feto adán adn 2001

LA LOCURA DE ADÁN Capítulo 4 de la primera parte

4 - AL PRINCIPIO
[A DE ADÁN]

4 AL PRINCIPIO

[A DE ADÁN]

A

A de Adán. Adán en el Edén, la tierra de los cuatro ríos. Adán moldeado de tierra roja. Arcilla deseante, moléculas que sueñan. A de ADN. Colapsan los pensamientos en un orgasmo, se combinan códigos genéticos, y esa idea representada por mi nombre tiene una forma en la que madurar.

¿Cuándo comenzó esta historia? ¿Quién moldeó mi forma? ¿Quién está escribiendo esto? ¿Cuándo sucedió que vine a existir? ¿Cuándo, de las luces y sonidos de esos ríos, que fluyen hacia mí, surgieron las formas que me rodean? ¿O es acaso de mí que surgen estos ríos de sensación hacia los cuatro puntos del espacio?

Al principio fue el logos, esa estructura de leyes que hace versar un verso, un universo. No sé. Solo siento. Siento aquello que es, aquello que soy, aquello que aprendo a nombrar poco a poco. No sé quién soy.

Mamá. Pronto desearé mamar el néctar de tu pecho, alimentar esa corriente de electrones, descargas de luz, neuronas, cerebro. Mama. Pero ahora que aún no soy, ahora que todavía no he nacido. ¿Soy tú acaso? Oh, Madre. ¿Eres tú la tierra roja del deseo de la que surge poco a poco una forma que buscará en tu pecho el alimento? Ahora, ese néctar nutritivo fluye sin esfuerzo desde los intestinos, alimenta este corazón que late, este latido constante que me da centro. Ese latido que acompaña al de tu corazón. Tambor que llena de sonido los cuatro rumbos, hacia donde fluyen los ríos de mi deseo sin límite.

Sonidos de letras que irán dando forma a este universo que versa, este verso recurrente de cuyas rimas tomarán nombre y forma, los objetos. Objetos que saben, huelen y brillan, un fluido cambiante de colores. Iré aprendiendo a definir los límites. Los límites serán el cuerpo que mamará de tu pecho y degustará el néctar sabroso y dulce, mientras lo envuelve el aroma de tu piel. Ahora no recuerdo nada de esto. Aunque a veces, cuando estoy en paz, años después de ser nacido, puedo sentir en la paz del desconocimiento, el recuerdo de ese olvido feliz previo a mi nacimiento.

Imagino que no he nacido. Nada sé, solo siento. Satisfecho, me sumerjo en la luz de mi mente y sueño. Sueño que soy Adán. Adán en el Edén. Tambor rugiente, deseo deseante. Al principio, surgió el tiempo. Surgió de un dolor indescriptible, tuyo o mío. Un dolor que me arrancó de tu vientre, separando mi latido de tu latido. Cuando el ardor del primer aliento llenó mi pecho de dolor.

Alguien cortó el cordón que nos unía, pero yo nada sé de lo que está sucediendo, solo siento un horror indescriptible que despierta mi autoconciencia por un tiempo indefinido. El tambor, corazón acelerado, rodeado ahora del ardor de un ardiente fuego, oye tus gritos, madre. No entiendo qué está pasando. Me alejo de todo para huir de ese drama; parece que un espejismo sea contemplado por la nada. Me disocio de mí mismo en ese primer instante de tiempo. Presencia vacía que no logra consuelo, contemplando este dolor nuestro, madre.

¿Quién contempla esto? ¿Qué está sucediendo? Tus brazos me acogen ahora. Oh, Madre. Tu piel es ahora mi tierra; el latido constante tomó conciencia del centro. Descubro tu pecho, madre, objeto de mi amor-deseo. Instante breve de autoconciencia que cae en el olvido. Se calma ese corazón en un ritmo constante, no hay conciencia del tiempo. Solo eventos eternos, que de pronto se pierden como si no hubiesen sucedido. Solo ese sabroso pecho, ese olor de sudor, profundo aroma, que como brisa se confunde con voces que no son palabras. Sílabas semillas con las que escribiré este libro.

Madre del alfabeto, madre de los conceptos. Yo, Adán, fui concebido en ese evento. Cuando nací ya existía mi nombre, y oigo cómo tus palabras me envuelven. A de Adán, A de ADN. Sílabas semilla de un mundo que nace conmigo, conciencia naciente que se calma en el tacto de tu cuerpo, envuelto en las sedas del aroma de un cuerpo que ahora es otro cuerpo, en un espacio donde la luz se huele, el sonido dibuja letras como hilos y se confunden los sentidos nacientes.

El mandala de tu pecho es ahora el universo, mantras, colores cambiantes, sensaciones que nadie entiende. A de Adán, A de ADN. Nombre que se escucha de tu boca y que seré yo un día. Cuando un drama de dolor y placer me obligue a ponerme en guardia, en vigilancia constante, y me cuente a mí mismo mi existencia. Tu néctar, mami, calma la excitación que producen los sonidos que se mueven. Alrededor de la paz de tu pecho, danzan esas formas que olvido mientras se calma el ardor del aliento, y me respira el universo que danza. Una danza sagrada donde surgirán las formas de dioses y demonios a los que un día daré nombre, pero que ahora solo ignoro mientras la luz clara de mi mente olvida mi conciencia naciente.

La paz de mi vientre satisfecho calma ese pequeño infierno eterno que no sé medir. Y me voy apagando en un olvido feliz, que también parece eterno. Mientras se apaga, poco a poco, esa conciencia dolorosa que oye tus palabras, aunque no las entiende. El sonido del tambor, sílabas semilla, sucesos eternos, que no son eternos. El rugido del tambor de Shiva fue primero una explosión. Ahora es latido constante. Un evento cósmico ha ocurrido y así al comienzo fue el tiempo. Ese tambor marca ahora los segundos de un tiempo que no sé medir. Latidos, un fluir de dolor, placer y olvido, gozo que nace del latir constante, de un corazón naciente.

A de ADÁN A de ADN. Loado Sea Dios. Comienza así el viaje de Adán. Hoy nació Adán. Y la presencia del padre se acerca a la madre. Ambos miran a Adán que duerme. Al principio fue el tiempo, la historia ha comenzado. Cuando todo eso sucedió, yo, Adán, aún no estaba. Al principio fue el ser que existe, la eternidad naciente, sobre la que todos los creyentes mienten. La eternidad de ese mandala de sensaciones, que el logos ordenará como universo. Y Adán irá descubriéndose, descubriendo su propia locura, la locura del mundo. Cultivado en el centro del mundo, el árbol de neuronas, crecerá uniendo el cielo y la tierra. Tierra roja, deseo incestuoso, perversión infantil que lo deseará todo. A de Adán. Al principio, fue el tiempo. Solo un instante después nacerá aquel que siente. El ser eterno que no es eterno, sino un flujo constante de experiencia. El ser que siente, y que se siente porque siente. Y que caerá de la eternidad, hacia la muerte. Esta será la historia de Adán, ni hombre ni mujer. Culpable de haber nacido, contará mentiras aprendidas. Escribirá este libro que estás leyendo. A de Adán, A de ADN. ¿Tú quién eres?