1- ESCRIBIENDO A MI ESCRITORA
[TÚ NUNCA LEERÁS ESTO]
Cuando leo este texto, no se si llamarlo poema, lloro. En el hablo del dolor más grande que ha atravesado mi alma. Y cada vez que lo leo ese dolor vuelve a ser vivencia.
Mi mujer murió, su nombre era Edna, era poeta, tallerista y editora, murió en enero de dos mil veintidós. El capítulo ESCRIBIENDO A MI ESCRITORA [TÚ NUNCA LEERÁS ESTO]
habla de la experiencia posterior a su muerte, lo escribí en agosto de dos mil veintitrés, justo antes de lo que sería la escritura final de LA LOCURA DE ADÁN.
Reza así:
1-ESCRIBIENDO A MI ESCRITORA
[TÚ NUNCA LEERÁS ESTO]
Recuerdo tu ausencia, amor mío. Mi querida escritora, poeta. Recuerdo muchas cosas bellas, y muchas no tan bellas. Así es la vida. Recuerdo, a fin de cuentas. Pero en estos momentos, recuerdo tu tos.
Tos.
Esa maldita tos, la voz de ese monstruo que devoraba tus entrañas. ¿Qué mierda es una tos de estómago? ¿Eso dijo tu acupuntor?
Tos.
Esa maldita tos. La voz del monstruo ya ha cesado. Pero aún parece que se escuche apagada en el silencio de esta casa, que pronto voy a abandonar. Estoy solo. Nadie me contradice. Hay un silencio sepulcral en esta casa que ya no es tu casa. Esta casa que ya no es un hogar.
Silencio.
La habitación escucha mis lágrimas caer. Tus cenizas están ahora en un altar. Esa tos es solo un recuerdo. Como tú, amor mío, eres ahora recuerdo, solo recuerdo.
¿Tos de estómago? El monstruo amorfo había invadido tus intestinos y había llegado a tus pulmones. Y yo no supe ver lo que estaba pasando. Durante dos años, esa bestia asesina había estado creciendo desde tus ovarios, mientras prometías que en un futuro cercano viviríamos juntos una vida mejor.
Eras una poeta, escribías historias y vivías tu vida como un relato: tus fantasías, tus sueños de hada. ¡Cómo extraño tus sueños! ¡Cómo extraño verte dormir a mi lado, ahora que duermo solo, en esta cama donde exhalaste tu último aliento!
Menopausia, decías, pero te engañabas. Y no supe darme cuenta de tu engaño. Mujer de jade, siete dragones y acupuntura. Medicinas equivocadas, para un mal que nadie supo ver a tiempo. Nunca te obligué a hacer nada. Respeté tu decisión. Tus ovarios sangraban, pero no te llevé al doctor. Mujer de jade, siete dragones… medicinas inútiles con bellos nombres. Te encantaban esos nombres poéticos que te daba tu amable acupuntor. Durante dos años dejamos que creciese ese engendro, ese cáncer, que invadía tus entrañas. No supe darme cuenta de que te estabas matando.
Ahora todo ello es recuerdo. Hay un silencio insoportable mientras me siento ante un altar y una caja de cenizas. Eso no eres tú. Esas cenizas no son tú. Tú ya no eres tú. Eres una ausencia recurrente. Y mi mente se estrella contra esa ausencia, como mosca contra un cristal, cuando pienso en ti. Y pienso en ti constantemente. Rezo por tu conciencia ante ese altar, pero lo que vivo es tu ausencia. Amor mío.
Y el tiempo pesa como plomo sobre mí. Tú ya no estás, pero todos vienen a verte. Nuestros amigos llegan, intentan consolar mi tristeza y, cuando estamos reunidos por tu causa, aún siento mucho más tu ausencia. Estamos aquí por ti, pero tú no estás. Hablan con esas cenizas que dicen que eres tú, pero lo que habita esa caja no eres tú en absoluto. Y todo lo que una vez fue tuyo va saliendo de la casa. Esa casa que ya no es un hogar y de donde pronto marcharé. Se parece mucho más a una tumba. Y, asustado, nuestro gato mira desde el armario el desfile de amigos que vienen y se van. Mientras el silencio me recuerda que ya no estás.
Ya he abandonado Ciudad de México, colonia Santa María. Ahora unas aves negras se reúnen en las ramas de esos árboles del parque.
¡Nunca jamás! Tu querido Poe puso esa frase en boca de un cuervo, querida poeta. «No son cuervos, son zanates,» me dijiste en uno de nuestros primeros paseos por los parques de México. Tú los llamabas “chismosos” cuando se reunían graznando por la tarde. Ahora aquí en Valle de Bravo parecen repetir esa misma frase. Nunca jamás contemplaremos juntos a los zanates. Nunca jamás contemplaremos las jacarandas en flor. Sentado en este parque, sin ti, los oigo graznar.
Sin ti.
Nunca jamás estaremos juntos. Y las flores de las jacarandas caen al suelo, como mis lágrimas. Años después, ahora, sigo llorando. No sé si te lloro a ti. No sé si lloro por mí. No sé si simplemente lloro. O acaso lloro por el amor que siempre acaba perdiéndose. Recuerdo esos abrazos eternos, cuando ya te ibas.
«Puede morir en cualquier momento,» dijo un doctor. Y el calor de tu cuerpo dolorido, era un néctar precioso que bebía con deleite. El dolor de saber que te perdía. Una vivencia de amor que superaba al tiempo.
El tiempo.
¡Maldito tiempo perdido! Es el gozo que no compartimos, lo que me duele. «Disfrutemos este tiempo,» te decía. Cuando tu angustia te impedía gozar el presente. Como si supiese lo que no sabía, te decía que no sabemos cuánto tiempo tenemos para disfrutar nuestra vida. Estabas preocupada por un futuro que no iba a existir. Y perdimos la oportunidad de amarnos mejor. A veces me culpo de no haberte podido dar las cosas que deseabas. Esa cena en un restaurante, esa salida al cine, tu deseado viaje a Barcelona. Aun a sabiendas de que simplemente no podía, me siento mal por todo cuanto no pude darte.
Recuerdo un sueño angustiante. Una extraña pesadilla: estaba en Barcelona y tú me habías abandonado. Solo era un sueño. Estábamos juntos en la cama, ahí en México. Solo era una pesadilla, pensé al despertar. Años después, estoy aquí paseando por Barcelona, suenan las campanas de la catedral. Sí, recuerdo cómo deseabas viajar a Barcelona conmigo. Y cuando por fin regresé a mi ciudad, tú habías muerto. Recuerdo tu ausencia, amor mío. Mi querida escritora, poeta, tu vida es ahora un libro terminado. Tuve el privilegio de estar en ese libro que escribiste en el tiempo. Aún te recuerdo, mi amor. Un capítulo de tu vida perdura aún en mi mente y este que ahora llora también habrá de morir.
Si te preguntas si estoy llorando, te diré que sí. Y si no te lo preguntabas, igualmente te he dicho que sí.
Sí, estoy llorando.
Este libro que se escribió a través de mi, y que se parece tanto a mi que me da vergüenza que lo leas, se ha escrito con mi sangre y mis entrañas. Y aunque viaja por universos diversos vividos por treinta años, cobró su forma desde este duelo.
Te dejo con un poema que ya publiqué en un short y que escribí por mi cumpleaños en octubre de dos mil veinticuatro:
Como olvidos olvidados
reflejados en espejos vacíos
escondidos
en lugares jamás visitados.
Así son los versos
que nunca escribiste.
Esos poemas
sin fonemas,
sin letras.
Esos que nadie va a leer.
Así, mi amor,
así es tu ausencia.

