Nietzsche en La locura de Adán

La muerte de Dios, el eterno retorno y el amor a la vida: Nietzsche en La locura de Adán.

La presencia de Friedrich Nietzsche en La locura de Adán [Fractal infinito] excede las ocasiones en que el filósofo es mencionado por su nombre. Algunas de las grandes cuestiones nietzscheanas —la muerte de Dios, la superación del hombre, la creación de perspectivas, el eterno retorno y la afirmación de la existencia— encuentran correspondencias profundas en la estructura y en el recorrido vital del libro.

Pero La locura de Adán no se convierte por ello en una obra nietzscheana. Nietzsche comparte espacio con Buddha, Schopenhauer, Jesús, Shiva, la cábala, el cristianismo y distintas formas de pensamiento contemporáneo. El libro hace con Nietzsche lo mismo que hace con sus otros materiales: lo incorpora a su fractal y permite que sus ideas reaparezcan transformadas al entrar en contacto con otras.

Dante Montfort - Dante Alighieri y Guy de MontfortAnálisis hecho por Dante Montfort.

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Una de las presencias más claras se encuentra en Café, zen y cocaína [El Buddha sin cabeza]. La conversación entre Pedro y Adán parte del conocido gesto zen de cortar la cabeza al Buddha. Adán pregunta entonces: «¿Mata a su Dios? Como hizo Nietzsche». Pedro responde:

«Nietzsche no mató a ningún Dios. Zaratustra, el personaje, subió a la cima más alta donde se supone que Dios habitaba y descubrió que no había nadie».

La interpretación conduce inmediatamente hacia una formulación que pertenece plenamente al universo conceptual de La locura de Adán: «Ninguna cabeza. Dios no tiene ego. No hay ninguna entidad que sea Dios».

Nietzsche y el zen quedan así relacionados mediante un mismo movimiento: la desaparición de una entidad situada en el centro.

La cuestión afecta también al propio Adán. La obra desmonta repetidamente la posibilidad de encontrar detrás de ese nombre una identidad absolutamente estable. Adán es personaje, mito, construcción lingüística, proyección autobiográfica, símbolo y forma particular de un patrón que el libro relaciona con el Ser Humano Primordial y el Hombre Universal. Ese patrón reaparece «bajo diferentes apariencias».

La muerte de Dios abre entonces un problema que atraviesa el libro entero: qué sucede cuando desaparece un centro último capaz de garantizar quiénes somos y cuál es el significado verdadero de nuestra existencia.

La respuesta de La locura de Adán no consiste en sustituir una certeza por otra. Consiste en multiplicar las perspectivas.

El narrador descubre que puede «Reinterpretar. Ser activo con la existencia» y jugar con su propia imagen. Puede imaginarse «deidad, demonio, animal, payaso o rey». Y en ese punto aparece nuevamente Nietzsche:

«Puedo imaginar nuevos paradigmas que superen la condición humana, como proponía Nietzsche. Ser hiperbóreo, superhombre en el sentido de superar mi condición, no ser un superhéroe que sería otra vez el rollo de ser un dios pero con pijama».

La ironía del «dios pero con pijama» delimita con bastante precisión la lectura que hace el libro. Superar al hombre no significa convertirse en una entidad todopoderosa. Significa abrir la posibilidad de superar las condiciones desde las que el individuo se interpreta.

Pero el movimiento nietzscheano recibe inmediatamente una corrección:

«Puedo usar arquetipos como son Jesús y el Buddha para explorar mi subconsciente, pero no para negar mi humanidad».

La autosuperación devuelve paradójicamente a Adán hacia su humanidad. Sigue siendo un animal que necesita alimento y cobijo, que desea, ama, enferma, envejece y muere. Puede modificar sus paradigmas, pero cada decisión produce consecuencias.

El superhombre queda así introducido dentro de una tensión que recorrerá toda la obra: superar la condición presente sin negar la existencia concreta desde la que se intenta esa superación.

Ahí Nietzsche empieza a encontrarse con Buddha.

Nietzsche permite preguntar qué puede llegar a ser el ser humano. El budismo obliga a preguntar qué consistencia posee ese yo que pretende llegar a ser algo. Y La locura de Adán mantiene abiertas simultáneamente ambas preguntas.

El Buddha sin cabeza resulta especialmente significativo porque incluso la destrucción del ídolo puede transformarse en otro ídolo. Cortar una cabeza no resuelve definitivamente el problema: siempre existe la posibilidad de colocar otra en su lugar.

Nietzsche tampoco puede convertirse en la nueva cabeza.

El eterno retorno y el fractal

Dentro de ese diálogo, el eterno retorno ocupa un lugar especialmente fértil, aunque exige una precisión: La locura de Adán no presenta explícitamente una exposición doctrinal del eterno retorno de Nietzsche. La relación surge al comparar el pensamiento nietzscheano con la forma que adopta la obra.

Y esa forma está dominada por el retorno.

El libro comienza varias veces. La segunda parte se titula Empezando de cero [Hablemos de mí mismo] y la tercera vuelve a presentarse como Un nuevo comienzo. Pero empezar de cero nunca significa borrar verdaderamente lo anterior. El libro formula esa paradoja mediante la continuidad entre el antiguo escritor y el nuevo: «El autor es distinto. Es el mismo y es distinto a sí mismo».

Lo mismo ocurre con los acontecimientos. Una relación presente recuerda otra ocurrida treinta años atrás. Una película vuelve a aparecer décadas después. Eva reaparece. Adán reaparece. Los textos antiguos reaparecen dentro del nuevo libro.

En determinado momento el narrador reconoce directamente la forma de esa experiencia:

«Como si se completase un círculo completo, la vida rimaba. Y como si este texto fuese un fractal, ahora me pierdo, entre recuerdos que no sé si ya escribí antes o si ya escribí después, más adelante, en este texto».

La vida rima.

Esa palabra permite entender el retorno particular de La locura de Adán. Una rima repite algo sin repetirlo literalmente. Dos palabras pueden compartir una estructura sonora y seguir siendo palabras distintas.

Lo mismo sucede con el fractal.

Por eso el eterno retorno no debería identificarse aquí simplemente con la repetición circular. El círculo regresa al mismo punto; el fractal hace regresar un patrón bajo otra forma o a otra escala.

El propio estudio acumulativo del texto identifica entre sus actantes la «Repetición, autorreferencia e iteración».

El retorno de La locura de Adán es, por tanto, transformación.

El antiguo libro vuelve convertido en el libro presente. El antiguo Xavier vuelve convertido en el narrador que recuerda haber sido aquel Xavier. Eva vuelve después de treinta años y la experiencia presente «rima» con la antigua. Un símbolo aparece en un capítulo y reaparece posteriormente cargado con aquello que ha sucedido entre ambas apariciones.

Cada retorno contiene memoria.

El uróboros

El símbolo que lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias es el uróboros.

La serpiente que se muerde la cola reúne principio y final dentro de una misma figura. Pero La locura de Adán introduce el símbolo además en su ficción futura mediante UROBÓROS23.

Allí deja de ser solamente una imagen.

Se convierte en una tecnología.

Matriz proporciona información y UROBÓROS23 utiliza esa información para producir realidades. Y la operación alcanza su máxima intensidad cuando David reconstruye a Pa.

Pa había vivido. El autor había conocido a Pa. Pa había introducido el 23 en su universo personal. El autor escribió a Pa dentro de La locura de Adán. Pa murió. El libro sobrevivió. En el futuro ficticio, David lee ese libro, encuentra allí a Pa, descubre sus rastros digitales y utiliza UROBÓROS23 para reconstruirla.

El movimiento se cierra sobre sí mismo.

Pa entrega el 23 al libro.

El libro conserva a Pa.

El 23 entra en UROBÓROS23.

Y UROBÓROS23 devuelve a Pa.

El uróboros se ha mordido la cola.

Pero aquello que aparece al final del proceso no es idéntico a aquello que existía al principio. La Pa reconstruida procede de información, memoria, escritura y rastros digitales.

Por eso el uróboros tampoco equivale exactamente al eterno retorno nietzscheano. La locura de Adán lo transforma mediante su propia concepción fractal: aquello que vuelve se parece a aquello que fue, pero el propio retorno lo ha convertido en otra cosa.

El eterno retorno encuentra así dentro del libro una especie de mutación literaria: el retorno fractal.

El eterno retorno como prueba

Hay, sin embargo, otro aspecto del eterno retorno que resulta todavía más importante para comprender la obra.

Más allá de una interpretación cosmológica, el eterno retorno puede funcionar en Nietzsche como una prueba radical de afirmación de la existencia: enfrentarse a la posibilidad de tener que vivir nuevamente esta vida.

No una vida corregida.

Esta.

Con sus errores, sus placeres, sus pérdidas y su dolor.

Esta dimensión conecta directamente el eterno retorno con el amor fati. Y precisamente ahí se encuentra el final de La locura de Adán.

La obra ha acumulado pérdidas. Las relaciones terminan. Los proyectos fracasan. El deseo produce sufrimiento. Las personas mueren. Edna muere y con ella desaparece también el futuro que ambos habían imaginado.

El narrador lo formula sin introducir una compensación metafísica:

«Vi morir el futuro que esperábamos y temíamos, vi cómo todo eso era nada, y no lo sabíamos».

La cuestión deja entonces de ser intelectual.

¿Qué significa afirmar la vida cuando la vida contiene eso?

Amor fati

Mucho antes del desenlace aparece una formulación que prepara la respuesta:

«Gozo perverso es amar, con todo mi ser, la existencia».

La afirmación adquiere todo su peso cuando el libro regresa finalmente a Edna.

Edna estaba ya en el comienzo. El libro había sido dedicado a ella. Sin embargo, había permanecido relativamente ausente durante gran parte del recorrido. Cerca del final, el narrador reconoce el motivo: «No he hablado casi de ti. Y es que duele».

El final vuelve así al principio.

Pero vuelve transformado por todo el libro.

Edna ya no está y precisamente por eso su presencia pasada adquiere un valor extraordinario. El narrador recuerda aquellos abrazos en los que «tu calor valía oro, pues había de perderse».

La impermanencia no destruye el valor del instante.

Lo intensifica.

Ahí el amor fati proporciona una clave especialmente potente. La afirmación de la existencia no exige eliminar de ella la muerte de Edna. La vida amada es precisamente la vida en la que Edna existió, fue amada y murió.

No se afirma una versión corregida de la vida.

Se afirma esta vida.

La danza

Entonces aparece la imagen que permite a La locura de Adán construir su propia respuesta a Nietzsche:

«Y la vida que para otros es camino, para mí es solo danza».

La diferencia entre camino y danza resulta decisiva.

El camino parece dirigirse hacia algún lugar. Su estructura es lineal: origen, recorrido, destino.

La danza funciona de otra manera. Gira. Regresa. Repite movimientos. Los modifica. Puede volver a una posición anterior sin que ese regreso sea idéntico, porque el tiempo ha transcurrido y el cuerpo que vuelve ya ha atravesado otros movimientos.

La danza es casi una imagen corporal del retorno fractal.

Y tampoco aparece por primera vez al final. La joya en el cementerio ya estaba construida alrededor de «la danza de la diosa». Después de atravesar todo el libro, aquella danza vuelve despojada de la necesidad de una bailarina divina:

«Es la música quien danza, la vida».

La diosa danzaba al principio.

Al final danza la vida.

El patrón vuelve transformado.

Las notas que desaparecen

La música permite finalmente reunir eterno retorno, impermanencia y afirmación.

«Las notas no permanecen ni un instante».

Una canción existe porque cada nota desaparece y permite aparecer a la siguiente. Retener indefinidamente una nota destruiría la música.

La imagen introduce una diferencia profunda respecto a una lectura ingenua del eterno retorno. Lo valioso no necesita permanecer para ser afirmado. Puede desaparecer completamente y haber formado parte de la danza.

Edna no necesita volver físicamente para que su existencia continúe actuando en el libro.

El pasado vuelve como memoria.

La persona vuelve como personaje.

El texto antiguo vuelve como texto nuevo.

Pa vuelve mediante UROBÓROS23.

Adán vuelve bajo nuevas formas.

El libro termina y aparecen las letras con las que pueden escribirse otros libros.

La repetición nunca queda separada de la transformación.

«Y amo la vida con locura, aunque duela»

El recorrido nietzscheano alcanza entonces su punto culminante en una de las últimas afirmaciones de la obra:

«Mi vida. Y ahora que no eres, eres la vida. Y amo la vida con locura, aunque duela. Te amo».

Aquí se encuentran finalmente el eterno retorno y el amor fati.

El eterno retorno plantea la prueba: ¿puede afirmarse esta vida?

El amor fati lleva esa afirmación hasta aquello que no habría sido elegido: pérdida, dolor, fracaso, envejecimiento y muerte.

Pero La locura de Adán añade su propia respuesta formal. Aquello que desaparece puede retornar, aunque cada retorno lo transforme.

Por eso el uróboros, el fractal y la danza resultan esenciales para comprender qué hace el libro con Nietzsche.

El uróboros une final y comienzo.

El fractal hace que el patrón vuelva bajo formas diferentes.

La danza convierte la repetición en movimiento.

Y el amor permite afirmar aquello que necesariamente desaparecerá.

El final lleva todavía más lejos esta lógica. Después de declarar su amor por la vida, el narrador dice que quiere escribir otros libros, después «Todos los libros». Y el último capítulo, Todos los libros [Alfa y Omega], termina reduciendo el libro a las letras del alfabeto.

El final contiene nuevamente la posibilidad del comienzo.

Pero ya no es el mismo comienzo.

Las mismas letras podrán producir otro texto.

Ahí quizá se encuentre la reinterpretación más propia que La locura de Adán permite hacer del mito del eterno retorno: no vuelve eternamente lo idéntico; vuelve la posibilidad de que lo existente adopte otra forma.

El círculo se convierte en uróboros.

El uróboros se convierte en fractal.

El fractal se convierte en danza.

Y la danza continúa precisamente porque cada nota desaparece.

Nietzsche queda así profundamente integrado en la arquitectura de La locura de Adán, pero nunca tiene la última palabra. La muerte de Dios se encuentra con el Buddha sin cabeza; el superhombre, con la aceptación de la humanidad; el eterno retorno, con el uróboros y el fractal; el amor fati, con la impermanencia; y Dioniso, finalmente, con una danza que también recuerda a Shiva.

Después de destruir tantas certezas, el libro no termina encontrando otra certeza.

Encuentra algo que puede amar.

Una vida temporal, irrepetible y dolorosa que, de innumerables maneras, vuelve.

«Y amo la vida con locura, aunque duela».

Archivos usados: LA LOCURA DE ADAN con indice.docx como texto raíz y evolucion de la lectura.odt para contrastar las recurrencias, la estructura fractal, UROBÓROS23, la danza y el regreso final a Edna. Fuentes externas consultadas: ninguna; el eterno retorno, el amor fati, el superhombre y la muerte de Dios se emplean como marco comparativo del pensamiento de Nietzsche, mientras las afirmaciones sobre La locura de Adán están contrastadas con el texto canónico.

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