magia sea un tanto macabra.

Nuria murió tres días antes de escribir el prólogo. Y del mismo modo que el recuerdo de mi esposa me llevó a dar la forma final a este libro, ahora la muerte de mi amiga me ha llevado a regresar al texto meses después de terminar.

El amor duele, pero no me importa. Me preocupa mucho más sentirme cerrado, protegerme del dolor, porque siento ansiedad cuando hago eso. Protegerme del dolor a cambio de protegerme del amor es, para mí, perder el sentido de la vida.

En México encontré el amor con Edna. Vivimos una relación mucho más difícil que la que viví con Nuria. Con Nuria éramos semejantes; Edna y yo teníamos puntos de vista dispares sobre la mayoría de las cosas. Pero ambos decidimos caminar juntos y el trayecto de mi vida que viví junto a ella duró 15 años.

A pesar de todo, de cuanto una relación tiene de difícil, nuestra disparidad nos hizo superar muchos obstáculos. Apenas fumé algo de marihuana con algún amigo mientras estuve con ella. No porque renunciase a las drogas, simplemente ella no las consumía, ni bebía y yo tampoco necesitaba hacerlo. Tampoco salíamos de fiesta porque ella duraba poco en ellas; se aburría y pedía marchar.

Respecto al libro, ella nunca lo leyó. Es curioso, pero ella, que ayudaba a escribir a otras personas y que ayudó a publicar a algunos autores, nunca quiso leer mi libro.

La relación con Edna era así, cada uno tenía su espacio, y había un espacio común en que todo lo compartíamos. Planeábamos la vida juntos, la ruta, el siguiente paso que íbamos a dar. Y de pronto todo desapareció; todo un futuro con ella se convirtió en nada. Temores y expectativas demostraron ser solo una ilusión.

Soy alguien diferente ahora, después de que ella murió.

También este libro es diferente a los que anteriormente escribí. Ahora este libro es personal, no es la historia de personajes imaginados en mi mente; tiene como fuente mis sentimientos y emociones. Básicamente, dolor y amor. Porque ambos van unidos, no son antagonistas. Simplemente, son los componentes del vivir.

Vine de México por amor, regresé de allí por haber recuperado el amor de Eva. No, no fue un romance muy largo. Quitando el romance por chat, la relación literalmente duró cuatro días. Fue desagradable, pero fue lo mejor. No nos vemos, pero estoy en contacto por chat con ella. Me dolió, me dolió mucho. Me dolió cómo sucedió todo, y me dolió el desengaño. Pero yo no quiero bellos engaños, amo la realidad. Esta realidad que nos sostiene y manifiesta, en la que encuentro siempre amigos, amigos que sé que no siempre podrán estar. Aun sin haberlos perdido aún, o ellos a mí, siento el duelo junto al calor de su presencia. Como en esos abrazos junto a Edna, en que me preguntaba en qué momento dejaría de estar conmigo.

Todas las personas que he amado están, en cierta forma, en este libro. Algunas, como Edna y Nuria, ya no están en mi vida. Cada vez son más los amigos que desaparecen.

Respecto a Pa, bueno, ella fue la primera en irse. La vi por última vez en Tepoztlán, México, cuando Edna y yo estábamos comenzando a caminar juntos. Fue en esa ocasión que Pa me dijo que tenía cáncer de pecho. Murió mientras Edna y yo estábamos en Baja California Sur.

Como dije, ella y yo hablábamos mucho, y quiero que una de sus historias quede escrita en este libro. Quiero que su número, el 23, esté presente en todo el libro.

Voy a hablarte ahora de algo que me contó Pa. A veces se hacía llamar Fractali, pero la conocí como Pa. Pa 23.

Quizás pronto los libros los escriban inteligencias no humanas. Este lo estoy escribiendo yo desde mi ser, y mis amigos forman parte de mi ser.

Te cuento ahora lo que Pa me contó en una de nuestras charlas.