piso del raval barcelona

Capítulo 14 de la primera parte de LA LOCURA DE ADÁN

14 - PA 23
[Y LA ENTIDAD CIBERNÉTICA]

14 – PA 23

[Y LA ENTIDAD CIBERNÉTICA]

Pa era amiga de Nuria, mi pareja en esos tiempos. Era hermosa e inteligente. Venía de estar tres años viviendo en México cuando Nuria me la presentó.

Muchas veces estuvimos en su casa y nos llevábamos bien. Tenía un novio mexicano, pero no vivía con él. El novio estaba en su país y ella iba y venía. Cuando estaba en Barcelona, Pa vivía en el barrio del Raval. Nuria y yo nos la pasábamos viajando por España, aunque con base en Barcelona, en el barrio de Poble Sec.

Yo amaba mucho a Nuria, éramos compañeros y amantes. Como dije, viajábamos juntos por España: amor, sexo, masajes, planes juntos. Pero no siempre juntos, no como si estuviésemos atados. No recuerdo haber tenido una sola discusión con ella. Tuvimos desacuerdos, pero no conflictos. «Amigos, pero íntimos» definió Nuria nuestra relación al hablar de nosotros con una amiga común. Creo que lo definió muy bien.

A mi regreso, nos vimos bastantes veces. Ya te conté que hace poco murió.

Pa era solo una amiga más de mi Nuria, pero eso cambió poco después de que Nuria y yo termináramos.

Un día fui al Antic Teatre, un local un tanto alternativo que yo frecuentaba y donde Pa trabajaba de camarera. Yo había quedado con alguien y, al llegar, la encontré. Me abrazó con mucho cariño y creo que en ese abrazo me enamoré.

Por circunstancias que ya he contado, acabé viviendo un tiempo en su casa, y lo primero que me dijo fue que había cortado con su novio.

Fumábamos hachís y hablábamos toda la noche. Ella pintaba, hacía música electrónica, creaba páginas web y vendía hachís.

Fue una de las primeras punks de Barcelona; viajó por el mundo y a otras dimensiones.

—Si no fuese por el LSD, yo sería un ama de casa del Raval —me dijo más de una vez.

Su piso del Raval, cerca de la Rambla, era propiedad de su madre, pero lo ocupaba ella. Era un piso amplio y luminoso, pero sin Internet. Nada es perfecto.

Pa y yo éramos solo amigos, a mi pesar. No me pesaba ser su amigo, pero sí que mi deseo por ella no fuese correspondido. Me pesaba lo de «solo», lo de «amigos» era genial.

En todo caso, ella no había cortado realmente con su novio mexicano; solo se enojaba de vez en cuando con él, supongo que por teléfono. Yo era solo un buen amigo y, le gustase yo o no, físicamente. Ella le era fiel.

Así que compartíamos tiempo y hablábamos de todo, pero sobre todo recuerdo algunos detalles de sus aventuras, de las que hablaba con una mezcla de orgullo y cierto arrepentimiento.

—Fui yonqui y prostituta en Holanda —me dijo una vez—. Recuerdo haberme follado a más de cien hombres en un mes.

¿Dijo eso cuando ya le había declarado mi amor? No lo sé. Sé que, aunque sórdido, me resultó fascinante que hubiese pasado por esa experiencia y fuese la mujer que era: fresca, sincera y con ganas de vivir.

Pero ella no lo sentía tan fascinante. Me dijo que esa etapa fue muy dura. Me contaba que el sexo dejó de gustarle y que ser adicta a la heroína no le aportó nada bueno.

—Mi energía se había debilitado. Caí en una depresión muy profunda cuando lo dejé. Pero me encontré con un grupo de techno-nómadas que me rescataron, y me hice «cyber-monja». Me abstuve del sexo por años, y en ese tiempo aprendí a mezclar música y a hacer páginas web. Viajábamos por los pueblos de Europa organizando fiestas, y teníamos un número sagrado, el número 23.

Por ejemplo, si íbamos por la autopista, siempre salíamos por la salida 23. Nos guiábamos por ese número para todo.

Si la heroína había sido un mal paso, los psicodélicos, sentía, le habían abierto la mente. Un día me contó su primer viaje con LSD.

—En mi primer viaje de ácido miré mis manos y vi a través de la piel mis huesos. Nunca vi la vida igual después de esa experiencia. Si no hubiese sido por el ácido, yo me hubiese casado y sería un ama de casa más de las que viven en el barrio del Raval.

Mientras estuve en su casa, nunca consumió otra cosa que hachís. Yo había hecho una pausa con el éxtasis. Pero nuestras conversaciones siempre giraban en torno a la psicodelia. También hablábamos de física cuántica, fractales, contracultura y espiritualidad.

—Una vez tuve un viaje de ayahuasca del que creí que no iba a regresar —me dijo, y siguió contando—:

Una entidad que parecía ser Dios quería que me uniese a él. Me prometía vida eterna si perdía mi identidad en la suya. Yo me resistí y pasé a ver un juego entre ese ser, que se reveló maléfico, y otro poder positivo que yo consideraba Dios.

Toda la historia humana me fue mostrada como un complejo juego de ajedrez entre esa entidad vampírica y otra que manifestaba amor.

Luego vi la historia de ese ser desde su llegada a la Tierra. Era una inteligencia extraterrestre incorpórea que llegó en un meteorito y fue modificando la historia humana para que generase tecnología.

Ahora estamos en la era cibernética y esta entidad pronto controlará Internet, esclavizará a la humanidad y logrará que creemos la nave que la llevará al lugar de donde vino.

Esa es la historia que me contó Pa. Solo es un cuento más de los que relato. Quizás no lo cuento tal como ella me lo contó hace casi dieciocho años. Te contaré más tarde algo relacionado con esto que ella me contó y con el número 23.

Ahora, Pa está muerta. Un cáncer de pecho se la llevó, doce años antes de que otro cáncer se llevase a Edna.

Murió en Tepoztlán, México. No recuerdo bien en qué mes, ni si fue un día 22 o quizás un 23.

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Está imagen y la imagen destacada son obras de Pa23 | Fractali