DROGAS Y BUDISMO LA LOCURA DE ADÁN LIBRO

Capítulo 19 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN [FRACTAL INFINITO]

CAFÉ, ZEN Y COCAÍNA [EL BUDDHA SIN CABEZA]

19 – CAFÉ, ZEN Y COCAÍNA

[EL BUDDHA SIN CABEZA]

Voy a preparar un buen café —dijo Pedro.

Acababan de llegar al apartamento de Pedro, Adán miraba todo con curiosidad. Le sorprendió ver un altar con un Buda japonés.

¿Eres budista, Pedro?

Un poco, más bien zen —contestó Pedro desde la cocina—. ¿Vas a querer una clencha de coca?

Ya no me viene de aquí. Vale —dijo Adán.

Pasó un rato en que el silencio presidía la casa. En ese silencio, el ruido lejano de las olas se mezclaba con los gritos de las gaviotas, el sonido de los vehículos y con los demás ruidos de la ciudad.

La figura del Buda era una reproducción de la que había en Kamakura cerca de Tokio, en Japón. Adán estaba casi obsesionado con las religiones, especialmente en su vertiente mística, filosófica o psicológica.

El ruido burbujeante del café, terminando de subir en la cafetera italiana, sacó a Adán de su contemplación.

¿Qué tal, nen? Un café y una rayita y verás cómo te cambia la mañana.

Es el Buda Amitabha —dijo Adán—. Para los japoneses, Amida.

Ah, vale, pues córtale la cabeza.

No te he entendido —replicó Adán—. ¿Quieres que le corte la cabeza a tu estatua?

No, nen, lo que dije es un consejo zen.

¿Que le corte la cabeza al Buda?

Si encuentras al Buda, debes cortarle la cabeza.

¡Ostras, qué devotos los budistas zen! —dijo Adán con ironía.

En realidad, había leído algo sobre Zen y los koan, paradojas que intentaban ayudar a trascender o comprender la verdad del zen.

Pedro acababa de esnifarse una raya de coca y le pasó un billete de cien pesetas a Adán para que hiciese lo mismo con la que quedaba.

¿Quieres azúcar y leche? —dijo Pedro.

Sí, por favor —dijo cortésmente el muchacho mientras tomaba el espejo de manos de Pedro.

Ahora te traigo.

Adán se metió la raya y se quedó quieto esperando notar algún efecto. Pero no sintió nada especial, salvo quizás la sensación en la nariz y una especie de euforia ligera al cabo de unos minutos.

Tomaron el café en silencio. Un silencio que en realidad era la suma de todos los sonidos de la mañana.

¿Te interesa el budismo? —dijo Pedro, irrumpiendo en el silencio, sin interrumpirlo.

Mi madre me ha llevado a meditar con varios maestros, pero no eran budistas —respondió Adán.

Yo debería meditar más y meterme menos mierdas —dijo Pedro en tono de culpabilidad—. Tú no te aficiones a las drogas, nen.

Me volveré yonqui y vendré a acusarte ante tus vecinos de ser responsable de mi desgracia —respondió Adán bromeando.

Vaya mamón estás hecho, nen —dijo Pedro en un tono que no resultaba divertido—. No tiene gracia lo de volverse yonqui. Mis mejores amigos murieron por culpa de esa mierda.

La heroína… —dijo Adán por deducción.

Sí, vaya nombre. La heroica droga que todos podían comprar. Que los médicos recetaban. Pura publicidad engañosa de las farmacéuticas —dijo Pedro en tono de ironía—. La droga no adictiva que salvará a los adictos a la morfina… —y concluyó enojado—. La puta heroína.

Era otra época —dijo Adán—. Ahora hay más controles para evitar que una sustancia así se pueda vender como no adictiva.

Eres tonto, nen —dijo Pedro.

Adán estuvo a punto de enojarse por el insulto, pero entendió y siguió escuchando.

Pedro tomó un trago de café solo y sin azúcar. Y, mirando a Adán, le aclaró:

El capitalismo se basa en la adicción.

¿Eres comunista o algo así? —preguntó Adán.

La adicción y la carencia —aclaró Pedro.

Adán escuchaba a Pedro atentamente. Sabía que el discurso no había terminado.

Las cosas son más caras, en tanto son menos abundantes. Por eso hablo de carencia. Pero sobre todo se necesita que los clientes sean adictos a lo que vendes. El adicto es el cliente perfecto.

Adán seguía en silencio.

Creo que cualquier día de estos veremos cómo crean algo más adictivo que la heroína y verás cómo el sistema certifica que es un medicamento seguro y no adictivo. Los médicos la recetarán masivamente para tener recompensas de las farmacéuticas —dijo Pedro como si de pronto hubiese visto el futuro.

¿Tú crees? —respondió Adán, extrañado de la seguridad de la profecía.

Pedro se levantó, dio una vuelta por la sala y se volvió a sentar.

Yo extraño a mis amigos muertos. Y sé que la epidemia de heroína no fue accidental. Se introdujo en los barrios obreros intencionadamente. Sé esto porque un amigo, policía de Bilbao, me lo dijo. Él supone que se hizo para crear conflicto y acabar con el tejido social. O quizás para tener excusas para la presencia policial. Aunque con lo de ETA, la presencia policial no precisaba excusas. No sé —dijo Pedro.

Adán no quiso decir nada. Sentía una mezcla de rabia y dolor en su amigo. Sabía que quería seguir hablando.

¡Mira qué teatro tan hipócrita todo esto de la prohibición! ¡No ha funcionado para lo que dicen que está, la puta prohibición! No protege al consumidor, porque lejos de asegurar calidad y dosificación, les deja en manos de lo que los camellos quieren hacer. Tampoco ha disminuido el tráfico ni el consumo. Todo lo contrario. Por tanto, o son unos ineptos, o sus intenciones son otras —dijo Pedro.

¿Cuáles son, según tú? —preguntó Adán intrigado.

No puedo conocer sus intenciones, pero sí los resultados. Viendo el beneficio que el sistema mundial obtiene, veremos algo más de realidad que la que sale por la tele.

Te escucho —respondió Adán.

Uno, el consumo y el tráfico han aumentado. Eso significa dinero negro que acaba en los bancos, pero que pueden mover sin la aprobación de los órganos del gobierno.

¿Quién dices que hace eso? —preguntó Adán.

Las agencias de inteligencia, por ejemplo. Es dinero para sobornos o lo que haga falta hacer sin informar al congreso. Además, los agentes tienen sus necesidades, y merecen sus lujos.

Ah, claro. Dinero negro.

Dos, la ley permite meterse en la vida privada de la gente. Supuestamente, es por la salud pública. Pero no se protege a nadie. Un yonqui está indefenso ante adulteraciones y cambios de pureza. Mata más eso que la droga misma. Y en 10.000 años nadie ha muerto por fumar marihuana —dijo Pedro.

Voy a hacer un porrito mientras me cuentas —dijo Adán al oír eso.

Pedro lo miró haciendo un gesto de aprobación y continuó:

Tres, mantiene a los ciudadanos pendientes de una amenaza a sus familias, a sus hijos. Se usa mucho a los niños para despertar el miedo. “Estamos impidiendo que la droga llegue a tus hijos.” Dicen. Y ya sabemos que es mentira. No están impidiendo nada.

De hecho, dices que ellos mismos manejan ese tráfico. ¿No? —recordó Adán mientras buscaba el papel de fumar.

Estás entendiendo. No creo que sea un control completo, pero ahí están metidos —dijo Pedro, satisfecho de que Adán escuchara—. El detalle es que les es útil crear la visión de que un comportamiento individual representa una amenaza social, es fundamental para el control político. No es importante si es algo peligroso o no. Lo importante es que se vea al vecino como amenaza y al estado como protector.

Me estás dejando de piedra —dijo Adán—. Creo que yo he pensado cosas así. Me gusta cómo lo cuentas.

Cuatro, se consigue que el gasto policial y militar se incremente. Pero eso, lejos de evitar asesinatos, robos y delitos contra el bienestar de las personas, lo que hace es desviar las acciones de la policía contra ese tipo de delitos y exagerar las acciones contra un delito que de hecho es contrabando. Es un delito sin víctima. El consumidor no es víctima del traficante —explicó Pedro.

No estoy de acuerdo. El consumidor es víctima —dijo Adán al detectar la contradicción—. Tú mismo dijiste que los gobiernos introducen droga en los barrios obreros.

Heroína para los barrios pobres con demasiados activistas políticos y cocaína para hacer más voraces a los depredadores y más voraz el consumo —aclaró Pedro.

¿Qué depredadores?

Corredores de bolsa, ejecutivos… gente así. Les hace más productivos y les incita a derrochar más. Les permite trabajar más horas sin resentirse.

Pero no me has resuelto esa contradicción entre lo que decías, de que el comprador no es víctima del vendedor y eso que me contabas de tus amigos. Tus amigos fueron víctimas —señaló Adán.

Veamos. Hay responsabilidad en la introducción de las drogas —aclaró Pedro—. Por ejemplo, cuando un muchacho va a comprar hachís y le regalan una bolsa gratis de heroína. Eso se hace hasta que el muchacho llega con síntomas de abstinencia. Luego ese chico comienza a enganchar a sus amigos para pagarse las drogas. Eso es una cabronada, pero las víctimas no son víctimas del vendedor. Pueden no participar.

Espera un momento —dijo Adán—. Tú has estado haciendo lo mismo esta noche.

No te pongas idiota. Lo mío no es lo mismo —dijo Pedro un poco molesto—. Es por amistad. Joder, nen. Recuerda que yo te he advertido de que no te debes aficionar. Y no era heroína, sabía lo que te daba.

Vale, eres un camello bueno. ¿Hay más? —preguntó Adán.

Estoy dudando sobre lo de si hay o no víctimas —dijo Pedro pensativo—. En todo caso no es como un robo, un secuestro o una violación. Hay víctimas, pero no son víctimas del hecho mismo de que el traficante les venda. La desinformación, la falta de controles sanitarios y otras cosas son más dolosas que la substancia. El adicto es una víctima voluntaria o imprudente. Además, fijarse en el adicto oculta que hay consumo responsable al que tenemos derecho.

Joder —bromeó Adán—. Me estás presentando el cuento al revés.

Un poco al revés sí están las cosas —dijo Pedro—. Pero sigo.

Sigue, sigue, que se te ve inspirado.

Veamos, cinco. Los consumidores son desprestigiados por el simple consumo, no por daños que le causen a otras personas. El drogadicto, sea adicto o consumidor responsable, es percibido como una amenaza para la sociedad. O más bien es presentado como tal.

¿Eso no lo has dicho antes? —preguntó Adán.

¿Cuándo?

Dijiste que les permitía meterse en la vida privada de las personas.

Sí, pero no es lo mismo. O quizás sí… no sé, ya no me aclaro —dijo Pedro—. Pásame el porro, nen.

Pedro fumó unas caladas mientras guardaba silencio. Su mirada estaba perdida.

Bah, dejemos el tema —propuso Pedro.

Como quieras —respondió Adán.

Toma, acábate el porro, nen, yo voy a meterme otra raya.

Vale —dijo Adán—. Yo creo que paso de rayas.

Pedro se hizo la raya de cocaína y justo antes de esnifar, dijo:

Esto ha llegado a mí manchado por los crímenes de los carteles, las mafias y las guerras sucias de las agencias gubernamentales.

Pues vaya karma —replicó Adán.

Pedro se metió la raya y añadió:

Y yo les ayudo a ganar dinero, cuando compro o vendo esta mierda. Karma, sí, supongo.

¿Y por qué lo haces? —preguntó Adán, sorprendido de la performance.

Soy parte del sistema. ¿Me pasas un cigarro? ¿Tienes?

Creo que me quedan. Sí, mira, aquí. Toma.

Adán le pasó el cigarro a Pedro.

Pronto verás cómo empiezan a enfrentar a la sociedad persiguiendo el consumo de tabaco.

Pero el tabaco es malo —dijo Adán como si la frase le hubiese llegado del cielo.

El tabaco es otra mierda —dijo Pedro—. Pero ese no es el problema. Se venderá más caro, por los impuestos, se seguirá consumiendo, el estado recaudará más. Y consumidores y no consumidores se pelearán.

Pedro rompió el cigarro ante la sorpresa de Adán.

Voy a hacerme un porro —aclaró Pedro—. Tú acábate el otro.

Se fumaron el porro en silencio. Y siguieron escuchando ese silencio ruidoso de la ciudad, hasta que Pedro dijo:

El silencio es el sonido, el sonido no es otra cosa que el silencio.

El vacío es la forma, la forma no es otra cosa que el vacío —replicó Adán, que se sabía el sutra del corazón.

¿Entiendes eso? ¿O solo te aprendiste el sutra?

Las notas de la música no duran ni un instante, la propia música carece de entidad —respondió Adán sin premeditación.

Suena bonito. ¿De qué libro es?

No está escrito. Lo estoy escribiendo en mi cabeza —dijo Adán.

¿Es tuya la frase?

¿Las frases tienen derechos de autor?

Me caes bien, nen.

Mejor para ti, imagina estar conmigo y pasarlo mal.

Horrible, nen, no quiero ni pensarlo.

Sí, una mierda —replicó Adán—. Pero acabas de pensarlo.

Estás bastante despierto, Adán.

No lo creo.

Mejor —dijo Pedro, complacido—. Mejor que no lo creas.

¿Por qué es mejor? —preguntó Adán extrañado—. ¿A qué te refieres?

Ya te lo dije.

¿Lo cualo dijiste?

Si encuentras al Buddha, mejor le cortas la cabeza.

¿Por qué no pones un Buddha sin cabeza en el altar?

Porque si lo hago, la gente creerá que un Buddha sin cabeza es un verdadero Buddha, y todos encontrarían al Buddha, pero no tendrían cabeza que cortar.

Ostras, menudo problema.

Un verdadero ateo no niega la existencia de Dios.

¿Qué hace?

Le corta la cabeza.

¿Mata a su Dios? Como hizo Nietzsche.

Nietzsche no mató a ningún Dios. Zaratustra, el personaje, subió a la cima más alta donde se supone Dios habitaba y descubrió que no había nadie.

Nadie —repitió Adán.

Ninguna cabeza. Dios no tiene ego. No hay ninguna entidad que sea Dios.

¿No estamos hablando un poco de más?

Pedro asintió con la cabeza y se sentó en posición de meditación zen por unos minutos. Luego se levantó y fue a preparar más café. Llegó con la cafetera llena y una caja de galletas.

¿Puedes recitar partes de ese libro que escribes en tu cabeza? —preguntó Pedro.

¿Quieres? —respondió Adán.

Te lo estoy pidiendo —dijo Pedro.

Adán visualizó algo en su mente y empezó a describirlo:

Esa mañana el Sol naciente cabalgaba sobre las plumas de un cisne solitario. Brillaba en un limpio cielo azul tapizado de aves.

Era el capítulo titulado: El cisne de Kapilavastu.