20 -EL CISNE DE KAPILAVASTU
[EL BUDDHA AVATAR DE VISHNU]
20 EL CISNE DE KAPILAVASTU
[EL BUDDHA AVATAR DE VISHNU]
Esa mañana el Sol naciente cabalgaba sobre las plumas de un cisne solitario. Brillaba en un limpio cielo azul tapizado de aves.
Bajo ese cielo, la ciudad de los arios estaba rodeada de una muralla que separaba la ciudad de una zona yerma, donde vivían los parias, los intocables. Todo ello estaba a su vez rodeado por otra zona de campos cultivados, rodeados a su vez de prados y lomas, que colindaban con la selva.
Era la tierra del sabio Kapila, el creador de la filosofía Samkhia. No importa si ese sabio habitó esas tierras. La visión de ese sabio era la base del pensamiento de los arios, como la tierra es la base de toda construcción humana.
Hacía diez años la emanación del dios Vishnu había nacido en esa ciudad. Era Siddhartha, cuyo destino era gobernar la tierra y restaurar el orden divino. Sería conocido como el Buddha cuando fuese entronizado como emperador del mundo, según era la voluntad de su padre.
Solo tres cosas impedirían que Siddhartha cumpliese ese destino y renunciase a su trono: la conciencia de la enfermedad, la vejez y la muerte.
—Yo te lo daré todo —dijo su padre cuando lo vio en brazos de su madre.
Luego miró a la reina Maya, la madre del niño. La madre miró al niño con una sonrisa que se transformó de pronto en una mueca extraña: su boca quedó abierta y su último aliento abandonó el cuerpo, para no regresar.
Con lágrimas en los ojos, Suddhodana, el rey de Kapilavastu, entregó el niño a su otra esposa, Prayapati, y llamó a los videntes para saber el destino del niño.
Los sabios le dijeron que Siddhartha era una encarnación de Vishnu, el dios de todo. Y que todo indicaba que este avatar se dedicaría a la vida religiosa, para enseñar como monje la ley sagrada, el Dharma, a los arios.
—Estoy conquistando un imperio, necesito un sucesor —dijo el rey—. ¿No puedo hacer nada para guiar la vida de mi hijo hacia la victoria en el mundo? —Si logras que ese niño quede aislado de la conciencia del dolor de la vida, sin duda seguirá los pasos de los grandes emperadores y conquistará toda la tierra conocida.
El rey creó tres palacios para que el príncipe los habitara. Uno de ellos estaba en esa ciudad, justo frente a la torre de Brahma.
Un palacio rodeado de lugares de juego, lagos artificiales y bellos jardines, donde el niño sintiera la belleza de la vida sin percibir que la enfermedad, la vejez y la muerte eran los verdaderos dueños del mundo.
Un mundo sin dolor, que incitase a su hijo a conquistar más y más tierras. Convertir las zonas salvajes en tierras de cultivo y, a los salvajes, llevarles la civilización. Además de proteger las artes y las ciencias.
Diez vueltas dio la tierra al Sol desde ese día.
Hoy, el sol naciente cabalgaba sobre las plumas de un cisne solitario.
Brillaba en un limpio cielo azul tapizado de aves.
Una flecha atravesó el espacio vacío y se clavó en el ala del cisne.
Con el arco en la mano, un niño saltaba feliz de haber alcanzado al ave. Miraba cómo el ave caía del cielo, pero no pudo ver dónde había caído.
Sentado junto a las aguas, Siddhartha vio cómo el ave caía al lago y aleteaba intentando deshacerse del proyectil.
Corrió hacia el cisne herido y, rompiendo la flecha para separar asta y punta, liberó al ave del proyectil. Mas eso no alivió su dolor. Así que abrazó con cariño al cisne y, hablándole con voz suave, le dijo:
—Oh, cisne, montura del sol, montura de ese dios que reina en el cielo de día y que desciende al inframundo por la noche. No desfallezcas, dicen que yo soy la encarnación de ese dios, Vishnu. Yo te protegeré.
Frente al príncipe se erguía la torre de Brahma. Las cabezas del anciano dios, sacerdote primordial, se vislumbraban sobre los árboles que rodeaban el lago.
Amor, compasión, alegría y ecuanimidad eran el sentido profundo de esos rostros. Los cuatro Vedas, libros escritos por los antiguos videntes, eran el camino que permitía a los sacerdotes guiar a los reyes del mundo. Y, a través de ellos y con la ayuda de los dioses, mantener el orden del universo y permitir que esa voluntad de bien guiase de vida en vida la existencia de los entes conscientes hacia la liberación final.
El cisne se relajó en los brazos del príncipe, en parte gracias al calor de su abrazo, en parte por el tono de sus palabras, pero sobre todo porque estaba cansado de tanto luchar con la flecha y del terror sufrido al caer desde las alturas.
—Acaso yo, la encarnación de Vishnu, no descendí también del cielo para traer la luz al mundo y enseñar una ley que no conozco ni recuerdo. Te llamaré Hamsa, amigo.
El niño con el arco era su primo Devadata, quien, buscando a su presa, había llegado al lago. Su trofeo estaba en manos de Siddhartha y eso lo enojó.
—Devuélveme a mi cisne —dijo con autoridad. —¿Desde cuándo es tuyo? —Desde que lo cacé. —Tú no lo cazaste, primo, tú solo lo hiciste caer. Fui yo quien lo atrapó y ahora yo protejo su vida. —Tendremos que reunir a la corte de justicia para discutir eso. Te enfrentarás a la humillación del veredicto, pues estoy seguro de que será a mi favor.
Adán tomó un poco de café con leche. Pedro, que estaba sentado en el suelo mientras escuchaba la historia, se levantó y se sentó en la silla junto a la mesa, donde convivían un sobre de cocaína, una barra de hachís, una cafetera, dos tazas, un paquete de cigarros, un recipiente con azúcar, otro con leche y un paquete de galletas sin abrir.
—Conozco esa historia —dijo Pedro mientras tomaba un cigarro y lo rompía—. Pero me gusta cómo la cuentas. —Gracias —respondió Adán. —¿Quieres que siga? —Sí, por favor. —Te contaré más en un rato. —¿Quieres un porrito? —¿Qué estarán haciendo las chicas? —Vaya pregunta. Yo voy a hacer un porro. ¿Vas a querer? —Sí, claro. ¿Han quedado contigo de alguna manera? —Sofía tiene la dirección de esta casa. Cuando quieran vendrán. —Ok, te cuento cómo sigue.
Pedro, que ya había hecho el porro, lo prendió y un aroma de hachís impregnó la atmósfera.
—Toma, fuma primero y me cuentas después. Voy a cagar, que es mi hora —dijo Pedro. —¿Cagas siempre a la misma hora? —preguntó Adán. —Cuando me levanto, pero hoy no he dormido. Así que sé la hora, porque mis intestinos lo dicen —respondió Pedro. —Va, vete a cagar —dijo Adán.
Adán saboreó el humo de tabaco y hachís mezclados que entraba en su boca. Miró cómo ese humo se elevaba por el espacio, creando formas onduladas e intrincadas que se disolvían al ascender.
Imaginó a un sabio sacerdote que observaba cómo el humo del fuego sagrado ascendía del mismo modo frente a su mirada.
—Ya estoy, nen. A ver cómo sigue tu cuento —dijo Pedro mientras se abrochaba el cinturón.
Adán continuó narrando:
—Asita era el sabio vidente que había hecho llegar al rey la profecía sobre Siddhartha diez años atrás. Ahora, confinado en su cueva, tuvo la visión del príncipe sosteniendo al cisne, junto a su primo Devadata. Estaban de pie frente a los sacerdotes, conocedores de la ley.
Usó sus poderes mentales para trasladar su cuerpo al lugar donde esa escena estaba ocurriendo. Su aparición mágica no fue percibida por nadie, salvo por el príncipe.
Los miembros de la corte de justicia no se ponían de acuerdo. Y el rey que asistía al debate estaba visiblemente nervioso ante la posibilidad de que su hijo fuese derrotado. Aunque secretamente hubiese deseado que la flecha la hubiese lanzado su hijo, y fuese Devadata el que se comportase como una mujer compasiva, y no como un bravo guerrero.
—Ha llegado el sabio Asita a esta reunión —dijo Siddhartha.
Todos dirigieron la mirada hacia el sabio que al tener la atención de todos los presentes, dijo:
—Sabéis todos muy bien que nuestra ley proviene de Brahma, y que nuestros libros son solo una expresión de su vasta conciencia. Sabéis que esa conciencia expresa su naturaleza a través del amor, la compasión hacia los seres. De forma ecuánime, sin más intención, que ver a las criaturas gozar de la alegría natural, que surge de su propia naturaleza.
Todos guardaban silencio, puesto que estaban de acuerdo en esas premisas. Y respetaban la autoridad del anciano vidente.
—Rey Suddhodana, ¿por qué deseas que tu hijo, encarnación del propio Vishnu, se comporte como un impulsivo mocoso que desea solo para satisfacer su orgullo, tomando una vida solo para sentirse poderoso?
¿Acaso esperas que tu hijo sea un emperador déspota que gobierne solo para su propio orgullo?
Debes saber que, aunque las mujeres requieren nuestra protección, es su amor lo más parecido a ese amor de Brahma. Debes saber que, aunque aplique la fuerza contra sus enemigos, la mente de un rey ario debe ser como la de Rama en la Gran Guerra. Fiel al deber y no al fruto de las acciones.
Debes saber que el amor y la compasión son la motivación real de nuestro imperio, así como el espíritu ecuánime y el corazón alegre son el estado desde el que emana tal motivación.
No somos hombres superiores por orgullo, lo somos porque obedecemos las leyes de ese sabio ancestral, que emanan de sus cuatro grandes rostros. Leyes que acabo de describir, provenientes de su motivación.
El anciano se dirigió entonces a la corte:
—No me corresponde a mí, que no soy miembro de esta corte, dictar el veredicto, pero cualquiera de vosotros que mire desde el corazón de un alma limpia y una mente clara puede ver que cada uno de los muchachos tuvo ya el fruto de su esfuerzo.
El joven Devadatta logró alcanzar su blanco y el príncipe, manifestando en su acción compasiva la naturaleza de nuestro dios, que es quien sostiene ya al cisne. Pues a sus pies depositó el destino al ave.
Teniendo en cuenta lo que el vidente había dicho, la corte de justicia dictó sentencia en favor del príncipe, a la vez que hizo sentir al rey que la victoria de su hijo era merecida y se arrepintió de haber deseado otra situación diferente a la que había sucedido.
Solo Devadatta se sintió mal ese día, y no solo ese día, pues el rencor por la humillación anidó en su corazón hasta el fin de sus días.
Adán interrumpió su relato y vio a Pedro liando otro canuto.
—Me gusta —dijo Pedro.
—Gracias —respondió Adán.
—Eso de “te lo daré todo” es un poco más de los evangelios que de los sutras.
—Y los budistas no mencionan al Buddha como avatar de Vishnu.
—Cierto. Has contado otra historia y, sin embargo, parece la misma.
—Mi cuento no termina ahí.
—Oh, vaya.
—Hay un intocable llamado Nataraja que entra en escena más adelante.
—Uf, otro día me cuentas. Anda, fúmate este que te lo has ganado.
—Tengo ganas de que lleguen las chicas —dijo Adán.
Luego se llevó el porro a la boca. Le dio un par de caladas y, mirando el humo, le devolvió el cigarro a Pedro.
—¡Mujeres! —exclamó Pedro—. ¡Acostúmbrate a esperarlas!
