7 -EL OCASO DE ALBA
[SOLO ANTE EL ESPEJO]
7 –EL OCASO DE ALBA
[SOLO ANTE EL ESPEJO]
Soy Adán, soy adolescente y es sábado. Hace poco, el agua fresca corría por mi piel. Sequé mi piel pensando que esa noche besaría los labios de una chica, aquella que había imaginado tantas veces. Sabía que esa noche la vería. Eso creía y eso sucedió.
Más tarde, Adán apura su bebida. Mira la pista de baile, que se muestra ante su mirada como una masa de danzantes, y se dispone a adentrarse en esa masa.
Bailar es un trance, igual que leer es un trance. La mente transita entre estados diversos… a veces tiende a la prosa, a veces al verso.
Podríamos hablar de esto, pero ahora toca bailar.
La mirada de Adán, alejada de los danzantes, sobrevuela la pista de baile, campo de probabilidades.
Desde la barra del bar observa la pista. Como si hubiera dos substancias que se unen sin tocarse, Adán y la pista de baile parecen dos universos.
Adán se siente solo. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice la voz de Dios en su cabeza.
Sabe que ella está ahí, en ese campo de probabilidades caótico, está esa Eva que no se llama Eva, esa diosa que su mente soñaba.
—No es bueno que yo me quede aquí solo —piensa—. Quizás si me quedo aquí, alguien se acerque, pero debo relajarme. Mejor bailar.
Se dispone a unirse, sumergirse, en ese campo de probabilidades, esa masa de cuerpos danzantes en cuyas mentes tormentas de cargas eléctricas son acompañadas de neurotransmisores, alcohol y otras moléculas.
Bailar es un trance en el que el cuerpo parece liberarse de la mente, o al menos donde la razón parece ceder el control, y el cuerpo queda libre para realizar movimientos absurdos.
No pienses tanto, Adán. Quítate la mente y baila.
Bailó, no sé si bailó bien o bailó mal. Realizó movimientos sin sentido, que parecen obedecer a los ritmos de la música más que a su voluntad.
Miro a las chicas, son hermosas, pero me son ajenas. Nadie ha llamado mi atención. Bailo en ese pleroma de cuerpos sudorosos, siendo un cuerpo sudoroso más.
Cierro los ojos, para sentir mi cuerpo desde dentro y alejarme de su mirada. Me incomoda la mirada ajena y su juicio.
Vine buscando a una mujer, pero me embriagué de la danza. Con los ojos cerrados, bailo.
Abro los ojos y las luces parpadeantes me ciegan. Envuelto de sombras y luces, mi pensamiento divaga en ensoñaciones; las sensaciones vienen y van. Ellas son mi cuerpo ahora.
Vuelvo a cerrar los ojos. He abandonado la búsqueda consciente. Solo bailo.
De pronto, abrí los ojos y la vi.
¡La vi!
Bailaba ebria, como una deidad, ajena a toda consideración y medida, ajena al tiempo… Su cuerpo era expresión de energía: su pensamiento, acción. Su acción era danza, su danza salvaje y libre.
Ella bailaba. Mis ojos la acariciaban sin quererlo, fijados en ella sin mi permiso. Ella bailaba, y yo bailaba con ella sin saberlo.
Detuve mis movimientos y me quedé quieto en medio de la pista.
Parecía que estuviese quieto; en realidad, bailaba con ella. Era casi impúdico, era casi sexo. Ella bailaba y yo gozaba de ella, gozaba como gozaba ella.
Ambrosía, éxtasis gratuito, tomado sin permiso, tomado de su danza. ¡Sí! ¡La vi bailando! ¡Ebria de algún extraño veneno! Yo solo era mirada y gozo, no sé si en el goce subsiste el deseo.
De repente el tiempo da un brinco, ella se desploma como un castillo de naipes, hacia el suelo. Su cuerpo convulsiona y mi mente detiene sus fantasías.
Cuando su cuerpo se desplomó, mi espíritu se dirigió hacia ella, y con mi alma mi cuerpo, como una sombra, o un perro fiel.
Cuando ella bailaba, con ella gozaba; creía que eso era el cielo.
¡Ay! Ahora que ella caía, caía yo poco a poco hacia el infierno. Lo deseaba, yo quería bajar al infierno con ella.
Deseaba rescatarla como un Orfeo bajó al averno a rescatar a Eurídice.
Cuando ella bailaba, mis ojos descendieron sobre su cuerpo como un águila desciende hacia la tierra.
Mi mirada era una con sus movimientos, y su danza era salvaje y libre, energía y acción, gozo… casi eterno.
Y en este instante en que ella cae, yo muero con ella. La vi bailando ebria de algún veneno extraño, y así la vi caer; ella me llevó a su caída como me había llevado a su danza.
Siento que todo sucede ahora.
Cae, como fulminada por un rayo divino, castigo por su pecado no escrito, como Ícaro…
Me lanzo, atravesando el espacio que nos separaba, entre un océano de danzantes inconscientes.
La recojo del suelo.
Abrazados, cruzamos como un solo cuerpo la multitud.
La música acompaña los latidos de mi corazón; el de ella ha perdido el sentido del ritmo. Su carne está ardiendo como un fuego sin control, y sus convulsiones parecen que quieran liberarla de mi abrazo.
“Exta sí, exta no. Esta me gusta, me la como yo…”. Están tocando esa canción de Chimo Bayo y siento que es un mensaje.
Éxtasis, shock de serotonina. Ese es el mensaje que me llega a la mente. Lo entiendo sin pensar, como si todo estuviese sucediendo solo en mi mente. Pero estoy completamente presente en mi cuerpo, en la escena, y este instante presente, que pasa.
Ejecución de un código instintivo.
Nos alejamos de la pista y llegamos a un espacio nuevo, más luminoso, pero alargado: es el pasillo.
A mi derecha, la primera puerta: el lavabo de señoras. Ni me pregunto dónde está el de caballeros.
¡Entro!
Así, sin ni preguntarme cómo, sin saber por qué, sin querer saber nada del mundo, ni de las medidas que el miedo señala como prudentes, entré en el servicio de señoras.
Paradas frente a mí, dos chicas habían interrumpido sus actividades. Una papela abierta, unas rayas de polvo blanco sobre un espejo, junto a la barra de labios. Me miran sorprendidas por un segundo y continúan con lo que estaban haciendo.
Una de ellas le pasa a su amiga un billete de cien pesetas enrollado, mientras hace desaparecer el sobrecito de coca.
Me mira casi sin emoción y pregunta: —¿Qué pasa? Su amiga hace desaparecer la raya de cocaína con la ayuda de un rulo de cien pesetas.
Veo toda la escena como si transcurriera a cámara lenta; mi visión es panorámica.
Adrenalina.
Miro instintivamente el grifo. No pienso. No estoy pensando nada, solo sé que ella necesita agua.
—¿Está borracha? —dice la que es morena, plantada enfrente de mí. —¡Necesita agua, está hirviendo! —le digo.
La mano de la chica rubia hizo el gesto de abrir el grifo. —La han cortado, para que los pastilleros consuman agua en el bar.
De pronto oigo abrirse la puerta detrás de mí y siento una presencia nueva irrumpir en los baños.
Veo a la chica rubia que retrocede un paso, mientras su compañera se apura a tomar un pequeño espejo y el pintalabios.
Sea quien sea quien ha entrado, le ignoro. Deposito a mi amada en el suelo, con cuidado, y miro sus ojos con afecto.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto a la chica aprovechando que su cuerpo ya no convulsiona.
La miro a los ojos, y mi mirada se adentra en el espacio oscuro de sus grandes pupilas. Un destello de luz perduraba en su mirada perdida. ¿Era luz o mi reflejo? Su sonrisa torcida intenta pronunciar palabras. Balbuceando, sus labios articulan como pueden un nombre.
—Al… bh… ahhh.
“Ha dicho Alba”, pienso.
Luego, sus ojos miran al cielo de su cráneo, y se ocultan bajo el telón de rimel azul. Su mano, recién levantada, cae lacia. Y escucho su último aliento partir.
Me sentí solo e impotente, pero sobre todo solo. Solo, como detrás de un espejo, mirando la escena, impávido y distante.
Fue en ese momento que miré a mi alrededor; un guardia de seguridad estaba hablando por la radio portátil.
—Creo que la chica ha muerto —dice el guardia jurado—. Pero no avisen a la policía aún, mejor una ambulancia… ¿Es que no vais a abrir el agua?
—Está caliente —me dice. Luego, hablando por el aparato, grita—: ¡Queréis dar el agua de una puta vez!
Estoy soplando desesperadamente mi aire en su cuerpo, pero no penetra en su interior.
El guardia separa mi cara de la de Alba y echa la cabeza de mi amada hacia atrás, mete dos dedos en su garganta, que está obstruida por la lengua, y sopla. Su tórax se eleva ligeramente.
—Tú ves soplando y para, para que salga el aire. ¿Comprendes? ¿O estás demasiado colocado? —me dice el segurata, mientras ayuda al cuerpo de Alba a expulsar el aire, empujando sus costillas.
Yo escucho:
“Paraparaquesalgaelaire. Comprendesoestasdemasiadocolocado.” Palabras que son casi un galimatías, pero que aun así comprendo. Hay un instante de vacilación, un tiempo muerto que separa lo que sucede a un lado y otro del espejo tras el que está el mundo. Estoy disociado. Pasa tiempo entre que oigo y entiendo lo que me dice el guardia de seguridad. ¿Nadie más lo nota?
—Sí —contesto, confirmando que entiendo sus instrucciones—. Yo soplo y paro.
De pronto los grifos comienzan a soltar agua a borbotones. Las cisternas se van llenando. Yo inspiro y soplo, solo eso. El segurata empuja las costillas de Alba cuando yo paro y repetimos el proceso.
Cuando el guardia empuja sus costillas, Alba parece suspirar, pero solo me devuelve mi aliento.
Una de las chicas moja la frente de Alba. Yo sigo dándole a mi amada mi aliento, ajeno a todo, ajeno al tiempo.
Tiempo.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que un paramédico me apartó de mi amada. Se dedicaron a golpear su pecho, intentando inútilmente despertar su corazón. Luego descargas eléctricas. Todo inútil.
Millones de piernas pasaban sobre mí.
Solo veía piernas y traseros, mientras intentaba llegar a una pared o a cualquier punto de apoyo, desde el cual levantarme del mojado suelo.
Cuando lo conseguí, se habían llevado a Alba.
Me dirijo a la calle, pero sé que no hay calle para mí.
Nada es como antes, todo se ha muerto, mi casa ya no existe, ni es nada esa la calle que me llevó hasta aquí.
Mi pasado es nada ahora.
Alba.
Veo cómo se la llevan, dándole oxígeno, aunque ya está muerta. Sé que sus labios ya no están calientes. Siento su frío en el alma.
Estoy sumergido en un infierno, estoy en un abismo, y no veo nada real a lo que aferrarme. No hay una puerta de salida. Yo creía en el amor… El amor universal de Cristo, o el amor, infinito en sí mismo. Yo podía creer en eso, porque yo amaba.
Deseaba sorber la vida con deleite. Hoy no deseo vivir, he perdido el gozo. Sin gozo, no es la vida, vida, solo agonía solemne, eterna despedida, de un amor que se pierde.
Hoy, esta mañana, mientras retiran su cuerpo, no hay en mí amor ninguno. No hay deleite ni gozo. Odio universal, eso es lo que siento. Ira infinita y asco.
Mientras estuve bailando con Alba subí al cielo, yo era el sol naciente, ella la aurora. Todo era luz, todo era claridad. Puesto que ese cielo existía, existía un infierno. Ahora estoy en él. Toda mi vida ha pasado, hoy ha muerto Alba.
Tras el rostro de mi deseo he visto el destino de mi condición, y nada entiendo de cuanto creía entender en mi arrogancia.
Todo mi mundo murió con ella. Hoy veo un nuevo cielo y una nueva tierra. El nuevo cielo es gris metálico, y negra es la nueva tierra. Quizás mil colores brillan a mi alrededor, millones de mariposas vuelan inocentes, y, dorado, un sol radiante gobierna el cielo azul. Quizás todo eso esté sucediendo, pero no por ello el cielo es para mí menos gris, ni menos oscuros los corazones humanos, ni las mariposas dejan de ser gusanos alados. Quizás, tal vez, a lo mejor, la vida sea bella y liviana, como un hada madrina. Quizás se estén creando formas fantásticas, mil maravillas, y, todas al unísono, bailen ante mí como en una imagen de cuento.
Maravilloso cuento… y la ambulancia se lleva el cadáver de Alba.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Se dispersa la gente, parte la carroza fúnebre, la blanca nave, con su cruz de color sangre. Las sirenas no son seres míticos, siempre se llevan gente.
Este coche blanco parece una ambulancia, pero miente, es un coche fúnebre adornado con sirenas. En su interior viajan los sacerdotes de la vida y de la muerte, con sus batas blancas, con su instrumental, con su mensaje de esperanza.
Nadie parece darse cuenta de que está muerta, la han disfrazado de viva.
Botella de oxígeno y prisas. Y yo aquí parado, sin saber qué hacer.
Una mano conocida se posa en mi hombro:
—Me llamo Pedro. ¿Y tú?
—Adán —contesto mientras me giro.
Se trataba del guardia jurado. Por un momento siento que somos amigos. Pedro me mira a los ojos y pregunta:
—¿La conocías?
—La vi bailando, y de pronto cayó al suelo. Yo solo la recogí… no la conocía.
—Es cierto, los vi llegar por separado. Pero te involucraste, intentaste salvarla. Te admiro por ello. Nadie más movió un dedo por ella. Vete antes que lleguen los policías y te metan en problemas.
No entiende que su admiración me importa un pito, que hice lo único que podía hacer. No entiende que me importan un cuerno los policías, los bomberos y todo el funcionariado de la ONU.
Ella está muerta. Sin más. Y todo es absurdo, monstruosamente ridículo.
—Se llamaba Alba —digo mientras salgo de la discoteca.
Las sirenas se llevan a Alba.
Camino sin saber a dónde voy y llego a casa de mis padres.
Estoy solo en la casa, una casa que no es mía y de la que no me siento parte. Nada siento mío. Mis propios pensamientos son como el sordo rumor de millones de gusanos copulando.
Cada uno de los gusanos son palabras que arrastran significados opuestos entre sí. Todos siniestros. Se unen y reproducen sin que me importe un comino su negra orgía.
Soy Adán y no sé qué significado tiene eso.
O quizás sí que lo sé, sé qué significado tiene. Si nací y tengo nombre, mi nombre certificará mi muerte. La muerte es el sentido hacia el que fluye Adán, y desde esta muerte escribo este capítulo del libro que estoy escribiendo en mi mente.
Este libro no es poesía, si bien no es tampoco pura prosa.
Este texto que no es ni novela, ni poesía, tampoco filosofía, ni siquiera es Verdad.
Me gustaría que fuese poesía, pero no lo es, tampoco lo pretendo. No deseo hacer poesía, la lírica nada tiene que ver con esto. Esto es la vida, y duele. La amo con locura, pero duele. Y cuando la vida se me clava en el corazón como una patada en los cojones… No hay tiempo para poesías.
No hay tiempo, y, sin embargo, el tiempo pesa sobre mí como una losa de plomo sobre alguien que, aún vivo, es enterrado en una tumba.
Hay en mí la soledad más absoluta. La soledad de un asceta en un cementerio.
Mi soledad llegó a la casa vacía. Estaba solo en ella.
Estaba solo en mi habitación, solo en el trastero. Salí de casa, y paseando mi soledad por la ciudad que despertaba, solo, aunque me rodeara gente. No importaba nada, solamente estaba solo.
Solito del todo, mira qué tontería, compré pintura y pinceles en la droguería. —Y un rodillo, si es tan amable —dije como si no hablase con nadie.
Volví a casa solo. Me encontraba solo, mientras pintaba mi habitación de negro. Solo, sin ayuda de nadie, me corté el pelo, solo estaba, mientras me desnudaba.
Así estaba, y así me sentía yo, frente al espejo.
Solo ante el espejo.
Sin mi largo pelo, pintando con maquillaje las cuencas de mis ojos, pintando las formas de mis huesos en mi piel de mono humano.
Estoy aquí, lleno de furia y rabia. Frente a un frío espejo, solo, mirando cómo mi reflejo dibuja en su cara su interior.
La calavera.
¡Oh, reflejo mío! ¿Cuántas veces he confundido en ti mi identidad? Inocente y servil impostor invertido, querido reflejo, cuánta verdad hay en lo que, tergiversado, me cuentas. Parece que estés dibujando una calavera sobre un rostro humano, pero no es cierto. Es sobre una calavera cubierta, de rostro, que pintas, y no es un rostro humano. Es sobre carne y tendones, cubiertos de sudorosa piel, que dibujas el rostro de la muerte. Este será mi disfraz, la evidencia de mi propia mortalidad. Pues, en mí, hoy ha muerto la vida humana, rota en mil pedazos está mi humanidad. Esa humanidad de gusano feliz con exceso de neuronas. Ya no pasearé pensando que me dirijo a un lugar, como un androide programado, ni andaré como un muerto viviente, inconsciente de mi propia condición de cadáver. Hoy me sé reo y condenado, viviendo en la ciudad del absurdo. El absurdo es ese gusano con la cara pintada que me mira tras el espejo. Tú, querido reflejo.
Se nubla tu imagen en el espejo, tonos verdosos, exceso de contraste. He fijado demasiado la vista.
Mis lágrimas sin sentimiento se deslizan, teñidas de negro, por mis mejillas.
¡Bravo, culminación de la evolución, gran depredador, fabricante de cacas, amo del universo, señor de las ciencias, gusano supremo!
Te crees un ser superior, pero solo eres un cadáver viviente. Ahora lloras, reflejo mío, sin duda yo lloro también. Tú lloras, porque yo estoy triste. La ira se ha revelado tristeza, viéndote llorar, me doy cuenta.
El día de hoy es gris, cae plomo del cielo esta cálida tarde de verano. Solo me dirigiré al oeste, mientras se tiñe el horizonte con la sangre de un sol que muere. La noche, manto de oscuridad, se acerca. Cubierto de negras nubes, sin luna ni estrellas, así será esta noche el cielo. Para no desentonar, me visto de negro. Negros pantalones de pana, negra camisa de algodón, negro terciopelo en mi chaleco negro. Negras botas, negro cielo con nubes negras, negro mi pelo negro. Adiós gris tristeza.
No hay en mí ya pena. Negra furia. Negro olor a pintura negra. Negras son las paredes de mi habitación, negra calavera pintada en mi rostro, negra cazadora de cuero. Se ha puesto el sol. Dejo la luz encendida de la habitación al salir. Desde mi ventana, como una estrella falsa, me ve marchar la pobre lámpara. No pienso volver. La oscuridad y yo somos uno.

